M.O.

A la clase obrera, a las mujeres: Luchemos por el poder de la clase obrera y contra la moral burguesa

Jueves 24 de marzo de 2011


Bien cierto es aquel llamamiento que en el Manifiesto Comunista se nos hace: ¡Proletarios del mundo, uníos!, tan cierto que desde entonces la burguesía no ha dejado de buscar formas y de utilizar cualquier instrumento a su alcance para dividir y desarmar ideológicamente a la clase proletaria. Lanzan continuamente la teoría de la clase obrera a nuevos debates para que, desde las filas del reformismo y del revisionismo como ya hiciera antaño, sirvan para romper las filas de la clase cada vez que, retomando sus principios, levanta la cabeza exigiendo y defendiendo la unidad obrera bajo la bandera de la organización que le corresponde por derecho.

“Otra forma de este socialismo, menos sistemática, pero más práctica, intenta apartar a los obreros de todo movimiento revolucionario, demostrándoles que no es tal o cual cambio político el que podrá beneficiarles, sino solamente una transformación de las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas. Pero, por transformación no entienden, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas –lo que no es posible más que por vía revolucionaria-, sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre capital y trabajo asalariado…”

Esto parece ser lo que ocurre con el feminismo socialista, que no toma considerablemente en cuenta la existencia de clases sociales antagónicas compuestas por individuos, hombres y mujeres. Y aunque parezca lo contrario, no acaban de asumir que la lucha de las mujeres de una y otra clase ha estado y está marcada por los intereses comunes pero también por los intereses de clase, de la clase a la que pertenecen. De otra forma no se entiende que desde esos sectores defiendan como principal la lucha de la mujer contra el patriarcado tanto en el ámbito familiar como social; y que sin pretenderlo, como afirman, enfrenten a la mujer obrera y trabajadora al hombre como individuo social aunque lo que se diga sea que atacan “al poder institucionalizado del hombre hacia la mujer y los hijos” , llevándola a la radicalización de un lado y por el otro al miedo, al sometimiento ante la incomprensión del origen que causa tal situación.

ACERCA DE ENGELS Y EL FEMINISMO SOCIALISTA

Según los argumentos del feminismo de izquierdas en torno al patriarcado̽* y la mujer, sostenidos por el denominado feminismo socialista del siglo XXI, los marxistas no entendieron el problema de la mujer y si lo hicieron se equivocaron en sus conclusiones. Parece ser que el análisis de la sociedad que hacen los marxistas es erróneo, a pesar de que la historia está demostrando lo contrario. Hay quien pone en duda desde las propias filas marxistas, el análisis que Engels hace de la evolución del comportamiento del individuo en la familia y en la sociedad, desde la prehistoria hasta la sociedad moderna achacándole un determinado “eurocentrismo y sexismo” que les impidió, tanto a Marx como a él, analizar con objetividad la opresión de la mujer por el hombre.

Y cuando señalan que necesitamos “aplicar el protocolo (marxista) sin interpretaciones previas de la realidad, es decir, sin prejuicios” dejan de aplicar el marxismo al olvidar el carácter de clase de la teoría marxista. Por el contrario, como feministas de izquierdas, señalan: “de manera que tenemos unas tesis socialistas según las cuales no existe el problema de las mujeres sino únicamente el de las mujeres obreras, …” , llamándose a sí mismas socialistas. Pero, ¿De cuándo el socialismo de Marx y Engels, el marxismo, defendió a la clase burguesa sea ésta representada por hombres o por mujeres? Solo los traidores a la clase obrera lo hicieron.

Separar el desarrollo de modelo de familia patriarcal, el poder patriarcal, del desarrollo del capitalismo como organización social, significa que no se ha comprendido cómo, desde el materialismo de Engels, se aplica la dialéctica. Es decir, se estudian los constantes cambios en la evolución del individuo que surgen de las contradicciones entre los individuos y la sociedad. Lo que da el carácter de poder al hombre es precisamente la propiedad privada, característica que el marxismo y el materialismo dialéctico señalan como origen de la esclavitud. Por ello entendemos que intentar separar patriarcado de capitalismo es tomar posiciones burguesas que pretenden la liberación de unas mujeres a través del sometimiento de otras.

Lo que sí parece ser claro es que la familia monógama -el modelo que hoy día rige y en el que el poder del hombre se impuso sobre el de la mujer-, comenzó a desarrollarse antes del propio desarrollo de la sociedad capitalista. La participación como individuos de la unidad familiar pero también como miembros sociales posibilita que cambie tanto el papel de cada individuo en la unidad familiar como el que desempeña en la sociedad. Va cambiando al ir cambiando los intereses de los individuos que la componen y esos intereses van diferenciándose en la medida en que cambia, se desarrolla, la producción social y ésta se reparte.

En el materialismo histórico, encontramos la dialéctica en el desarrollo de las relaciones individuales, bajo las condiciones sociales. Engels señaló la importancia de las relaciones de consanguinidad en los pueblos salvajes y bárbaros y como “el estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y la mujeres la poliandria y en que, por consiguiente, los hijos de unos y las hijas de otros se consideran comunes. A su vez, ese mismo estado de cosas pasa por una serie de cambios hasta que se resuelve en la monogamia. Estas modificaciones son de tal especie, que el circulo comprendido en la unión conyugal común, y que era muy amplio en su origen se estrecha poco a poco hasta que, por último, ya no comprende sino la pareja aislada que predomina hoy.”

Añadiendo más adelante que “Cuanto más se escapa del control consciente del hombre y se sobrepone a él una actividad social, una serie de procesos sociales, cuando más abandonada parece esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias, inmanentes, de dicho azar, se manifiestan como una necesidad natural… Hoy, toda la producción social está aún regulada, no conforme a un plan elaborado en común, sino por leyes ciegas que se imponen con la violencia de los elementos, en último término, en las tempestades de las crisis comerciales periódicas… Apenas comenzaron los hombres a practicar el cambio, ellos mismos se vieron cambiados. La voz activa se convirtió en voz pasiva, independientemente de la voluntad de los hombres… Cada progreso de la producción es al mismo tiempo un retroceso en la situación de la clase oprimida, es decir, de la inmensa mayoría. Cada beneficio para unos es por necesidad un perjuicio para otros; cada grado de emancipación conseguido por una clase es un nuevo elemento de opresión para la otra…” . Y este análisis, que Engels aquí ha resumido, es del que los marxistas debemos partir para estudiar y aplicar la dialéctica de las relaciones entre individuos miembros de la sociedad y entre sexos.

Sin embargo, las mujeres del feminismo socialista plantean que “Sostener que el patriarcado precede en el tiempo al surgimiento del capitalismo resulta hoy una obviedad. ¿O es que existía la igualdad entre hombres y mujeres en el feudalismo, en la Grecia clásica o en la Roma imperial, en la Civilización china, en Japón o en el Imperio Inca? El capitalismo no inventó el patriarcado obviamente. El propio Engels sitúa el origen de la opresión de las mujeres en el surgimiento de la propiedad privada de la tierra y del ganado, aunque después nos sorprende con una contradicción impropia según la cual las mujeres gozaban de reconocimiento social y respeto en toda la historia hasta la llegada del capitalismo. Al parecer el capitalismo nos deja sin trabajo productivo y perdemos posición social y autoridad” .

Ocurre que las feministas socialistas parecen “obviar” que el marxismo es precisamente quien pone a caldo al capitalismo desde el punto y hora en que surgió como sistema social basado en las relaciones de producción que establecen la división de la sociedad en amos y esclavos asalariados, en propietarios y desposeídos, en dos clases antagónicas; que en éstas no sólo hay hombres sino también mujeres; y, que las relaciones entre ellos se ven afectadas por las relaciones de propiedad existentes bajo esta nueva sociedad que hoy es ya, el capitalismo imperialista. Con él, no solo fuerza a cambiar con su modo de producción a la relación entre individuos, sino también, a las relaciones del individuo con la naturaleza.

Pero situémonos y dejemos que Engels hable:

“La familia sindiásmica*, demasiado débil e inestable por sí misma… no suprime de ningún modo la economía doméstica comunista que nos presenta la época anterior. Pero la economía doméstica comunista significa predominio de la mujer en la casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre el verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir de las madres. Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad, la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y en todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior, medio y en parte hasta superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre, sino que ésta muy considerada.”

“La economía doméstica comunista, donde la mayoría, sino la totalidad de las mujeres, son de una misma gens, mientras que los hombres pertenecen a otras distintas, es la base efectiva de aquella preponderancia de las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo difundida por todas partes… Puedo añadir que los relatos de los viajeros y de los misioneros a cerca del excesivo trabajo con que se abruma a las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no están en ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos en los cuales las mujeres se ven obligadas a trabajar mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nuestros europeos. La señora de la civilización, rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición social inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera dama (lady, frota, frau= señora) y lo es efectivamente por su propia posición.”

Leyendo a Engels parece un error afirmar que “nos sorprende con una contradicción impropia según la cual las mujeres gozaban de reconocimiento social y respeto en toda la historia hasta la llegada del capitalismo.”

Lo que si entendemos es, de un lado, la preponderancia de la mujer durante la historia primitiva, de otro, la mujer producía a nivel doméstico y, por otro, la división de trabajo entre sexos: intenten mujeres del mundo moderno llevar su maternidad corriendo delante o detrás de animales que cazar, parir mientras desollan al animal cazado y criar a las crías mientras se corre para que la lluvia, el sol, los animales o el fuego no las dañen; intenten mujeres de la sociedad moderna hacer prendas de vestir yendo de un lado para otro o preparar un alimento (sea hombre o mujer quien lo haga o prepare) al fuego llevando este de un lado para otro; intenten mujeres del mundo moderno imaginarse todo el trabajo que desarrollaba la mujer en una época en que ni por asomo se sentía desigual porque todo se compartía y ni “cristo que lo fundó” y comprenderán por qué el reparto de tareas, por qué el trabajo que realizaba la mujer fue así de “natural” y no de otra forma en el desarrollo de la transformación social de pequeñas unidades a amplios poblados.

Engels reconoce la existencia de sociedades donde la mujer gozaba “de reconocimiento social y respeto” pero que nos digan dónde dice que eso se da “en toda la historia hasta la llegada del capitalismo”. Más adelante, nos señalará si considera que en el capitalismo el trabajo de la mujer es improductivo o no.

De momento lo que parece decir Engels es:

“La población está en extremo espaciada, y sólo es densa en el lugar de residencia de la tribu, alrededor del cual se extiende en vasto círculo el territorio para la caza; luego viene la zona neutral del bosque protector que la separa de otras tribus. La división del trabajo es en absoluto espontánea: sólo existe entre los dos sexos. El hombre va a la guerra, se dedica a la caza y a la pesca, procura las materias primas para el alimento y produce los objetos necesarios para dicho propósito. La mujer cuida de la casa, prepara la comida y hace los vestidos; guisa, hila y cose. Cada uno es el amo en su dominio: el hombre en la selva, la mujer en la casa. Cada uno es el propietario de los instrumentos que elabora y usa: el hombre de sus armas, de sus pertrechos de caza y pesca; la mujer, de sus trabajos caseros. La economía doméstica es comunista, común para varias y a menudo para muchas familias (…). Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad común: la casa, los huertos, las canoas. Aquí, y sólo aquí, es donde existe realmente "la propiedad fruto del trabajo personal", que los jurisconsultos y los economistas atribuyen a la sociedad civilizada y que es el último subterfugio jurídico en el cual se apoya hoy la propiedad capitalista. Pero no en todas partes se detuvieron los hombres en esta etapa… Ciertas tribus de las más adelantadas –los arios, los semitas y quizas los turanios-, hicieron de la domésticación y despues de la cría y cuidado del ganado su principal ocupación. Las tribus de pastores se destacaron del resto de la masa de barbaros. Esta fue la primera gran división social del trabajo.”

No es la gran división del trabajo sino la gran división social del trabajo. La mujer es propietaria de sus instrumentos del hogar, el hombre lo es de los suyos fuera del hogar. La mujer tiene por tanto poder de decisión en el hogar familiar, ella es la que prepara y distribuye el alimento, la que elabora los vestidos y los reparte, realiza los enseres de utilidad familiar en el hogar. La mujer no es esclava en tanto que los medios de producción los aporta el hombre (de la caza, el alimento, las pieles, los huesos,…) y ella los transforma, y el fruto de la transformación, lo producido (de la carne alimentos, de la piel ropajes y de los huesos herramientas…) es de uso común. Y al contrario. Por otro lado, la higiene en el hogar le es necesaria a quien cocina, a quien está con las crías en el habitáculo que conforma el techo bajo el que dormir y comer, etc., lo mismo que el hombre, con la aparición del ganado y la agricultura, cuidará de que éstos estén en las mejores condiciones de crianza y como alimento. Son dos individuos en una unidad familiar y/o social. Con la aparición del ganado y la división social del trabajo lo que aparece es la supremacía de unos sobre otros.

Mas adelante, Engels nos señala: “Los rebaños constituían la nueva industria; su domesticación al principio y su cuidado después, eran obra del hombre. Por eso el ganado le pertenecía, así como las mercancías y los esclavos que obtenía a cambio de él. Todo el excedente que dejaba ahora la producción pertenecía al hombre; la mujer participaba en su consumo, pero no tenía ninguna participación en su propiedad. (…) La división del trabajo en la familia había sido la base para distribuir la propiedad entre el hombre y la mujer. Esta división del trabajo continuaba siendo la misma, pero ahora trastornaba por completo las relaciones domésticas existentes por la mera razón de que la división del trabajo fuera de la familia había cambiado. La misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa –su ocupación exclusiva en las labores domesticas-, aseguraba ahora la preponderancia del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía ahora su importancia comparado con el trabajo productivo del hombre; este trabajo lo era todo; aquel, un accesorio insignificante.” Y, de esta forma, nos deja claro cómo sin pretenderlo la mujer pasa a un segundo plano y el hombre adquiere un papel mucho más importante en la medida en que sus propiedades le hacen aumentar su riqueza aportada al hogar y por tanto, le convierte en el mandamás. Sobre esto probablemente volveremos más adelante pero no podemos dejar de señalar otra cita no menos importante. Esta cita servirá para aclarar cómo Engels no se olvida de la explotación de la mujer sino todo lo contrario.

“Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que nada, un orden negativo y queda limitado, principalmente, a lo que debe desaparecer. Pero, ¿qué sobrevendrá? Eso se verá cuando haya crecido una nueva generación: una generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consideraciones económicas que ello pueda traerles. Y cuando esas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se dictarán a si mismas su propia conducta y, en consonancia, crearán una opinión pública para juzgar la conducta cada uno. ¡Y todo quedará hecho! (…) Pero volvamos a Morgan, de quien nos hemos alejado mucho (…) también el ve en el desarrollo de la familia monogámica un progreso, una aproximación a la plena igualdad de derechos entre ambos sexos, sin que estime, no obstante, que ese objetivo se haya conseguido aún. Pero –dice-: “Si se reconoce el hecho de que la familia ha atravesado sucesivamente por cuatro formas y se encuentra en la quinta actualmente, plantease la cuestión de saber si esta forma puede ser duradera en el futuro. Lo único que puede responderse es que debe progresar a medida que progrese la sociedad, que debe modificarse a medida que la sociedad se modifique; lo mismo que ha sucedido antes. Es producto del sistema social y reflejará su estado de cultura. Habiéndose mejorado la familia monogámica desde los comienzos de la civilización, y de una manera muy notable en los tiempos modernos, licito es, por lo menos, suponerla capaz de seguir perfeccionándose hasta que se llegue a la igualdad entre los dos sexos. Si en un porvenir lejano, la familia monogámica no llegase a satisfacer las exigencias de la sociedad, es imposible predecir de que naturaleza sería la que le sucediese”.”

Aclarado esto, centrémonos en la cuestión de la familia monógama, la que bajo el capitalismo aún continúa siendo el modelo de familia predominante y que parece ser causa para que las feministas, unas y otras, señalen con razón que el patriarcado continúa sometiendo a la mujer. Intentaremos demostrar que esto no quiere decir que patriarcado y capitalismo evolucionen por separado.

“Tal fue el origen de la monogamia… De ninguna manera fue fruto del amor sexual individual, con el que no tenía nada de común, siendo el cálculo, ahora como antes, el móvil de los matrimonios. Fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, originada espontáneamente. Preponderancia del hombre en la familia y procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados a heredarle: tales fueron abiertamente proclamados por los griegos, los únicos objetivos de la monogamia. Por lo demás, el matrimonio era para ellos una carga, un deber para con los dioses, el Estado y sus propios antecesores, deber que se veían obligados a cumplir…

Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria… Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, la época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verificanse a expensas del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad.”

Así pues, surgió una nueva contradicción: propiedad privada del individuo hombre frente a la ley del derecho materno (matriarcado): “Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual sólo podía remediarse y fue en parte remediada con el paso al patriarcado. “Esta parece ser la transición más natural” (Marx)”

Como podemos leer Engels nos dice que “coincide” el primer antagonismo de clase con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer y que “coincide” la primera opresión de clase con la del sexo femenino por el masculino. Luego, por todo ello, es comprensible que señale “Esto demuestra ya que la emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado” . Y una vez más hemos de insistir en que capitalismo y patriarcado no evolucionan por separado.

Engels se adelanta a las feministas socialistas del siglo XXI. Responde a las cuestiones que hoy parecen ser los principios del feminismo para atacar al hombre como individuo. Pero ahora no seremos nosotros solos los defensores del marxismo, los que desmintamos a las feministas cuando afirman que Marx y Engels “no sabían nada sobre el género porque la división sexual del trabajo les favorecía como individuos hombres” Es el propio Engels quien responde, una y otra vez, a la cuestión planteada por el feminismo Socialista:

“No es mejor el Estado de cosas en cuanto a igualdad jurídica del hombre y de la mujer en el matrimonio. Su desigualdad legal, que hemos heredado de condiciones sociales anteriores, no es causa, sino efecto, de la opresión económica de la mujer. En el antiguo hogar comunista, que comprendía numerosas parejas conyugales con sus hijos, la dirección del hogar, confiada a las mujeres, era también una industria socialmente tan necesaria como el cuidado de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a los hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y aún más con la familia individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya no tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en servicio privado; la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción social. Sólo la gran industria de nuestros días le ha abierto de nuevo -aunque sólo a la proletaria- el camino de la producción social. Pero esto se ha hecho de tal suerte, que si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y no puede ganar nada; y si quiere tomar parte en la gran industria social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con los deberes de la familia. Lo mismo que en la fábrica, le acontece a la mujer en todas las ramas del trabajo, incluidas la medicina y la abogacía. La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy, en la mayoría de los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la familia, por lo menos en las clases poseedoras; y esto le da una posición preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario. Pero en el mundo industrial el carácter específico de la opresión económica que pesa sobre el proletariado no se manifiesta en todo su rigor sino una vez suprimidos todos los privilegios legales de la clase de los capitalistas y jurídicamente establecida la plena igualdad de las dos clases. La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el contrario, no hace más que suministrar el terreno en que se lleva a su término la lucha por resolver este antagonismo. Y, de igual modo, el carácter particular del predominio del hombre sobre la mujer en la familia moderna, así como la necesidad y la manera de establecer una igualdad social efectiva de ambos, no se manifestarán con toda nitidez sino cuando el hombre y la mujer tengan, según la ley, derechos absolutamente iguales. Entonces se verá que la manumisión de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.”

Sin fuesemos creyentes del más alla o de la brujería pensariamos que Engels era adivino y Marx su maestro. Como no lo somos, seguiremos intentado estudiar el gran legado que nos dejaron. Podemos equivocarnos pero no negaremos cómo la dialectica, la lucha de contrarios, nos muestra el camino para avanzar también, en la emancipación de la mujer. Y leyendo estas citas, comprobamos que efectivamente aquello expuesto en ellas es lo que esta ocurriendo bajo el capitalismo imperialista. Las fuerzas productivas se desarrollan, lentamente ahora en apariencia, pero haciendo que, con la incorporación de la mujer al trabajo asalariado, las leyes se comiencen a aplicar en igualdad -no sin la lucha de la mujer-. Por supuesto que es compatible trabajar dentro y fuera del hogar pero a costa de qué: de la propia mujer que no puede ser independiente ni liberarse de las cargas familiares. ¿Significa esto que debamos renunciar a la lucha por su independencia y liberación?. No.

“Caminamos en estos momentos hacia una revolución social en que las bases económicas actuales de la monogamia desaparecerán tan seguramente como las de la prostitución, complemento de aquélla. La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos -las de un hombre- y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro. Por eso era necesaria la monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo. Pero la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las riquezas duraderas hereditarias -los medios de producción- en propiedad social, reducirá al mínimum todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria. Y ahora cabe hacer esta pregunta: habiendo nacido de causas económicas la monogmia, ¿desaparecerá cuando desaparezcan esas causas?

Podría responderse no sin fundamento: lejos de desaparecer, más bien se realizará plenamente a partir de ese momento. Porque con la transformación de los medios de producción en propiedad social desaparecen el trabajo asalariado, el proletariado, y, por consiguiente, la necesidad de que se prostituyan cierto número de mujeres que la estadística puede calcular. Desaparece la prostitución, y en vez de decaer, la monogamia llega por fin a ser una realidad, hasta para los hombres.

En todo caso, se modificará mucho la posición de los hombres. Pero también sufrirá profundos cambios la de las mujeres, la de todas ellas. En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a "las consecuencias", que es hoy el más importante motivo social -tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico- que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama. ¿No bastará eso para que se desarrollen progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres?. Y, por último, ¿no hemos visto que en el mundo moderno la prostitución y la monogamia, aunque antagónicas, son inseparables, como polos de un mismo orden social?. ¿Puede desaparecer la prostitución sin arrastrar consigo al abismo a la monogamia?” .

Engels nos muestra las contradicciones sociales para hacernos ver el proceso natural que en ellas se da como lo es el proceso natural del cambio de la sociedad capitalista a la sociedad socialista. Lo natural está en que el capitalismo ha creado a su propio enemigo, el que le arrebatará el poder y, a la vez, está socializando los medios de producción. Y, como no somos tan prepotentes, no diremos aquello de ¡Toma feminismo socialista! Porque entendemos que, con la nueva sociedad, la mujer no tendrá todas esas condiciones que antaño y aún hoy le impiden tener una maternidad libre de cualquier tipo de carga familiar, desarrollarse con plena independencia del hombre y asumir los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro individuo social.

Esa debe ser y es la tarea que corresponde las mujeres socialistas y comunistas de hoy: luchar por mejorar las condiciones de las mujeres trabajadoras, de la clase obrera y conquistar la nueva sociedad.

DIALECTICA MARXISTA APLICADA AL CAPITALISMO

La teoría marxista desarrollada por Engels sigue vigente bajo las condiciones del capitalismo imperialista.

Al sacar a la mujer del hogar para realizar trabajo en la sociedad, el capitalismo está transformando a la familia como unidad familiar pero también el concepto que cada individuo posee de familia. Por un lado está permitiendo, al desarrollar las fuerzas productivas, que la mujer salga del ámbito familiar -comprando fuerza de trabajo que realice las tareas domésticas de su hogar- para apropiarse de medios de producción. Los mismos que hasta ahora habían sido propiedad del hombre. Se convierte en empresaria poseyendo maquinaria y asalariados. Se hace con una parte de la economía capitalista, se convierte en representante dirigente del Estado burgués,…; y de otro lado, la mujer asalariada sale del ámbito familiar. Divide su fuerza de trabajo entre el realizado de forma privada en el hogar y la fuerza de trabajo que vende socialmente. Se convierte como el hombre obrero, en esclava asalariada. Así, las mujeres consolidan la pertenencia a las dos clases antagónicas de la sociedad burguesa y donde la familia monógama regida por el hombre comienza a cambiar de tal forma, que él va perdiendo su hegemonía en la familia pero también en la sociedad. Y, la mujer ya no obedece sino que decide.

Obligada por el desarrollo de las relaciones de producción y el modo en que se produce, la familia evoluciona y cambia hasta tal punto que la falsa moral burguesa tiene que ir adaptándose a las nuevas formas ligadas –inevitablemente- al interés del sistema por sobrevivir. Para ello convierte la mano de obra de la mujer en instrumento para generar beneficios más rápidamente. Expulsan al hombre del mercado laboral dedicando éste su tiempo a la realización de las tareas domésticas y cuidado de los hijos que antes realizaba exclusivamente la mujer. Se está, bajo el capitalismo imperialista, esclavizando al hombre no ya fuera del hogar sino también dentro. Se le esclaviza rebajando el valor de la fuerza de trabajo a través de la que posee la mujer y por otro lado convirtiéndolo en trabajador del hogar. Así, mientras se acerca la mujer a la igualdad con el hombre éste, de forma natural bajo las condiciones de la sociedad capitalista, es empujado a la condición de igualdad con la mujer.

Junto a este cambio, en la clase burguesa, el papel del hombre continúa siendo de poder puesto que las tareas domésticas las realizan las fuerzas de trabajo que han comprado, de tal forma que la competencia entre individuos capitalistas aumenta al incorporarse el individuo mujer. Pero también aumenta la competencia entre los obreros y trabajadores, hombres y mujeres, por vender su fuerza de trabajo. En ello nada tiene que ver que el hombre tenga el poder por existir el patriarcado, sino las relaciones mercantiles del sistema capitalista.

El patriarcado va perdiendo la fuerza, el hombre como jefe de familia comienza a desvanecerse. Va perdiendo poder, influencia. Y así el patriarcado se ve más ligado al capitalismo en su decadencia, todo lo contrario a lo que el feminismo socialista afirma. No sólo se percibe que no es independiente la evolución del patriarcado con relación al capitalismo, sino que además es un error considerarlo como un sistema ideológico aparte, ni siquiera como una ideología sino como la forma que adquirió la unidad familiar al surgir la forma social de la propiedad privada de los medios de producción y el Estado como instrumento que pone orden tanto en la conservación como en el reparto de la apropiación.

Pero no entrando en otras cuestiones, partamos del sencillo hecho de tener de un lado a los hombres que, defendiendo intereses distintos, tienen en común el hecho de ser proveedores de las riquezas imprescindibles que entran en el hogar para el alimento, la vivienda, la ropa, la salud, etc....; y del otro, a las mujeres que en ambos hogares ejercen de cuidadoras del hogar, haciendo un trabajo privado de uso común que varía en la medida en que lo realice en el hogar del que posee riqueza o en el hogar del que no posee. ¿Quiere esto decir que el hombre se apropia de los servicios de la mujer de la misma forma que el capitalista se apropia de la producción social? ¿Quiere esto decir que la mujer presta servicios al hombre?

Lo que se apropia el capitalista es de la plusvalía, es decir un hombre se apropia del valor sobrante que la fuerza de trabajo impregna en la mercancía (fuerza de trabajo que puede vender una mujer o un hombre). En el caso del trabajo en el hogar, el hombre no obtiene plusvalía del trabajo de la mujer sino que obtiene el fruto, la labor del propio trabajo. De él también se apropian el resto de individuos de la unidad familiar e incluso la misma mujer. Esta situación solo cambia cuando la mujer sale a vender su fuerza de trabajo puesto que obliga a que el alimento, el cuidado del hogar y de los hijos ya no estén a su cargo. No puede ocuparse de ello, le falta tiempo. Ha de compartir sus viejas tareas bien con el individuo hombre o bien con la sociedad, lo cual bajo el capitalismo, no supone una ventaja sino por el contrario: la ata más al yugo de la esclavitud asalariada. A la vez, según la mujer va dejando de realizar trabajo privado y pasa a vender su fuerza de trabajo, su relación con el hombre como individuo de la unidad familiar, se transforma. Ella obtiene también propiedad privada, aporta riqueza, de la misma forma que lo hace en la sociedad, es decir aprende, se desarrolla y adquiere conciencia. Se rebela de un lado y de otro comprende. Mientras, el hombre no comprende este proceso de aprendizaje y toma de conciencia de la mujer, y se rebela. Los mas fuertes, frente a la sociedad, y los mas débiles, maltratando y asesinando en el intento de sobrevivir en sus miserias.

Cada vez es mayor el número de hombres obreros y trabajadores que participan y comprenden mejor el trabajo doméstico y no doméstico, tanto por la incorporación de la mujer al trabajo como por el excedente de mano de obra que les lleva a ocupar parte de su tiempo -sino todo- en ayudar en el hogar. Y en este sentido, no deberíamos olvidar como afecta moralmente a la dignidad del individuo concienciado durante siglos de ser el suministrador de la riqueza y propietario de los bienes familiares. Se somete al individuo a los intereses del capital, cayendo así en la más baja de las miserias, convirtiéndose en “un don nadie”, quedando en una situación de no hacer nada, de dejar de mandar sobre sus propios actos individuales, etc. Al olvidar esto olvidamos la responsabilidad del sistema capitalista para generar violencia entre individuos, es decir en fomentar la agresividad individual. Allí donde la contradicción es mayor, se ejerce la violencia individual sobre el más débil, en la mayoría de los casos el hombre sobre la mujer. Ésta, concienciada durante años por la moral y comportamientos de vida familiar burguesa de sometimiento, se cree incapaz de liberarse de tal yugo y cuando lo intenta se encuentra con leyes que limitan sus derechos de defensa en tanto que no posee nada más que su condición de reproductora de la especie y su fuerza de trabajo.

Aunque se diga que la violencia de género se da en todos los status sociales, en ambas clases, no es menos cierto que, en el momento actual en que la mujer burguesa ha logrado la independencia económica, posee un determinado nivel cultural y medios que no la atan a la familia. En estas condiciones, puede rebelarse y abandonar desde el primer momento a aquel que la somete. Si no lo hace es más bien porque defiende un modelo de familia, unos intereses. Mientras que la maltratada que nada posee, ¿adónde puede ir si se encuentra en el mayor de los desamparos?: le quitan la dignidad de ser mujer (la humillan como individuo), de ser trabajadora (la apartan del mercado laboral) y de ser madre (la separan de sus hijos). Por otro lado, la violencia de los hombres hacia las mujeres no solo es la violencia contra la pareja, también es hacia las hijas, las hermanas, etc., y también ocurre cada vez con más frecuencia que los hijos maltratan a los padres.

Podemos señalar que el individuo -aunque menos, por las características de la sociedad burguesa, también hay mujeres-, ejerce la violencia, se vuelve agresivo en la medida en que la agresividad le es trasmitida socialmente y qué duda cabe que el capitalismo imperialista solo puede engendrar violencia en todas sus facetas.

Lo que podemos decir que ocurre a la mujer proletaria ocurre con la mujer burguesa pero si la independencia de la mujer burguesa y pequeño burguesa no garantiza la independencia de la mujer obrera, si es cierto que la liberación de la mujer obrera, los logros que esta alcanza liberan y logran derechos para la mujer pequeño burguesa y burguesa. En su lucha por mejorar sus condiciones de vida, por sus derechos laborales y sociales, la mujer obrera hace extensibles sus conquistas a todas las mujeres. Al contrario, como muestra la propia lucha de las mujeres trabajadoras, no ocurre igual.

El feminismo socialista elude este análisis, se aleja todo lo que puede de él para llegar a la única conclusión de que la mujer ha estado a lo largo de la historia sometida al hombre. Desde que se produjo el reparto de tareas entre individuos, pasando por la propiedad privada y la primera gran división del trabajo pero saltándose la segunda gran división social del trabajo con la industrialización y a la aparición de la tercera con el mercader, aquel que sin producir se lleva la riqueza.

En este contexto hay que diferenciar entre el desarrollo natural del proceso evolutivo de la familia y la división de trabajo entre los sexos, de la gran división del trabajo en la sociedad.

Las feministas tergiversan estas diferencias para defender sus postulados contra el patriarcado, concepto de familia que las marxistas comunistas por otro lado, tampoco defendemos.

“La familia sindiásmica aparece en el límite entre el salvajismo y la barbarie, las más de las veces en el estadio superior del primero, y sólo en algunas parte en el estado inferior de la segunda. Es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que la familia sindiásmica evolucione hasta llegar a la monogamia estable fueron menester causas diversas de aquellas cuya acción hemos estudiado aquí. En la familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su molécula biatómica: a un hombre y una mujer. La selección natural había realizado su obra reduciendo cada vez más la comunidad de los matrimonios, nada le quedaba ya que hacer en este sentido. Por tanto si no hubieran entrado en juego otras fuerzas impulsivas de , no hubiese habido ninguna razón para que la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas”

“Convertidas estas riquezas en propiedad particular de las familias, y aumentadas después rápidamente, asestaron un duro golpe a la sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico y en las gens basadas en el matriarcado… Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces, correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello; consiguientemente era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Por tanto, según las costumbres de aquella sociedad, el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación, el ganado, y más adelante, del nuevo instrumento de trabajo, el esclavo...” .

La división de tareas no es explotación del hombre hacia la mujer.

“Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo contaba por línea femenina, y según la primitiva ley de herencia imperante en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de su pariente gentil fenecido. Sus bienes debían quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia, estos bienes pasaban en la práctica a los consanguíneos por línea materna…

Prevalecía aún el poder de la mujer respecto al hombre en el hogar y fuera de él.

Así, pues las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue.”

Surge la contradicción: poder de la mujer en la unidad familiar y social, frente al poder individual del hombre como suministrador de las riquezas.

Este desarrollo nada tiene que ver con las conclusiones a las que llegan las feministas socialistas y rebate la concepción contra el patriarcado hecha por Simone de Beauvoir cuya frase más conocida es “No se nace mujer, llega una a serlo” y que sirve de base para que, desde las filas feministas socialistas, se diga: “No se nace hombre o mujer sino que se aprende a serlo. El patriarcado no es una cuestión fundamentalmente ideológica, no es solo un elemento más de la superestructura capitalista. El patriarcado es un sistema de explotación y opresión de las mujeres por los hombres.* Estos se apropian de trabajos y servicios producidos por las mujeres. Constituyen también un elemento del modo de producción: la producción y reproducción de gente. El patriarcado ha desarrollado históricamente una enorme capacidad de adaptación al desarrollo económico y en la etapa del capitalismo establece una alianza muy ventajosa para ambos sistemas que se entrelazan como las hebras de una cuerda hasta parecer una misma cosa, alcanzando ambos mediante el pacto una fortaleza difícil de doblegar. Como tal sistema, tiene su propia ideología, subsumida en muchos aspectos en la ideología del capitalismo y viceversa”

De tal forma caen en la total confusión de eliminar la base sobre la cual se desarrolla el materialismo histórico, puesto que al ser independiente y desarrollarse a la vez se plantea la posibilidad de superarse el patriarcado aun a pesar de la propia existencia del capitalismo, de la esclavitud que ha impuesto la existencia de la propiedad privada y el reparto de lo producido. Sólo habría que romper ese pacto, eliminar la ideología del patriarcado como ideología independiente. Teoría esta que sí se contradice con el marxismo pues eso no es posible bajo el capitalismo y ni siquiera bajo inicios del socialismo. Al cambiar el modo de producción, aumentar la participación de la mujer como fuerza productiva en la sociedad y convertirse poco a poco, durante un proceso lento, en un hecho de igualdad, el patriarcado no se independizara sino que se extinguirá como las clases. El proceso será lento porque la conciencia, la moral, no cambia en el momento sino con la adaptación a las nuevas formas de relaciones sociales e individuales.

De igual forma se podría rebatir a aquellas que defendiendo posiciones justas en cuanto a la relación mujer y clase obrera señalan que “El capitalismo ha sabido sacar provecho de la ideología patriarcal para imponer aún mayores situaciones de explotación, y conseguir que la reproducción de la fuerza de trabajo (vestido, alimentación, cuidados…) se haga en las condiciones más provechosas, o sea que le resulte más barata. Las mujeres (todas) sufrimos por un lado la opresión social del patriarcado por el hecho de ser mujeres, y por otro además la explotación económica por nuestra pertenencia (de algunas) a la clase trabajadora dentro del modo de producción capitalista. En esto estamos de acuerdo” .

Con esta afirmación que por un lado reconoce la existencia de mujeres en ambas clases sociales, antagónicas bajo el capitalismo, se da vía libre a quienes definen el patriarcado como ideología. Cuestionan, quizás sin pretenderlo, que el capitalismo por su natural proceso de producir riqueza mediante la explotación de la fuerza de trabajo, busca obtener esa riqueza de la forma más barata posible. Obvian el proceso que el capitalismo ejerce sobre la clase obrera: necesita la fuerza de trabajo más barata para obtener mayores beneficios. Toma la de la mujer como “segunda opción” frente a la del hombre, mucho más exigente y experimentado en la lucha por sus derechos; y que mientras, la mujer aún sin conciencia suficiente, estima mucho más valioso el poder criar a sus hijos y defender a su familia con aquellas ventajas que le da tener un salario, rebajando sus condiciones laborales. De nuevo se nos presenta la contradicción entre sexos fuera del hogar. Contradicción que no nace sin origen alguno ni por la decisión del hombre como individuo, sino todo lo contrario, tiene como causa la propia existencia del capitalismo en cuya dirección ya toma parte la mujer de la clase burguesa.

“Cualquiera que conozca las tesis fundamentales del materialismo histórico sabe que los hombres son impotentes para modificar a su antojo las formas de vida social, ya que esas formas derivan lógicamente de las relaciones económicas de producción existentes. Todo lo que puede hacerse es percatarse de la tendencia evolutiva que está a punto de realizarse en el organismo social y acelerar el ritmo que ese proceso de transformación, que no se lleva a cabo, por lo general sin dolor.”

Los hombres no se pusieron de acuerdo mediante un tratado o un pacto, ni entre ellos ni con las mujeres. Tampoco entonces eran conscientes del rumbo que estaba tomando la sociedad. Ellos participaban y aquella se desarrollaba y por otro lado esta se desarrollaba y aquellos participaban. Se limitaron a imponer sus intereses económicos individuales sobre los intereses de la familia (la mujer como productora doméstica, como madre,…). No firmaron un pacto para que la mujer estuviera sometida al hombre. Ésta se sometió sin poder reaccionar. En el desarrollo social, sus intereses como individuo hembra se habían debilitado frente a los intereses del hombre como miembros de la familia que, con el desarrollo de la producción fuera del hogar y de los medios de producción, obtuvieron el privilegio de la propiedad privada de la producción y, con la conquista de los esclavos, también de la fuerza de trabajo. Y no hablamos aquí de la sumisión en el sentido en que hoy lo conocemos, no vaya a ser que mezclemos las churras con las merinas pues lo que se pretende señalar es la imposibilidad de que hubiera podido ser de otra forma.

Para poder entender cómo se van desarrollando las contradicciones bajo las relaciones de producción capitalistas, tenemos que recordar una y otra vez que las actuales relaciones entre sexos se basan en la existencia de la propiedad privada que ha dividido la sociedad entre los que poseen y los desposeídos. Tal existencia, la de la propiedad privada sobre los medios de producción, es la forjada en la unidad entre individuos. Si bien es cierto que en la familia monógama, el matrimonio burgués se compone desde hace siglos de individuo mujer e individuo hombre, bajo el capitalismo imperialista y sus propias contradicciones sociales, la familia monógama y el matrimonio burgués ya no se compone siempre por individuos de ambos sexos [del mismo sexo], lo que indica – aparte de que la sumisión del que no tiene sobre el que tiene continuara independientemente del sexo en la unidad familiar bajo el capitalismo- que probablemente, cuando la transformación social haga desaparecer las clases sociales, las relaciones entre los sexos tendrán un carácter muy distinto a las conocidas actualmente. La mujer habrá dado un salto cualitativo como individuo en la sociedad disminuyendo el carácter privado de su trabajo en el hogar y en los cuidados familiares, que serán tarea de los dos sexos.

Se confirma que la familia está cambiando con el desarrollo social producido por las relaciones de producción capitalistas y más concretamente por el desarrollo de las fuerzas productivas; y se confirma también, que el patriarcado y el capitalismo no son independientes ni tampoco dependen el uno del otro sino que confluyen a la vez. El patriarcado cambia según avanza y se desarrolla el capitalismo. Estos cambios aparentemente separados son la unidad de los contrarios que hace posible el salto cualitativo encaminado a la participación e independencia cada vez mayor de la mujer para decidir sobre ella misma, para ella y para con el resto de individuos.

Además, las mujeres dejan de ser las que limpian y asean el hogar, son conscientes de sus posibilidades fuera del hogar y, aunque se queden en él como una opción, ya no entienden que deben ser sometidas y esclavizadas. No son ya lo que fueron sus madres o abuelas, no claudican ante la opción de poder ser ellas quienes elijan si optan o se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo. Las mujeres quieren elegir, están en el derecho de elegir si quieren hacer el trabajo privado en el hogar o salir a vender su fuerza de trabajo bajo las condiciones sociales del imperialismo capitalista. El quedarse en casa no significa que tengan que aguantar que el hombre decida por ellas, ni someterlas u obligarlas a ser “suyas”. Para la mujer obrera, la decisión de trabajar fuera del hogar se convierte en muchas ocasiones en una obligación más que una necesidad por independizarse. No se puede anular el hecho de que sin trabajar fuera del hogar la mujer es capaz de percibir que su papel esta cambiando y puede tomar decisiones independientemente del hombre sobre que hacer en su vida y con su vida. Y aunque pudiera parecer contradictorio, este cambio se debe a su incorporación al trabajo asalariado, a que cada vez más se ve empujada a incorporarse a la producción social vendiendo su fuerza de trabajo.

Y lo mismo podemos decir de las mujeres del campo. Éstas evolucionan en su mayoría como asalariadas tras la destrucción de su economía por la industria del capitalismo monopolista. Éste continúa destruyendo al pequeño campesino cambiando el carácter que antaño tenía la familia del pequeño productor.

Estas mujeres se incorporan como fuerzas productivas de la sociedad. Sin su participación tampoco será posible la liberación de la mujer. Su proceso de participación dependerá muy mucho de cómo la mujer obrera la haga participe de la transformación social pero también individual.

Y este carácter cada vez mas independiente, esa nueva raza de mujer como la definiera Kollontay, no es la que esta acostumbrada a tratar el hombre. El sistema capitalista le está fallando a éste y se rebela no contra las relaciones sociales de producción capitalista que le oprimen, sino contra el más débil en las relaciones sociales: contra la mujer por ser el individuo que más íntimamente está ligado a él, pero también los niños e incluso, los otros propios hombres, dependiendo de la fortaleza o debilidad moral de estos. Así se manifiesta el maltrato físico y psíquico. Como la expresión del “no aguanto más que no obedezcas a lo que digo, que no hagas lo que yo quiero…antes te mato a que me dejes así” y el desarme moral, el orgullo y la dignidad que le hacían fuerte y poderoso en el colectivo social. Y por eso, es que no solo ocurre en la clase más baja aunque es en esta donde más violentamente se desata. Es en esta clase donde las miserias de la esclavitud se apropian hasta de lo indigno.

De la misma forma que el sistema impone sus intereses sobre los más débiles, ejerce el más fuerte de los individuos su imposición. Bajo el capitalismo, bajo el imperialismo capitalista, cuyo carácter natural es violento, la violencia contra las mujeres, su abuso humano y mercantil no podrá desaparecer.

Entendemos que el desarrollo de la mujer como trabajadora avanza más rápidamente que el desarrollo cultural del hombre a aceptar que aquello es así. Y esto es coherente con el desarrollo del capitalismo imperialista. En el interés de obtener mayores beneficios, mientras por un lado crea excedente de mano de obra por otro se apropia de la mano de obra mujer (que obtiene a más bajo costo: abaratamiento del salario) lanzada al mercado de trabajo por la necesidad económica de subsistencia y en el intento de huir de la esclavitud del hogar. Así se convierte en esclava familiar y en esclava asalariada. Este proceso se desarrolla más rápidamente que la toma de conciencia del hombre sobre el hecho de que la mujer no es ya una propiedad exclusiva sino que pasa a ser propiedad de la sociedad bajo las mismas condiciones que él pero con la desigualdad que le imprime la moral burguesa.

Para las mujeres obreras marxistas, la liberación de la explotación que sufre la mujer –tareas domésticas, cuidado de los hijos, cuidado de la familia y, como asalariada- solo puede darse con la desaparición de la propiedad privada.

EL CAPITALISMO FORJA UN NUEVO TIPO DE MUJER

El feminismo parte de la división del mundo en masculino y femenino estableciendo este aspecto como prioritario -convirtiéndolo en ideología independiente del desarrollo social capitalista-. Las mujeres marxistas defienden un mundo sin división de clases sociales, sin esclavitud de mujeres ni de hombres, conscientes de que no son las relaciones de sexo las que determinan la esclavitud de unos sobre otros, sino las relaciones de producción de la sociedad que en el desarrollo de ésta han convertido a la mujer en esclava de la familia y en esclava asalariada; y al hombre, en representante legal de los intereses del sistema imperante, el capitalismo, basado en la moral burguesa de apropiación de riquezas: riqueza material y fuerza de trabajo. Riqueza material para establecer diferencias de poder, para someter y perpetuar las riquezas a través de los hijos (caso de la mujer burguesa); fuerza de trabajo para obtener más riquezas materiales y obtener más fuerza de trabajo (en el caso de las obreras).

Es evidente que las feministas de derechas, en su mayoría de media y alta burguesía, defienden su liberación desde sus principios burgueses, manteniendo y apoyando una falsa moral que, pese a quien pese, lo mismo que la clase social a la que pertenece, desaparecerán con la revolución socialista, con la liberación de la clase obrera del yugo del capitalismo y por ende, con la liberación de la mujer obrera. Así nos encontramos mujeres ministras, secretarias de estado y presidentas de gobiernos que contribuyen a la explotación de otras mujeres sometiéndolas y convirtiéndolas en esclavas de sí mismas. Por ejemplo a través de los microcréditos, esos que solo sirven para crear diferencias; esos ellas que defienden optando por convertir a otras mujeres en pequeñas burguesas que las ayuden a superar sus crisis económicas y velen por su perpetuidad como mujeres burguesas en el poder; o las mujeres escritoras, pintoras, directoras de centros sociales de ayuda a no sabe bien a qué, etc…, que, defendiendo la igualdad de derechos, se olvidan de defender el mas elemental derecho que debería haber para una feminista: eliminar la causa que hace posible la desigualdad entre mujeres económicamente ricas y las trabajadoras económicamente explotadas.

Las feministas de izquierda, mujeres independientes que viven de su salario, con un nivel cultural más o menos satisfactorio y defensoras de las relaciones sexuales libres -objetivos por los que surgieron las primeras feministas del siglo pasado y del anterior-, habiendo comprendido la explotación social que sufre la mujer por el sistema capitalista, comprobando la explotación que sufre en el trabajo que realiza en el hogar y el cuidado de la familia y los hijos, no encuentra otra opción para acabar con tal opresión que la de separar las relaciones entre sexos de las propias relaciones sociales de producción capitalistas. No han comprendido nada del materialismo histórico. Sin embargo parten de él para dirigirse a las mujeres obreras y trabajadoras y decirles cuan equivocados estaban aquellos que lograron para las mujeres obreras y campesinas –mediante la revolución socialista - conquistas que ni por asomo se han conseguido bajo el capitalismo.

En la sociedad capitalista, lo que pudiera parecer un derecho deja de serlo al concebirse como un derecho mercantil: tendrás guardería si pagas, tendrás maternidad digna si pagas, podrás abortar si pagas, te divorcias y pagas, te casas y pagas, te liberas de la familia y pagas, etc.

Ni unas ni otras, ni por burguesas ni por progresistas, han señalado realmente que el papel de la mujer a lo largo de la historia no ha sido estático. Sin embargo, sí utilizan como referentes para defender la liberación, emancipación o lucha antipatriarcal, a las mujeres marxistas como Clara Zetkin o la misma Alejandra Kollontay, de las que hablan solo para defender el amor libre, como si éste fuese el origen de las desagracias de esclavitud de la mujer.

Pretenden describir a las defensoras del marxismo, de la revolución de octubre -de las comunistas que entendieron como problema fundamental la liberación de la esclavitud asalariada para defender todo tipo de liberación de la mujer-, como feministas al estilo burgués o pequeño burgués. Cierto es que defendieron un nuevo tipo de moral sexual, el que la mujer manifiesta ya incluso bajo el capitalismo. “Ya no tenemos delante a la hembra que se hace sombra del hombre, sino a la mujer nueva, individualidad en si misma” . Nunca lo separaron del objetivo principal que era la liberación de la mujer como esclava asalariada. Comprendió Kollontay que un aspecto y otro están vinculados por la moral burguesa, por las formas de familia que desde el poder burgués se defiende. “El nuevo tipo de mujer, interiormente libre, independiente, corresponde a la moral que el medio obrero elabora en interés de su propia clase. La clase obrera, para cumplir con su misión social, necesita no una esclava impersonal del matrimonio, de la familia, una esclava que posea las virtudes pasivas femeninas, sino una individualidad que se alce contra toda servidumbre, necesita un miembro consciente, activo y en pleno disfrute de todos los derechos de la colectividad, de la clase.” Ya hemos señalado anteriormente, como Kollontay habla de la nueva mujer, de la mujer de nuevo tipo que surge en el capitalismo pero que solo puede cambiar moralmente, abandonar la moral burguesa, bajo el socialismo, es decir bajo distintas relaciones de producción a las capitalistas.

Se hace necesario por tanto volver hablar de cómo, una vez realizada en 1917 la revolución socialista, las mujeres comunistas representadas por Alejandra Kollontay, comprendieron que una vez liberadas de la esclavitud asalariada la nueva mujer se forjaba con unas ideas propias, sin dependencia alguna del hombre. Con la ayuda del Estado socialista liberándola de tareas y obligaciones de las que aún hoy bajo el capitalismo, no ha conseguido liberarse, la nueva mujer podía decir no al hombre y a sus leyes* sin temor a defenderse. Podía avanzar hacia su total independencia incluida la de las relaciones sexuales. Fueron conscientes también de que, incluso bajo el capitalismo, la mujer podía desarrollarse más rápidamente en la medida en que aumentaba su participación como fuerza productiva de la sociedad. Así lo está confirmando la historia del desarrollo capitalista y la evolución de la mujer en él.

Kollontay comprendió el materialismo histórico y se valió de su dialéctica para, separando individuo hombre de individuo mujer, comprender como ésta podía conquistar su plena liberación.

No renegó del país soviético en el que la mujer alcanzó cotas de liberación que aún hoy, bajo el capitalismo, no se han alcanzado. Su avance en la comprensión del desarrollo de la mujer nueva bajo las condiciones del capitalismo, el reconocimiento de que el Estado socialista asumiera responsabilidades que antes eran exclusivas de ellas, etc.… no le impidió reconocer que aún habían de resolverse las contradicciones generadas por la necesidad de desarrollar más las fuerzas productivas. Percibió que ni la mujer de la ciudad y ni aún las mujeres campesinas, a pesar de los grandes y beneficiosos pasos que habían dado, asimilaban sus nuevas condiciones. Mantenían en su conciencia restos de la falsa moral burguesa sobre la familia y las relaciones entre sexos, a las que tantos años había estado sometida.

Este avance en la verdadera concepción de la liberación de la mujer la alejo de las concepciones del partido influidas aún por un exceso de moral burguesa social. No podían comprender que los mismos actos que el hombre acometía podían ser acometidos por la mujer (comportamientos, actitudes, maneras, hechos, toma de decisiones,...). Pero además, comprueba que lo que realmente hace cambiar la situación de la mujer, convirtiéndola en un individuo cada vez más libre del sexo contrario, son precisamente las relaciones y el modo de producción capitalista que modifican el concepto de familia. Establece niveles de igualdad de forma lenta pero no por ello menos segura, entre los dos sexos.

Y hoy ya se han dado grandes pasos. Ha despertado la mente de las mujeres con su incorporación cada vez mayor y más cualificada al trabajo fuera del hogar. Ello le ha dado experiencia y aprendizaje. La ha convertido en una mujer rebelde, contraria a la sumisión. Y ha conquistado leyes que, una vez eliminado de ellas su carácter mercantil, harán que la mujer nueva llegue con un nivel cualitativo superior al que lo hizo con la revolución socialista de 1917. Y no solo la mujer sino también el hombre. Éste irá asumiendo, ya va asumiendo ese nuevo papel de la mujer en la sociedad.

Así podemos señalar a modo de ejemplo como las relaciones entre sexos han cambiado. Se admiten las relaciones del mismo sexo, se comparte mucho más el criterio de capacidad sobre el criterio de obligación, etc., con una mayor independencia no solo económica sino cultural y sexual, con mayores valores sobre el significado del trabajo colectivo y la socialización de lo producido, con un concepto nuevo sobre las relaciones de familia, etc. Pero leamos como explica todo esto una comunista fiel a la dialéctica del materialismo histórico.

”La inmensa transformación experimentada en las condiciones productivas realizada en estos últimos años bajo el influjo de las continuas victorias de la gran producción capitalista obliga, tanto a mujeres como a hombres, a adaptarse a las condiciones de la realidad ambiental en la lucha por la subsistencia. El tipo predominante de mujer mantiene una estrecha dependencia con el desarrollo económico de la humanidad. Con la modificación de las condiciones económicas, se produce también un cambio en el aspecto psicológico de la mujer. La mujer nueva, EN CUANTO A TIPO, solo podía hacer su aparición con el crecimiento cuantitativo de la mano de obra asalariada femenina.

Hace medio siglo se consideraba la participación de la mujer en la vida económica como una desviación de la norma, como una infracción en el orden natural de las cosas. Espíritus avanzados, incluso socialistas, buscaban las formas adecuadas para hacer regresar al hogar a las mujeres. Hoy únicamente los reaccionarios hundidos en sus prejuicios y en la más sombría ignorancia repiten aun tales opiniones, desde hace tanto tiempo sobrepasadas y preteridas”

“La realidad capitalista contemporánea parece esforzarse en forjar un tipo de mujer más próximo en cuanto formación de su espíritu, incomparablemente más parecido al hombre que a la mujer antigua. Este acercamiento es una consecuencia inevitable y natural de la participación de la mujer en la vida económica y social. El mundo capitalista no concede perdón sino a las mujeres que han conseguido rechazar las virtudes femeninas y asimilar la filosofía de la lucha por la vida que le es propia al hombre. Las “inadaptadas” o sea, las mujeres de la vieja especie, no tienen sitio en las filas trabajadoras. Así, es observable una [división] a modo de “selección natural” entre las mujeres de las distintas capas sociales: las filas de la “trabajadoras” están compuestas siempre por las naturalezas más fuertes, más resistentes, más disciplinadas. Las naturalezas débiles, pasivas, quedan pegadas al hogar familiar y, si las necesidades materiales las arrancan de allí para empujarlas al torrente de la vida, se abandonan a las olas turbulentas de la prostitución “legal” o “ilegal”, hacen un matrimonio de conveniencia o se quedan en las aceras. Las trabajadoras forman la vanguardia de mujeres y tienen en su seno representantes de los diferentes estratos sociales. Pero la enorme mayoría de esa vanguardia no la constituyen las Vera Nikodimovnas, orgullosas de su independencia, sino los millones de Matildes envueltas en chales grises, de Tatianas de Riasan, descalzas, empujadas por la miseria al nuevo sendero de espinas.”

“Gravemente yerran quienes piensan aún que la mujer nueva, soltera, es el fruto de los heroicos esfuerzos de individualidades fuertes que han tomado conciencia de si mismas. No se trata de la voluntad individual; no es el ejemplo valiente Magda o de la decidida Renée los que han creado a la mujer nueva. La transformación de la mentalidad de la mujer, de su estructura interna espiritual y sentimental, se lleva a cabo ante todo y muy especialmente en las profundidades sociales, allí donde, bajo el azote del hambre, se produce la adaptación de la obrera a las condiciones radicalmente transformadas de su existencia. Las Matildes y las Tatianas no resuelven los problemas; por el contrario, se agarran con toda el alma al pasado, y únicamente a base de doblegarse ante las leyes de la necesidad histórica, ante las leyes productivas, dan los primeros pasos, aun a su pesar, por la nueva senda”

Tanto para las mujeres burguesas como para las obreras y trabajadoras, las cadenas que la someten se romperán cuando la incorporación de la mujer al trabajo social sea plena. Esta condición junto con los avances científicos, acelerara el proceso de emancipación de la mujer ante la ley y la vida.

DE LAS MUJERES SOCIALISTAS

Junto con las mujeres nuevas que comienzan a forjarse bajo el capitalismo aparecen las mujeres socialistas cuya lucha va ligada a la lucha general de la clase obrera., la lucha por el socialismo y el comunismo.

Como podemos comprobar en nuestro día a día, bajo la sociedad capitalista en que vivimos, existe desigualdad entre mujeres ricas y mujeres pobres. Y preguntamos ¿si existe esta desigualdad, cómo es posible la existencia entre hombre y mujer? Las ricas responderán defender la igualdad por el derecho a tener el mismo poder que el hombre; y las pobres, las obreras y trabajadoras, dirán que desean tener una vida digna. Por eso luchan y defienden vivir en igualdad con respecto al hombre obrero y trabajador. Y nosotras, las mujeres marxistas les decimos que solo su unidad, la de los obreros y obreras, la de trabajadoras y trabajadores, llevará a su propia liberación como miembros de una misma clase, la clase obrera.

Y que Alejandra Kollontay nos señalara: “Cuando, en el futuro, el proletariado mundial emprenda la construcción del comunismo le será importante estudiar nuestros logros y advertir los cambios realizados en el curso de esta apresurada puesta en práctica de los fundamentos del socialismo. La experiencia de la construcción de nuevas formas de vida por parte de una clase obrera dueña de todo el poder debe ser plasmada, estudiada y utilizada” No da derecho a tergiversar la historia ni a desdeñar la gran lucha de las mujeres de la clase obrera a lo largo de la historia por su liberación sin despreciar al colectivo, incluido el hombre como individuo. Todo lo contrario. Alejandra nos dice que la experiencia debe ser plasmada, estudiada y utilizada pero no para desvirtuar su enseñanza ni manipular sus errores, justo lo que hacen aquellos que no han comprendido la dialéctica de la sociedad capitalista.

Es obligado que las mujeres obreras socialistas bajo el capitalismo continúen luchando entre otros por el aborto libre y gratuito, contra la institucionalidad del matrimonio, por el divorcio sin diferencias ni condiciones morales burguesas, por la educación laica sin prejuicios burgueses necesaria para todos, por su gratuidad y la de la salud mediante los servicios públicos y, contra cualquier abuso que sobre la mujer se ejerza incluido el chantaje que con los hijos se le pueda hacer, etc. Pero además, que reivindiquen en su lucha el derecho a un trabajo digno que permita a la mujer poder vivir sin tener que someterse a aquel o aquellos que conviven con ella en el hogar o fuera de él. Por un trabajo que la permita formase y educarse como trabajadora y como individuo social. Y, como socialistas, unir a estas luchas las experiencias de la revolución de 1917 y los fundamentos del marxismo-leninismo.

Las mujeres obreras y trabajadoras socialistas, defensoras del Marxismo (Marx y Engesl), no pueden llevar esta tarea solas sino que necesitan del apoyo de la clase, de aquellas mujeres que aún no están preparadas para sentirse como iguales ante el hombre y ante la sociedad; Necesitan el apoyo de esas mujeres a las que no les sirve el querer sino el poder hacerlo y admitir que la moral burguesa de la que todos estamos impregnados, esa moral, es la que la ciega e impide romper sus cadenas, lo mismo que ciega al hombre. Necesitan de aquellos hombres que están preparados para comprender que la mujer obrera y trabajadora no es propiedad privada, tampoco colectiva, sino un ser, un individuo independiente como él, forjado a vender su fuerza de trabajo, que siente las mismas necesidades y es capaz de elegir su propio futuro, como él. Por eso, es necesaria su unidad en la lucha. Forman parte de la misma clase.

Y por eso, porque hay que destruir esa moral burguesa que nos ciega, “los obreros deben luchar en los países burgueses para conseguir que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre” y las mujeres debemos hacer lo posible para que así sea.

Ya hemos señalado que desde el marxismo se analiza de forma dialéctica la evolución de los individuos, sean estos hombres o mujeres, como miembros que se relacionan entre si y en la sociedad, ya sea en el hogar familiar o en el trabajo social. De ahí que las mujeres socialistas siempre defendieron y defiendan todas aquellas luchas que permitan conquistar derechos y romper eslabones de la cadena que esclaviza a las mujeres (y no solo a éstas), por el avance, de la forma menos violenta posible bajo la “democracia burguesa”, hacia la propia liberación de las mujeres obreras. Así lo ha demostrado la historia incluyendo las conquistas realizadas en la II Republica y que tanto esfuerzo ha costado recuperar, conquistas no sólo vinculadas a su situación como mujer sino también como trabajadora. Y, sin renunciar a la necesaria revolución socialista a la que el propio imperialismo capitalista nos está lanzando en el desarrollo de sus contradicciones. Es necesario pues, que la unidad se dé bajo la organización de la clase obrera unida, hombres y mujeres, en el Partido Comunista.

Pero ante aquellas tareas y esta necesidad, ante la innegable historia de luchas y reivindicaciones de las mujeres socialistas -apoyando en numerosas ocasiones a la pequeña burguesía feminista-, el feminismo del siglo XXI, el feminismo autodenominado socialista, se apoya en las tesis feministas por la igualdad que afirman: “El feminismo ha puesto de manifiesto que la revolución social, si aspira realmente a serlo, no puede limitarse a transformar las relaciones entre las clases, sino que debe obligatoriamente romper con el actual sistema de relaciones entre sexos, a falta de la cual nunca podrá lograr la emancipación de la humanidad y la abolición de la opresión y explotación de unas personas sobre otras”.

Parece que solo consideren liberación de la mujer si ésta toma el poder frente al hombre, si deja de cocinar, planchar o fregar, si deja de ser “ama de casa” –no dejan claro quien realizara estas tareas, si pasaran a realizarse por el hombre, por el colectivo, o no se harán- mientras que liberarse por unas horas de las cadenas que la atan a la fabrica dándole al capitalista en lugar de 12, 8 horas, esta liberación no es nada, no significa nada poder tener tiempo para descansar, leer, o estar porqué no con la familia, con aquellos hijos e hijas, padres y madres, esposos o no, que la aman y la respetan.

La historia de las luchas de las mujeres, por supuesto obreras y trabajadoras, por jornadas de trabajo más cortas, por mejores condiciones de trabajo, por poder tener una maternidad digna o una educación para sus hijos, etc.…; La historia de lucha de las mujeres hacia las campesinas de la antigua Rusia para que se liberaran de las cadenas a la que la vida campesina de maltrato y humillación la sometían, de las mujeres revolucionarias de Latinoamérica, (México, Nicaragua, Cuba, Bolivia, Chile o Cuba, etc.…) de Africa (las mujeres saharauis por ser de las mas recientes), de Asia (contra el velo en Afganistán, Irán, Irak, etc…) o en Europa (por el aborto gratuito, trabajo digno o la compatibilidad familiar y laboral); esta historia, estos avances en la participación de la mujer por mejorar su condición en la sociedad no parecen ser para las feministas ninguna liberación sino “un error centenario” de las socialistas que lucharon por la supresión de la esclavitud de unos hombres por otros (sean machos o hembras), y por ende, por la supresión de la sumisión de la mujer al hombre en el hogar familiar. Las feministas no han comprendido que

“Una forma de relaciones sociales entre los hombres, sea la que sea, exige, para ser sólida, la existencia de causas económicas que en su época, han hecho nacer justamente esa forma de relaciones sociales y no otra.”

En realidad no han entendido qué revolución social defienden las obreras, las socialistas marxistas, las comunistas. De ahí que tergiversan el materialismo, la filosofía y la revolución socialista.

Las marxistas siempre defendieron que no se trata de “transformar las relaciones entre las clases”, sino de destruirlas, de destruir las clases sociales. Sólo destruyéndolas desaparecerán las diferencias entre individuos porque se habrán destruido las causas que las originaron y con ellas el “sistema” de relaciones sociales entre individuos y por ende, entre sexos.

No se pueden transformar las relaciones de sexo para transformar las relaciones de producción -eso es lo que nos enseño entre otras cosas la revolución de octubre-, sino al contrario. Si no se desarrollan las fuerzas productivas lo suficiente, si la mujer no adquiere en las mismas condiciones que el hombre la igualdad con respecto a su fuerza de trabajo -no sólo en el mayor número de mujeres incorporadas al trabajo social sino también en calidad, igual trabajo e igual salario, mismo tipo de trabajo y mismas tareas en el cuidado hogar familiar-, la moral no cambiara, no se trasformará en equivalencia entre los sexos.

Transformar las relaciones de clase supone su propia existencia, la existencia de las causas y por tanto la existencia de diferencias entre individuos. Por esta razón la abolición de la opresión y explotación de unas personas sobre otras no será posible sino con la destrucción de las clases sociales.

A través de la dialéctica y el materialismo histórico debemos descubrir a la mujer nueva que surge del propio capitalismo de la misma forma que había surgido la preponderancia del hombre con la división social del trabajo:

“Varía de un país a otro, ya que la pertenencia a tal o cual capa social le proporciona un estilo especial, y los rasgos psicológicos de la heroína, sus deseos, los fines de su vida pueden diferir de modo considerable. Pero por diversas que sean estas nuevas heroínas, hay en ellas algo en común, una especie de que nos permite distinguirlas de inmediato de las mujeres del pasado” .

Y aquí, muy a pesar de las feministas socialistas del siglo XXI, una mujer comunista, aún con los errores que pudiera cometer como socialista marxista (incluido Engels) y de los que nosotros no estamos exentos, habla en 1922 de esa raza de mujeres que el capitalismo ha creado y continua creando mientras las somete a su yugo directa e indirectamente; habla de que solo con la liberación de la esclavitud que representa el trabajo asalariado y la propiedad privada, podrán liberarse del yugo que supone la existencia del patriarcado desarrollado por el capitalismo hasta su expresión más violenta.

Para ello debemos los marxistas y socialistas, los comunistas, decir a la clase obrera cómo se comportan una y otra clase.

Ésta es la tarea de las mujeres defensoras del socialismo:

Mostrar al resto de la clase obrera, a los trabajadores en general -hombre o mujer- cómo, con la división de la sociedad en clases, se ponen de manifiesto dos claros intereses bien diferenciados: los intereses de los opresores y los intereses de los oprimidos.

Explicarles cómo el capitalismo hace posible que en ambas clases existan individuos hombres que se diferencian en entre sí porque unos tienen la propiedad de los medios de producción y de lo producido mientras que los otros solo son propietarios de la fuerza de trabajo que deben vender para poder acceder a lo que ellos mismos producen e incluso a lo que la naturaleza les proporciona; y también que en ambas clases existen mujeres.

Mostrarles cómo las mujeres se diferencian entre sí porque unas unen al trabajo privado del hogar la propiedad privada de las riquezas del hombre (la propiedad privada de éste) siendo ellas las encargadas -respetando el modelo de familia burgués- de dar hijos que sepan mantener en propiedad la riqueza del aquel (aunque hoy podemos decir que esto ya ha cambiado y asume el poder como mujer capitalista), mientras que las otras solo cuentan con su propia fuerza de trabajo y como única riqueza familiar, la fuerza de trabajo del obrero, herencia que dejaran a sus hijos. Y que por eso solo les queda ser reproductoras, criando sin pretenderlo más fuerza de trabajo, y vender la suya propia.

Y, junto a esto, hacerles observar como los llamados “servicios” para las feministas, ese trabajo que hace la mujer como cocinar, planchar, asear, criar a los hijos y cuidar de la familia,… -suponemos que en su propio hogar y no en la de otra familia porque, si no, sería trabajo asalariado- solo pueden (y van dejando de ser) exclusivos de ella en la medida en que se desarrollan los medios de producción y aumentan las fuerzas productivas* . Es decir, el capitalismo necesita la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, primero para abaratar su valor y segundo para crear la competitividad suficiente para desarrollar los medios de producción. Pasa de ser explotada en el hogar a serlo en la sociedad, pero ambas explotaciones van de la mano en tanto que la contradicción existente entre ellas no salte por los aires con la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, de las relaciones de producción capitalistas.

Hay que descubrirles cómo, de un lado, se socializa el trabajo del hogar puesto que obliga al hombre y al resto de la familia a realizar las tareas que antes realizaba solo ella. Y cómo, de otro, se socializa el trabajo en la sociedad porque ella se incorpora al trabajo que solo antes él realizaba. Y este hecho, junto a las contradicciones que se derivan de este proceso, es el que las mujeres socialistas deben saber ver y explicar. Solo así, se podrá entender cómo el patriarcado, expresión de poder de la moral burguesa, al contrario de lo que manifiestan las teorías feministas, desaparecerá con la socialización de los medios de producción y la desaparición de la propiedad privada.

No hay nada que indique que el patriarcado genere esta socialización y por tanto igualdad. Al contrario, el patriarcado refuerza la propiedad privada y lo hace a través de su imposición sobre los comportamientos que en la sociedad tienen los individuos.

Las feministas se agarran al materialismo histórico que reconoce la existencia de clases en apoyo de sus intereses contra el patriarcado, pero no dudan en tergiversarlo para equiparar la lucha de las feministas pequeño burguesas y burguesas -que siempre contó con el apoyo de las mujeres socialistas defensoras de la clase obrera- y, las luchas de las obreras contra la esclavitud asalariada (reivindicación de mejores salarios, reducción de jornadas, mejoras de salubridad, etc.…), lucha que nunca contó con el total apoyo de aquellas otras al chocar sus intereses con los de las mujeres obreras.

Y, dejando atrás las luchas de las feministas del siglo XIX, siguiendo la estela de las feministas de la década del eurocomunismo traidor a la clase obrera del Siglo XX, aparece el autodenominado feminismo socialista del siglo XXI: “Cuando la feminista socialista H. Hartmann afirmó en 1979 que las categorías marxistas son ciegas al sexo, puso el dedo en la llaga de los errores centenarios sobre los que se ha levantado dolorosamente la lucha por la liberación de las mujeres, lo mismo en la tradición burguesa que en la tradición marxista, sea socialdemócrata o revolucionaria”

Los marxistas, los verdaderos socialistas, los comunistas, nunca olvidaron el estado de opresión de la mujer. Pero dejaremos que la experiencia socialista revolucionaria, a través de las palabras de Lenin, quite la venda a los ciegos:

“Naturalmente no bastan las leyes, y nosotros no nos contentamos de ningún modo con decretos nada más…. Pero afirmamos que naturalmente esto es el comienzo… Al tener que dedicarse a los quehaceres de la casa la mujer aún vive coartada… Todas vosotras sabéis que, aun con la plena igualdad de derechos, subsiste de hecho esta situación de ahogo en que vive la mujer, ya que sobre ella pesan todos los quehaceres del hogar que son, en la mayoría de los casos, los más improductivos, más bárbaros y más penosos de cuantos realiza la mujer. Este trabajo es extraordinariamente mezquino, no contiene nada que contribuya de algún modo al progreso de la mujer… pero la propia edificación de la sociedad socialista no comenzará sino cuando nosotros, una vez conseguida la plena igualdad de la mujer, emprendamos la nueva tarea junto con la mujer liberada de este trabajo menudo, embrutecedor e improductivo. A este respecto tenemos labor para muchos, muchos años.”

No parece que las feministas socialistas procedentes del marxismo recuerden la historia de los verdaderos marxistas. Habría que señalarles que ello es tan importante como no caer en la ceguera.

No en vano, tras la revolución obrera de 1917 y con el poder en manos la clase obrera, reflexionaba:

“En Rusia, no existe nada tan vil, infame y canallesco como la falta de derechos o la desigualdad jurídica de la mujer, supervivencia indignante de la servidumbre y la Edad Media, que la burguesía egoísta… retoca en todos los países del globo sin excepción alguna”

Ni siquiera Alejandra Kollontay que defendió la igualdad ante la ley y la vida de las mujeres en general, renegó jamás de los principios socialistas de la revolución de 1917: “Por grande que sea el numero de errores cometidos, nuestra experiencia revolucionaria es la más audaz experiencia de construcción de la vida, de intento de organizar la voluntad, que ha podido experimentar una colectividad humana a la hora de dominar las ciegas leyes de la economía (…) La mutación provocada por la revolución de Octubre se ha reflejado ante todo en la mentalidad, en la manera de encarar la vida por parte del proletariado mismo (…) ¿Qué nos enseña la experiencia, en lo referente al cambio de costumbres, en el curso de los primeros años de la revolución de Octubre? Tal experiencia nos ha confirmado, en primer lugar, que la situación la mujer en la sociedad, sus relaciones con la familia y sus derechos en el matrimonio venían enteramente determinados por su papel en la producción y por el grado de su participación en el trabajo productivo tendente a enriquecer la economía nacional y a mejorar la organización de la vida social. El trabajo es la medida de la situación de la mujer: el trabajo asalariado, bajo el capitalismo y la economía familiar individualista, la esclavizaba, mientras que el trabajo en bien de la colectividad, de la sociedad, al tiempo que desarrolla todas las formas de producción y consumo socialistas, las libera. Por otra parte, la construcción de nuevas formas productivas y de vida cotidiana ha demostrado que la familia estaba a punto de sufrir una profunda evolución, que los lazos familiares se debilitaban, que el matrimonio se convertía en un fenómeno provisional (y ya nunca en sacramento indisoluble) y que la maternidad transformábase en una función social (…)”

Y las feministas de izquierda, en lugar de estudiar y analizar, bajo la perspectiva de la teoría del proletariado, las circunstancias del capitalismo y de la gran experiencia de la revolución socialista para la clase obrera -en lo concreto, para la mujer-, se limitan a decir que las “tesis socialistas” son un error.

El error es decirse marxista y añadir después que “la potencia del análisis de clase es tan fuerte que eclipsó el desarrollo teórico de las relación entre los sexos, y la cuestión femenina se calzó dentro de la clase para que el esquema fuera perfecto” , obviando que las mujeres bajo el sistema capitalista de producción, al vender su fuerza de trabajo, se ven obligadas a calzar dentro de la clase su lucha porque va irremediablemente ligada a la de la clase obrera. Pero desmentir que las tesis socialistas son un error corresponde precisamente a las mujeres socialistas, a las marxistas.

Eso sí, las feministas, ni unas ni otras, sitúan nunca con claridad –cuando llaman a las mujeres obreras a apelar por los derechos de todas las mujeres- la relación entre mujeres que emplean a otras por salarios no tan dignos, exigiéndoles realizar tareas que ellas nunca harían, pidiéndoles que cuiden de sus hijos, etc., para poder ellas incorporarse al mercado laboral exigiendo igualdad; ni la relación de la burguesa o pequeño burguesa con la mujer empleada a su cargo que tiene que organizarse la vida para buscar con quien dejar a su hijos, realizar los cuidados de su propio hogar, etc., sin tiempo que dedicar a la lucha por la igualdad, ni siquiera con tiempo para si mismas; ni critican a las mujeres burguesas que, con todo el tiempo para sí mismas, asumen la igualdad con el hombre, pero siempre defendiendo los intereses de la moral burguesa por el bien de la perpetuidad del poder económico.

Utilizando la expresión que parece gustar a las feministas, “obviamente” el conflicto entre marxismo y feminismo solo ha existido desde que el feminismo es incapaz de asimilar que la verdadera liberación de la mujer sólo puede darse desde la organización marxista-leninista, desde las posiciones del materialismo histórico defendido por Engels. Ese conflicto es burgués porque la mujer obrera sabe que no es malo cuidar del hombre y los hijos, como tampoco lo es al contrario, sino estar sometida a ellos y a la inversa. Solo quienes apuestan por sus propios intereses, anteponiéndolos al interés de las mujeres obreras, sitúan ese conflicto dividiendo a la clase obrera.

POR TODO ELLO LAS MUJERES SOCIALISTAS, LAS MUJERES MARXISTAS Y COMUNISTAS, DEBEMOS SER CONCIENTES DE:

- El verdadero problema de la mujer del siglo XXI es que sigue esclavizada directa e indirectamente por el capitalismo cuyas relaciones sociales resultantes de su modo de producción, imponen el sometimiento de la mujer al hombre no sólo en la sociedad sino también en la unidad familiar. Por eso, su lucha principal deber ser contra el sistema capitalista de producción: por el poder de la clase obrera y contra la moral burguesa, por la sociedad socialista y la moral proletaria con la que conquistará la igualdad como individuo ante la ley y la vida, por el comunismo.

- La organización política de la clase obrera no debe asumir el feminismo socialista que divide a mujeres y hombres en la lucha por la conquista del poder para la clase obrera, sino la concepción marxista “de inculcar a los obreros (se incluye obviamente a las mujeres) la más clara conciencia del antagonismo hostil que existe entre burguesía y proletariado, a fin de que los obreros … sepan convertir de inmediato las condiciones sociales y políticas que forzosamente ha de traer consigo la dominación burguesa en otras tantas armas contra la burguesía, a fin de que, tan pronto sean derrocadas las clases reaccionarias …, comience inmediatamente la lucha contra la misma burguesía”

- Las tesis socialistas se centran y deben centrarse no solo en las mujeres en general, sino en las mujeres obreras, en la clase obrera. Debe ser así para fortalecer su organización y desarrollo en la lucha que han de llevar a cabo para su propia liberación del capitalismo y de la moral burguesa que somete a la mujer al hombre y ambos al capital.

- Desde las filas de los socialistas marxistas y leninistas, debe subrayarse la necesidad de agrupar a la clase obrera y, con ella, a las mujeres obreras en su organización, la organización que le corresponde por derecho y que es el Partido Comunista, como instrumento para lograr el poder de la clase y establecer el Estado que ayude a la total liberación de la mujer obrera y de su clase.

¡Por la unidad de la clase obrera!

¡Por la lucha común de mujeres y hombres obreros y trabajadores

contra la moral burguesa!

¡Por el Partido Comunista!


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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