Gavroche

La actualidad y la causa obrera

Martes 23 de octubre de 2018


Por causa obrera, entiendo la resistencia a la explotación capitalista por parte de las masas obreras. Y también, la lucha de éstas como clase para acabar con dicha explotación mediante una revolución socialista. Porque la causa obrera no puede limitarse a paliar el deterioro de las condiciones de vida y de trabajo de la población asalariada, causado por la ventaja del capital sobre el trabajo (paro forzoso de millones de proletarios, riqueza material e intelectual concentrada en poder de la clase capitalista y empleada para divorciar la cultura de la realidad, para reprimir la resistencia colectiva, para sobornar a representantes sindicales y políticos, etc.).

La cultura que recibimos y que practicamos espontáneamente nos induce a pensar que la causa obrera pertenece a un pasado ya superado y, por tanto, ya no tiene sentido. Sin embargo, la realidad nos muestra diariamente lo contrario: cómo crecen las desigualdades y las tensiones entre las clases sociales, entre las naciones, entre la sociedad y la naturaleza, etc. El capitalismo proyecta en nuestras conciencias una imagen opuesta a la realidad, pero la realidad prueba sobradamente la vigencia de la causa obrera.

Mientras la población obrera carezca de una conciencia suficiente de este hecho, es decir, una conciencia de clase, su lucha defensiva será cada vez más ineficaz, su autoestima se debilitará y empeorará su existencia.

¿Cuál es la conciencia que necesitan los y las asalariadas, y cómo extenderla? ¿Qué actitud ante los sucesos de actualidad es la que conviene a nuestros intereses fundamentales?

La mayoría de la población trabajadora confía en las versiones de estos sucesos aportadas por el gobierno, los principales partidos políticos y los grandes medios de comunicación, sobre todo cuando todas ellas coinciden. Así, por ejemplo, está convencida de que China reúne lo peor del comunismo y del capitalismo, que Rusia es agresiva y peligrosa, que Cuba es pobre y lo es por ser socialista, que Venezuela se está hundiendo por la dictadura populista de Chávez-Maduro, que Unidos Podemos pretende lo mismo con España en contubernio con los nacionalistas vascos y catalanes, que los sindicatos son buenos cuando pactan y malos cuando convocan huelgas, etc. En definitiva, esa mayoría piensa y se comporta como le conviene a sus explotadores y aleja así la solución a sus problemas.

Luego, hay una minoría mejor informada, que sabe que son mentiras interesadas, pero que no consigue unirse y organizarse para informar eficazmente a los demás. Y esto, porque unos exageran un aspecto de la realidad mientras otros exageran el aspecto contrario, siendo incapaces de reunir estos aspectos contradictorios, en un todo coherente que alumbre la lucha de clase del proletariado.

Así, por ejemplo, unos destacan el desarrollo del capitalismo y de las ideas burguesas en China, concluyendo que se ha convertido en una potencia imperialista. Otros, en cambio, destacan la hostilidad del imperialismo occidental contra ella, su prosperidad económica para la población y su apoyo al desarrollo soberano de las naciones acosadas por el imperialismo, concluyendo que es todavía un país socialista.

Unos subrayan que los gobernantes actuales de Rusia destruyeron la URSS y el socialismo, siguen manteniendo bajo secreto las pruebas de su actividad conspirativa contrarrevolucionaria, practican un capitalismo salvaje contra sus trabajadores y persiguen un nuevo reparto imperialista del mundo que los favorezca. Otros, en cambio, subrayan que Putin ha puesto fin al servilismo de sus predecesores –Gorbachov y Yeltsin- ante el imperialismo occidental, que ayuda a los países agredidos por éste como Siria, Cuba o Venezuela y que reconoce algunos méritos a la Unión Soviética y a Stalin.

Unos opinan que Cuba no es socialista o que está cediendo a la lógica del mercado capitalista. Otros, en cambio, opinan que estas concesiones son necesarias por la correlación internacional de fuerzas y le brindan una oportunidad de desarrollo industrial independiente en colaboración con los países que no se someten a las órdenes del imperialismo occidental (BRICS y ALBA).

Unos ven en el gobierno bolivariano de Venezuela un simple progresismo burgués incapaz de instaurar el socialismo. Otros, en cambio, se fijan en la voluntad socialista del mismo, las transformaciones sociales que benefician a los más pobres y el acoso contra él por parte del Occidente imperialista y sus medios de comunicación.

Unos censuran el carácter reformista, electoralista y posmoderno de Unidos Podemos porque entorpece el desarrollo de la conciencia y de la lucha de clase de los obreros. Otros, en cambio, aplauden sus políticas sociales y democráticas que irritan a la derecha.

Unos condenan la división que el nacionalismo catalán fomenta en la clase obrera. Otros, en cambio, apoyan su defensa del derecho democrático del pueblo catalán a decidir por mayoría su relación con el Estado español.

Unos denuncian el sindicalismo colaboracionista con la patronal y el gobierno que practican los dirigentes de CCOO y de UGT. Otros, en cambio, valoran que el apoyo cotidiano de los miles de delegados de estas centrales a las grandes masas de trabajadores alcanza hasta donde no llegan los pequeños sindicatos más combativos.

Y así podríamos seguir con los demás asuntos de actualidad, pero también con los relativos a la historia del movimiento obrero internacional.

Recapitulando, está la opinión y la actitud de la mayoría de los asalariados manifiestamente contraria a sus intereses reales. Y luego, están las de esa vanguardia proletaria que está dividida por cuál es el aspecto de la realidad que toma como determinante.

No obstante, estas divisiones no son absolutas. Las grandes masas proletarias tienden a distanciarse de la opinión pública burguesa y a acercarse al criterio de su vanguardia cuando ven atacados sus intereses más inmediatos (salarios, pensiones, derechos laborales, libertades civiles básicas,…) y también incluso en el anhelo de una sociedad sin parásitos explotadores. Para que las derrotas y las traiciones no las empujen hacia el escepticismo e incluso el cinismo reaccionario, es capital que la vanguardia fortalezca su influencia sobre esas masas por medio de una política acertada.

¿Cuál es la política acertada, desde el punto de vista de la causa obrera?

En primer lugar, hay que echar la vista hacia el pasado y preguntarse qué política acercó más a la clase obrera a sus reivindicaciones y objetivos. No cabe duda que ha sido la que se basó en la teoría del marxismo-leninismo. Muchos han sido los que pretendieron tener mejores ideas y que opusieron toda suerte de objeciones a esta teoría: el anarquismo de Bakunin, el reformismo socialdemócrata, el “izquierdismo” trotskista y el revisionismo antiestalinista. Pero ninguno ha sido capaz de superar los logros prácticos del marxismo-leninismo, ni siquiera después de que éste fuera derrotado (sólo temporalmente). Al contrario, contribuyeron de manera importante a esta derrota. Por consiguiente, la política que necesitamos tiene que elaborarse sobre la base de esta teoría revolucionaria, tal como fue desarrollada con éxito hasta mediados del siglo pasado.

En segundo lugar, para reanudar la marcha de la revolución proletaria, hay que tratar los fenómenos contradictorios de la realidad actual del mismo modo que lo hicieron los marxistas-leninistas en el pasado. El capitalismo, por su propia naturaleza mercantil, rara vez golpea a los trabajadores de manera homogénea y simultánea. Por eso, tampoco cabe esperar un progreso homogéneo y simultáneo de la conciencia de clase de éstos. Además, mientras golpea a unos, promueve la insolidaridad del resto. Y cuanto más lejana se encuentra la parte golpeada, más fácil le es conseguir esa insolidaridad del resto. La explotación del trabajo de la mayoría por parte de una minoría se sostiene porque está organizada sistemáticamente para aislar a los explotados que resisten en un momento y lugar determinado, haciendo fuerte a la minoría y débil a la mayoría. Por lo tanto, la clase obrera sólo podrá vencer a la burguesía si su lucha se organiza también de manera sistemática, a corto y largo plazo, con su estrategia y su táctica.

El moderno capitalismo es el imperialismo. No sólo vive de la explotación del proletariado en cada país por separado, sino también de la explotación de pueblos y naciones más débiles, así como de clases intermedias, a todos los cuales oprime. Así que, por una parte, las masas proletarias están separadas de una cabal conciencia de sus intereses comunes por sus condiciones particulares de nacionalidad, religión, sexo, edad, cultura, experiencia, etc. Y, por otra parte, no son las únicas en padecer las consecuencias de la dominación de los capitalistas. Hay una abigarrada masa que comparte ciertas condiciones de existencia de la burguesía y ciertas condiciones de vida del proletariado. Esa masa, a fecha de hoy, es más numerosa en el mundo que la suma de los miembros de estas dos clases principales de la sociedad capitalista. Aunque les sea más difícil hacer valer su número, debido a su naturaleza social extremadamente contradictoria, su peso es decisivo en la correlación de fuerzas entre la clase obrera y la clase capitalista. La clase obrera fue derrotada durante la Comuna de París de 1871 porque no tuvo tiempo de ganarse el apoyo de la mayoría campesina del país. Fue, en cambio, victoriosa allí donde sí lo consiguió: en Rusia, en China y en los demás países socialistas.

Esa masa intermedia se compone de la pequeña burguesía (pequeños propietarios de sus medios de producción que sólo viven de su propio trabajo, sin explotar trabajo ajeno) del campo y de la ciudad; también de una parte de la burguesía capitalista de las naciones atrasadas o vencidas, sometidas a la dominación de las grandes potencias; también de los asalariados que ejecutan funciones de dominación delegadas por la clase capitalista (cuadros medios, empleados administrativos, funcionarios, policías, militares, educadores, sanitarios,…); etc. “Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que las leyes refrendan y formulan en su mayor parte), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social”.

Las luchas y victorias de esas capas, clases y naciones oprimidas contra las potencias que dominan el sistema imperialista ayudan a debilitarlo, lo que beneficia a la causa obrera. Por eso, el proletariado está interesado en apoyar este movimiento democrático antiimperialista. Ahora bien, este movimiento consigue debilitar, pero no tumbar al sistema imperialista, porque está formado por masas ambiguas y vacilantes, que incluso participan en la explotación y opresión de la población obrera.

Historia de la relación contradictoria entre la clase obrera y la pequeña burguesía

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la clase obrera participó en este movimiento y fue organizándose como partido político independiente que le disputaba a la pequeña burguesía la dirección de la lucha contra las clases dominantes. A su vez, la pequeña burguesía influía sobre la clase obrera, haciendo que parte de los cuadros de ésta asumiera sus posiciones. Así es como muchos dirigentes de los partidos socialdemócratas acabaron ejerciendo de puntales del capitalismo en el movimiento obrero. Pero otros, a la cabeza de los cuales estaban Lenin y los bolcheviques rusos, consiguieron aislar a esa pequeña capa superior traidora y conquistar el apoyo de las grandes masas oprimidas de campesinos para llevar la revolución a la victoria. Durante la primera mitad del siglo XX, la clase obrera fue capaz de dirigir a las capas, clases y naciones oprimidas, progresando hacia su meta y haciendo retroceder al imperialismo en todo el mundo.

Pero la dirección proletaria sobre la pequeña burguesía no significa que desaparezca la influencia corruptora de ésta sobre aquélla, la cual alcanzó al destacamento más avanzado del movimiento obrero internacional: el Partido Comunista de la Unión Soviética. Poco después de la muerte de Stalin, una camarilla de traidores se hizo con las riendas de este partido y acabó con los progresos de un siglo de lucha proletaria a base de mentiras [1]. A pesar de la resistencia de muchos comunistas, la fisonomía política de la clase obrera se fue desdibujando hasta el punto que, hoy en día, la masa obrera participa en la lucha política contra el capitalismo diluida en la ciudadanía pequeñoburguesa y bajo la dirección de la capa superior de ésta, siempre más inclinada a la traición que a la revolución.

En cierto modo, hemos vuelto al punto de partida de mediados del siglo XIX, pero desde una posición mucho más alta en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas y de su carácter social; en cuanto a la amplia preponderancia de las relaciones de producción capitalistas sobre las de índole feudal; en cuanto a la existencia de países socialistas; en cuanto a la posesión de una teoría revolucionaria completa y de una experiencia en la edificación del socialismo. Por eso, no se trata de inventar un “nuevo” camino; no se trata de “reconstituir la ideología comunista”, como pretenden los falsos amigos pequeñoburgueses de la clase obrera, desde la derecha podemita a la “izquierda” anarco-trotskista. Al contrario, se trata de volver a proporcionar una orientación marxista-leninista al movimiento obrero. Por supuesto que debemos encontrar los errores y debilidades de los revolucionarios que nos precedieron para no tropezar en la misma piedra. Pero no fueron como nos los pintan y sólo podremos descubrir los que se cometieron realmente, aplicando la única teoría revolucionaria probada: el marxismo-leninismo.

Es así precisamente como podemos comprender el modo en que se desarrolló, bajo el socialismo, una burguesía restauradora del capitalismo. Después de haber suprimido casi toda propiedad privada sobre los medios de producción en la URSS, quedaba en pie un Estado que debía defender a la sociedad de las agresiones del cerco capitalista al que estaba sometida y que debía también velar por el cumplimiento del principio de distribución de los bienes de consumo según el trabajo y no todavía según las necesidades. Aún era necesario transitoriamente un Estado obrero que hiciese cumplir un principio todavía burgués. Además, como explicaron Lenin y Stalin, el Estado de la dictadura del proletariado se apoya en la alianza de los obreros y de los campesinos trabajadores. Éstos no habían superado todavía totalmente su condición de propietarios privados: en efecto, quedaba en pie su propiedad colectiva e individual sobre la producción y el ganado y los aperos de labranza. El propio Estado también se apoyaba en un aparato de funcionarios permanentes, como consecuencia de que todavía estaba por superar la vieja división del trabajo entre trabajadores manuales e intelectuales. Una parte de este aparato desarrollaba intereses corporativos pequeñoburgueses.

Estas condiciones ponen de manifiesto que la lucha de clases subsiste en los países que han edificado una base económica socialista, en la medida en que dan lugar a la formación de una nueva burguesía. La dictadura del proletariado –como hizo en la Unión Soviética- tiene que aplastar las intentonas contrarrevolucionarias de esos nuevos elementos burgueses, al tiempo que avanza en la transformación de las condiciones de las que éstos brotan continuamente.

En la URSS, la dictadura proletaria era pionera en el desenvolvimiento de esta lucha y acabó sucumbiendo. Fue reemplazada por la dictadura de la nueva burguesía que restauró el capitalismo al ritmo que marcaba su propia maduración como clase, así como la correlación de fuerzas entre ella y la clase obrera. Por consiguiente, se vio obligada a hacer concesiones a las clases trabajadoras, manteniendo elementos de socialismo, a la vez que se procuraba el apoyo de la burguesía extranjera. Pero el imperialismo occidental no sólo quería ayudarla a acabar con el socialismo, sino que también aspiraba a dominar a la Unión Soviética y luego a Rusia, objetivo rechazado por la mayoría de esa nueva burguesía. Por estas dos razones, la caracterización de la URSS revisionista como socialimperialista e incluso la de la Rusia actual como imperialista, así como su equiparación al imperialismo occidental, son exageraciones que anticipan resultados posibles pero inciertos. Son abstracciones que prescinden de una parte de los hechos y del complejo proceso de la transición inversa desde el socialismo al capitalismo. El caso es que, cualquiera que sea la relación presente entre el proletariado y las nuevas burguesías de China y de Rusia (quién domina y en qué grado), la lucha entre ambas clases es tan necesaria como su alianza frente al imperialismo; en el caso del proletariado, alianza dirigida a debilitar al capitalismo internacional y a facilitar así las futuras revoluciones socialistas.

Debatir para clarificar y para unir

En resumidas cuentas, en los tiempos que nos han tocado, la vanguardia de la clase obrera debe ayudar a sus masas a recuperar la conciencia de sus intereses reales, así como su independencia política y organizativa con respecto a la pequeña burguesía. Ésta las está dirigiendo en función de sus intereses, saboteando el desarrollo revolucionario de la lucha de clases y ayudando por ende al capitalismo a perpetuarse. Pero no debemos hacer esto promoviendo un aislamiento sectario del proletariado ni su retirada de los movimientos democráticos generales (burgueses) contra la gran burguesía imperialista. Al contrario, debemos hacerlo de modo que nuestra clase arrebate a los pequeñoburgueses la dirección de estos movimientos convirtiéndola en la luchadora de vanguardia por la democracia [2], porque el programa revolucionario del proletariado es el más consecuentemente democrático de todos.

La clase obrera debe desplegar su lucha económica (sindical) e ideológica contra todas las clases y capas de la burguesía de manera intransigente y, gracias a ello, participar en la lucha política junto a las clases y capas intermedias hasta ponerse al frente de las mismas y lanzarse a la conquista del poder. Ésta es, en términos abstractos, la síntesis dialéctica superadora de la actual oposición de criterios de las diversas organizaciones comunistas. Convertirla en un hecho, es decir, en un único partido obrero revolucionario, exigirá un largo proceso de concreción compuesto de discusiones y de acciones conjuntas. Pero podremos llevarlo a buen puerto si el objetivo sincero es la unidad y no la escisión, si perseguimos la unidad sobre la base de los principios del marxismo-leninismo en vez de promover el fraccionamiento con el pretexto de la lucha por estos principios. La condición imprescindible para recorrerlo es extender la conciencia de que no podemos ni debemos instalarnos en la división.

Las pequeñas organizaciones comunistas, por separado, son incapaces de elaborar una línea política omnicomprensiva y de ser escuchadas por las masas. Se pierde demasiada energía militante haciendo cada pequeño partido comunista por su cuenta casi lo mismo que los demás, mientras la burguesía imperialista desarrolla un aparato propagandístico cada vez más sofisticado, centralizado y diversificado que sumerge a las masas en una cultura reaccionaria. Actuamos como meros artesanos frente a la industria capitalista, como unas partidas de campesinos con garrotes frente a un ejército moderno.

Han pasado decenas de años en las que el PCE, el PCE(m-l), el PCPE, el PCOE, etc., han competido entre sí, en vano, por convertirse en el partido revolucionario de la clase obrera. Todos estos partidos han ido recuperando, más o menos, la base ideológico-política que cimentó la unidad del Movimiento Comunista Internacional hasta los años cincuenta. Esta misma base es la que debe volver a unirlos, tratando las divergencias mediante la crítica, la autocrítica y, una vez alcanzadas ciertas garantías de participación de la militancia comunista y obrera, la aplicación del centralismo democrático, es decir, la subordinación de la minoría a la mayoría.

Es cierto que estamos ante un problema que no afecta solamente a nuestro país sino a muchos otros, quizás la mayoría. Pero la actitud marxista-leninista ante un problema internacional no es esperar a que otros lo resuelvan. Ésa sería una actitud propia de trotskistas. Alguien tiene que ser el primero y alguien ha de tener la iniciativa de intentarlo, desencadenando una emulación positiva para todo el movimiento comunista internacional. En los años 90, le cupo el honor de dar el primer paso al PTB de Ludo Martens. Ahora, otros tendrán que tomar el relevo. Hay partidos ya comprometidos con agrupaciones internacionales (EIPCO, CIPOML, MRI, etc.). Ni mucho menos se trata de revocar estos compromisos, sino de extender a todo el planeta el movimiento de clarificación y unificación con la ayuda de tales agrupaciones.

En el pasado, Marx y Engels tardaron casi un decenio en unificar al movimiento obrero internacional alrededor del Manifiesto Comunista por medio de los sucesivos congresos de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) en los que participaban las diferentes tendencias obreras: proudhonistas, blanquistas, mazzinistas, bakuninistas, tradeunionistas,… además de marxistas. Cuarenta años después, Lenin siguió este mismo método en Rusia reuniendo desde el Segundo Congreso del POSDR a revisionistas economistas o bernsteinianos, nacionalistas, mencheviques,… además de marxistas ortodoxos: así es como, en diez años, el bolchevismo formó un partido capaz de ganarse el apoyo de las más amplias masas obreras y populares del país para conducirlas al triunfo de la revolución.

En ambos casos, fue así como se construyeron partidos revolucionarios de masas capaces de llevar a la clase obrera a sus mayores victorias. ¿Por qué no seguimos estos ejemplos? Es cierto que estos procesos no fueron idílicos y que las unidades alcanzadas no fueron completas. No pueden serlo porque el proletariado necesita depurar su movimiento de los elementos pequeñoburgueses adheridos a él que obstaculizan el progreso de la causa obrera. Pero sí se alcanzaron y se alcanzarán las unidades suficientes.

Lo que más necesitamos ahora es impulsar un movimiento general de preparación de un Congreso de Unificación y Reconstitución del Partido Comunista, venciendo los obstáculos reales, los recelos y los miedos, para devolver a la clase obrera su organización principal, su Estado Mayor revolucionario. Somos conscientes de que la mayoría de la población todavía está deslumbrada por las revoluciones productivas que se han sucedido después de mediados del siglo XX (electrónica, informática, agronómica, médica, psicológica, etc.) y asustada por el relato denigratorio sobre el socialismo. Por eso, estamos en una fase de reflujo revolucionario, en una fase meramente evolutiva del desarrollo social. Pero la revolución proletaria ya es materialmente posible y las tendencias profundas del capitalismo la acercan a pasos agigantados. Procuremos estar a la altura de los acontecimientos que se nos vienen encima.

Notas

[1] Véase Jruschov mintió, Grover Furr, Ed. Templando El Acero.

[2] Véase el capítulo de ¿Qué hacer?, de Lenin, titulado: “La clase obrera como combatiente de vanguardia por la democracia”.


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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