Gavroche

La fiebre “rojo y gualda”

Jueves 15 de julio de 2010


Estos días, las calles, las casas, los vehículos y las gentes se han engalanado con los colores de la bandera rojigualda. Una fiebre de exaltación patriótica se ha apoderado de la población con motivo de las hazañas deportivas de la selección española de fútbol. Con un juego vistoso y sobre todo eficaz, la “roja” se ha convertido en campeona del mundo. Es un legítimo orgullo para cualquier español aficionado al “deporte rey” presenciar este triunfo, después de tantos años de intentos vanos y después de tantos recursos invertidos en promover el fútbol como espectáculo (el deporte de élite, en vez del deporte de masas).

Los poderosos no han escatimado recursos, los suyos y los nuestros, para atraer el interés del público y para incentivar a los jugadores, porque les van a proporcionar importantes beneficios económicos y políticos. En cambio, aseguran que, por culpa de la crisis económica, no hay recursos para emplear y pagar sus salarios a los millones de trabajadores que han aclamado este éxito deportivo, ni para mantener la seguridad social y los servicios públicos, etc.

La fiebre patriótica es, como toda fiebre, el síntoma y la reacción de un organismo aquejado de una enfermedad. La sociedad está enferma de capitalismo: éste no puede asegurarle la producción continuada, ni tan siquiera el mantenimiento de las condiciones de vida de la mayoría de sus miembros. Miles de esas víctimas también han enfermado y no se curarán mientras no reconozcan su enfermedad y la combatan, mientras acepten movilizarse por el nuevo circo romano y no sean capaces de hacerlo por sus intereses reales, mientras sigan sometidos al poder burgués a través del vínculo del patriotismo (afortunadamente, los que lucían las banderitas eran minoría y toda esa parafernalia les será inútil cuando, en los próximos meses, tengan que enfrentarse con la huelga general y otras movilizaciones a la agresión que está perpetrando sobre los trabajadores esa gran burguesía que se camufla tras la rojigualda). De ahí que los obreros con conciencia de clase no podamos alegrarnos de este éxito deportivo sin alertar, a la vez, sobre el hecho de que nuestros explotadores lo utilizan para embrutecer al pueblo con fines egoístas. Embrutecer es, por ejemplo, lo que hacen los periodistas deportivos que fomentan la irracionalidad de los espectadores con su propaganda chovinista: cuando sólo informan de los resultados de los deportistas españoles o cuando manifiestan abiertamente su deseo de que ganen los nuestros a cualquier precio.

Ante la ola de patriotismo que inundó a Rusia al inicio de la Primera Guerra Mundial, Lenin escribió un artículo que resulta de gran actualidad un siglo después: El orgullo nacional de los rusos: “¿Es ajeno a nosotros, proletarios conscientes rusos, el sentimiento de orgullo nacional? ¡Naturalmente que no! Amamos nuestra lengua y nuestra patria, nos esforzamos con todo nuestro empeño para que sus masas trabajadoras (es decir, las nueve décimas partes de su población) se eleven a una vida consciente de demócratas y socialistas”. Al igual que les ocurría a los bolcheviques, a los comunistas españoles nada nos duele más que la violencia, la opresión y la manipulación con las que los oligarcas maltratan a nuestra hermosa patria, formada mayoritariamente por nosotros, trabajadores, así como la cobardía y el servilismo que encuentran demasiado a menudo en la población. También nos sentimos orgullosos de la lucha y la resistencia con que les ha hecho frente nuestro pueblo, particularmente la clase obrera en el último siglo.

Y esta oposición irreductible tiene sus símbolos históricamente acuñados. La bandera roja y amarilla pertenecía a la monarquía borbónica, los terratenientes, el clero y demás parásitos privilegiados. En 1931, la ciudadanía española la sustituyó libre y soberanamente por la bandera tricolor republicana. Pero nos la volvieron a imponer violentamente mediante un golpe militar, una guerra civil, cuatro décadas de fascismo (al inicio de los cuales estaba prohibido vestir de rojo) y una “democracia” basada en la traición nacional y social del pueblo por parte del PCE, su vanguardia hasta entonces.

Hiere también nuestro orgullo nacional que hayan convertido a España en una “cárcel de los pueblos”, como así se conocía a la autocracia zarista rusa. En nuestro país coexisten diversas lenguas y culturas nacionales que pueden convivir sobre la base del respeto mutuo y la igualdad. Durante la Segunda República, se avanzó en esta dirección. Pero el franquismo, auxiliado por los ejércitos de la Alemania hitleriana y de la Italia mussoliniana y recubierto de simbología “patriótica” rojigualda, impuso violentamente la dominación castellana sobre los pueblos catalán, vasco y gallego. Hoy ya no prohíben sus lenguas, pero siguen sin permitir que ejerzan su derecho a la autodeterminación y recortan el Estatuto de autonomía aprobado en referéndum por el pueblo de Cataluña. Por eso, miles de catalanes se han echado a la calle exigiendo respeto a sus decisiones y muchos de los que han celebrado la victoria futbolística de España no lo han hecho con la bandera española actual, sino, como Carles Puyol y Xavi Hernández, con la bandera catalana.

Al igual que Lenin con relación a Rusia, nosotros, obreros españoles, impregnados del sentimiento de orgullo nacional, queremos a toda costa una España “libre e independiente, autónoma, democrática, republicana, orgullosa, que base sus relaciones con los vecinos en el principio humano de la igualdad y no en el principio feudal de los privilegios, que rebaja a una gran nación. No se puede ‘defender la patria’ de otro modo que luchando por todos los medios revolucionarios contra la monarquía, los terratenientes y los capitalistas de la propia patria, es decir, contra los peores enemigos de nuestra patria”. La revolución del proletariado requiere una larga educación de los obreros en el espíritu de la más completa igualdad y fraternidad nacional. Por eso, la burguesía se opone a ella mediante una machacona propaganda chovinista que empieza en el deporte pero que se desplazará más y más a la esfera de la política a medida que la crisis del capitalismo nos empuje hacia una nueva guerra imperialista. El interés del orgullo nacional de los españoles (no entendido servilmente) coincide con el interés socialista del proletariado español y de todos los demás proletarios. Y sus banderas son la tricolor republicana y la roja de la clase obrera internacional.

Así, nos sumamos a la aclamación general y añadimos: ¡Olé la roja! ¡Cuanto más roja, mejor!


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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