Unión Proletaria

El PCE(m-l) y la unidad de los comunistas

Lunes 12 de septiembre de 2011


Hace ahora cinco años, cuando Unión Proletaria anunció públicamente que se proponía corregir su anterior enfoque sectario y que en lo sucesivo lucharía por la unidad de los comunistas, nos tendió la mano el Partido Comunista de España (marxista-leninista). Acogimos con sincera voluntad unitaria este ofrecimiento de relaciones y, durante tres años, desarrollamos con esta organización la unidad de acción y la discusión enfilada a definir los principios que nos permitieran compartir militancia en un mismo partido. Coordinamos nuestras fuerzas en el movimiento republicano y en el sindical, publicamos varias hojas agitativas conjuntas y acordamos unas posiciones ideológico-políticas.

En el “Comunicado conjunto” de 22 de julio de 2008, compartíamos la opinión de que nos hallamos ante una ofensiva del imperialismo contra los trabajadores y los pueblos, agravada por su crisis económica. Nos solidarizábamos con las luchas antiimperialistas de los pueblos, incluidas aquéllas con “elementos socialistas”. Situábamos el origen de esta situación contrarrevolucionaria en el viraje revisionista de los años 50 en la URSS y su aceleración a partir del derrumbe de este Estado en los años 90. Reconocíamos que algunos países socialistas han restaurado plenamente el capitalismo y que “otros conservan elementos de socialismo”. Nos comprometíamos a combatir la influencia burguesa sobre el proletariado y a apoyar a todas las fuerzas que luchan por el socialismo, la democracia, la paz y la soberanía nacional frente al imperialismo y a la reacción. Acordábamos impulsar el debate entre las fuerzas comunistas enfilado a orientar y a organizar las luchas hacia la revolución. En este sentido, destacábamos la importancia de la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxistas-Leninistas (CIPOML) como “centro internacional de agrupamiento de fuerzas marxistas-leninistas… en el camino hacia la reconstrucción de la Internacional Comunista”, junto a otras iniciativas como el Seminario Comunista Internacional de Bruselas.

Para España, conveníamos que era necesario trabajar por la unidad popular contra la oligarquía y su monarquía, y a favor de la democracia y de una III República como “marco político más favorable” para el combate por el socialismo. Reivindicábamos el programa clásico de nacionalización de la banca y demás monopolios, salida de la OTAN y de la UE, reconocimiento del derecho de autodeterminación nacional, etc. Para avanzar en esta dirección, veíamos imprescindible combatir el reformismo y el radicalismo sectario.

Pero también subrayábamos que la clase obrera es la única clase social revolucionaria, que sólo ella puede emancipar al resto del pueblo oprimido y que los comunistas debíamos trabajar, sobre todo, por dotar nuevamente a la clase obrera de un “Partido Comunista Único”, revolucionario, marxista-leninista, que mantuviera “su plena independencia política y sus objetivos estratégicos”, dentro del movimiento popular. Para ello, reconocíamos que ese partido debe fomentar “la formación y el estudio del marxismo-leninismo” y “guiarse por el centralismo democrático”. En cuanto a la unidad de los comunistas necesaria para construirlo, la entendíamos no “como un acto formal y burocrático, sino como la culminación de un proceso de debate intenso y abierto en el que se aborden de forma clara las cuestiones ideológicas, organizativas y política comunes y que se fundamente en el libre desenvolvimiento de la crítica y de la autocrítica”.

También suscribimos conjuntamente, el 25 de noviembre de 2007, los “Diez Compromisos de los comunistas españoles” de: 1º) defender el marxismo-leninismo; 2º) defender la historia revolucionaria; 3º) debatir las diferencias de manera autocrítica y con el ánimo de superar las divisiones; 4º) aspirar a la reconstitución del Partido Comunista a través de la unidad de los marxistas-leninistas; 5º) trabajar entre las masas con firmeza en los principios y flexibilidad en la táctica; 6º) priorizar la política en la acción de masas y la construcción del Partido Comunista y de su unidad; 7º) formar a los militantes comunistas en la teoría marxista-leninista y llevarla a las masas para desarrollar su conciencia revolucionaria; 8º) luchar contra todo tipo de revisionismo; 9º) defender el internacionalismo proletario, la revolución mundial y la unidad del movimiento comunista internacional; 10º) desarrollar la unidad de acción y de la discusión entre los marxistas-leninistas con el objetivo de la unidad comunista y la reconstitución del PC.

Además de estos acuerdos, Unión Proletaria siempre ha reconocido los importantes méritos históricos del PCE(m-l), por ser la primera organización que se enfrentó al revisionismo carrillista que se había adueñado del PCE, por participar en el sector del movimiento comunista internacional que combatió al revisionismo jruschovista y por oponerse a la reforma monárquica del franquismo.

Sin embargo, los méritos y posiciones comunes hasta aquí señalados no han resultado suficientes para vencer a la contrarrevolución burguesa internacional e impedir la liquidación revisionista del Partido Comunista en España. Concretamente, la Albania antirrevisionista de Hoxha, en la que el PCE (m-l) se apoyó, sucumbió al igual que la URSS revisionista y, en cuanto al PCE(m-l), no supo convertirse en vanguardia dirigente del proletariado español y fue incluso destruido desde dentro, desapareciendo de la escena política durante 15 años.

Y eso no es todo: la contrarrevolución mundial ha modificado tanto la correlación de fuerzas de clase que algunos aciertos se han vuelto errores y viceversa. Como advierte Engels: “La verdad y el error, como todas las determinaciones del pensamiento que son opuestas radicalmente, no tienen valor absoluto, sino en muy estrechos límites,… Cuando transportamos, fuera de este limitado orden circunscripto, la antítesis de verdad y error, ésta se hace relativa y no puede utilizarse en el lenguaje riguroso de la ciencia, y si tratamos de aplicarla fuera de ese orden, dándole un valor absoluto, nuestro fracaso es completo, pues los dos polos de la antítesis se convierten en sus contrarios: la verdad deviene error, y el error, verdad” (Anti-Dühring, pág. 101)

Sigue estando ciertamente a la orden del día la oposición entre el capitalismo y el socialismo, pero la fortaleza relativa de ambos contendientes ha cambiado desde que se inició el reflujo revolucionario. Por eso, mientras que, hace 50 años, la preservación de la “pureza” marxista-leninista del partido justificaba la escisión del mismo, hoy en día, la recuperación de aquella pureza exige avanzar en la reunificación del partido, de sus destacamentos tal como se presentan hoy. La historia del movimiento obrero y comunista abunda en semejantes cambios de táctica necesarios para seguir luchando por los mismos fines: si en los años 60 del siglo XIX, Marx y Engels propugnaban la unidad de todas las tendencias socialistas de entonces en un único partido político (la AIT o Primera Internacional), a finales de los años 70 exigían la depuración del Partido Socialdemócrata Alemán de las tendencias oportunistas que intentaban desviarlo de sus objetivos; ya en el siglo XX, mientras los primeros Congresos de la Internacional Comunista exigían la ruptura con los partidos socialdemócratas, el VII Congreso sostenía la posibilidad y necesidad de la reunificación de los comunistas y los socialistas en determinadas condiciones; etc. Todo depende de la situación de flujo o de reflujo que viva la revolución proletaria y de la táctica ofensiva o defensiva del enemigo de clase.

A la vez que nos poníamos de acuerdo con el PCE(m-l) sobre las tesis políticas aún vigentes, fuimos descubriendo aquellas otras que no compartíamos y que debíamos debatir con esta organización. Algunas discrepancias parecían secundarias porque nos enfrentaban a tesis que eran parcialmente correctas, aunque unilaterales. En particular, estaba: 1) el afán continuo de algunos de sus dirigentes por desmarcarse de otras organizaciones, lo que nos traía a la memoria el sectarismo que habíamos sufrido en nuestra organización hace algunos años; 2) el tratamiento sesgado hacia los reformistas y los “izquierdistas” que acababa justificando a los primeros en detrimento de los segundos, para poder estar con las masas; 3) la falta de explicación sobre la desaparición de la Albania socialista y del PCE(m-l), mientras mantenían las viejas “excomuniones” dictadas por éstos contra los restantes destacamentos del movimiento comunista internacional; 4) la resistencia a debatir con nosotros en presencia de sus militantes. A pesar de estos desacuerdos, pensábamos que eran prisioneros de ideas preconcebidas que se corregirían poco a poco con la militancia común, para la cual entendíamos que no era imprescindible una identidad total en estas y en otras cuestiones.

Pero había otras diferencias que afectaban a las tareas inmediatas y que deberíamos resolver antes de la unificación o, al menos, acordar una posición provisional que diera cabida a los dos puntos de vista diferentes, a la espera de poder resolverlas después de la unión. Estas discrepancias podían agruparse en tres cuestiones: 1º) la de la relación entre la lucha por la república y la lucha por el socialismo, 2º) la de los países socialistas, y 3º) la de la unidad de los comunistas y el funcionamiento del Partido Comunista.

A propuesta nuestra, se aceptó tratar estas cuestiones mediante un debate en el que cada parte presentara su posición con antelación y en el que participara, no una delegación mínima, sino un número relativamente amplio de cuadros de ambas organizaciones, a fin de hallar la solución racional suficientemente argumentada y matizada a nuestras divergencias. A medida que se acercaba el momento previsto para noviembre de 2009, los dirigentes del PCE(m-l) nos manifestaron su desconfianza hacia nuestras intenciones, como si éstas consistieran en provocar la confrontación o la ruptura en sus filas. Unión Proletaria aspira sincera y profundamente a la unidad de todos los destacamentos organizados marxistas-leninistas, PCE(m-l) incluido, a pesar de las diferencias de interpretación de nuestra teoría revolucionaria, las cuales han de tratarse mediante el centralismo democrático en el seno del partido común. Así se lo dijimos y la preparación del Encuentro de Cuadros para el debate prosiguió hasta que entregamos nuestras ponencias.

Entonces, los dirigentes del PCE(m-l) nos manifestaron que anulaban el Encuentro porque nuestras posiciones eran irreconciliables con las suyas y el proceso de unidad entre ambas organizaciones no estaba lo suficientemente maduro. Sin embargo, no se justificaba esta reacción negativa a las ponencias que habíamos presentado, ya que nuestra política general y, en particular, nuestra propuesta de unidad de los comunistas eran conocidas de sobra y desde hacía bastante tiempo por ellos: seis meses antes, habíamos editado ya el primer número del “Boletín por la Unidad de los Comunistas” y, un año antes de eso, habían publicado en el número 2 de su revista política Teoría y Práctica nuestro artículo “La unidad de los comunistas en las condiciones presentes”, que ya contenía lo esencial de dicha propuesta. Siempre hemos sido leales con ellos y nunca hemos intentado engañarles sobre nuestras verdaderas opiniones. Y siempre hemos estado dispuestos a cambiar nuestros puntos de vista si se nos convence con argumentos. Entonces, ¿por qué anticipar que nuestras posiciones respectivas no pueden conciliarse? Es más, ¿por qué no intentar conciliarlas, llegar a una posición única, mediante la discusión racional?

Volvimos a proponerles la alternativa de debatir por escrito nuestras divergencias y, en las siguientes semanas, publicaron en su página web y en su periódico Octubre, los artículos “Contra la concepción burocrática de la unidad de los comunistas” y “Sobre la formación de los comunistas y la deformación revisionista”. Sabíamos, por su contenido y porque nos lo dijeron en la última reunión formal que tuvimos con ellos a finales de 2009, que eran una crítica de algunas posiciones de Unión Proletaria, aunque no mencionaban a nuestra organización en ellos. A partir de ese momento, les respondimos por escrito y les hemos pedido retomar la discusión en tres misivas sucesivas, la última de ellas en forma de carta abierta a su II Congreso. De ésta no se dieron por enterados y, de las cartas anteriores, sólo hemos podido sacar en claro que se han sentido ofendidos por nuestro tono y por nuestras relaciones con el Colectivo Comunista 27 de Septiembre, cuyos miembros compartieron militancia con ellos y fueron expulsados de sus filas.

Las ponencias del PCE(m-l) al Encuentro de Cuadros (que debían ser tres, pero sólo entregaron dos, faltando la relativa a su concepción del partido y de la unidad de los comunistas), los dos escritos polémicos que hemos mencionado y el Informe de su Comité Central de enero pasado ponen de manifiesto una evolución negativa: la búsqueda de la unidad ha sido sustituida por el desmarque y la confrontación con nuestros puntos de vista, aun a costa de tergiversarlos y de presentarse como defensores de la lucha ideológica cuando la han rehuido con respecto a nosotros.

Al intentar clarificar y resolver de manera privada nuestras discrepancias con el PCE(m-l), no hemos conseguido ningún progreso de parte de sus dirigentes y, a cambio, los comunistas españoles no han podido conocer los términos concretos del debate ideológico-político que tuvimos con ellos. Además, el paso del tiempo sin informaciones explícitas del proceso –casi tres años desde la publicación de nuestros acuerdos- ha perjudicado el interés y la esperanza de los comunistas en la unidad de su partido. Por eso, ya no debemos seguir esperando y vamos a dar cuenta pública de los motivos por los que los dirigentes del PCE(m-l) rechazan la unidad de los comunistas y obstaculizan el proceso de reconstitución del Partido Comunista en España. Quizás así recapaciten y, si no, nuestra crítica podrá servir para que otros comunistas que demandan firmeza de principios no confundan esto con el sectarismo dogmático y se unan a la construcción del partido revolucionario de la clase obrera.

La relación entre la lucha por la república y la lucha por el socialismo

En la ponencia que el PCE(m-l) presentó al Encuentro “Sobre la Unidad Popular: la lucha por la República y el Socialismo”, se daba un paso atrás con relación a las conversaciones mantenidas entre nuestras delegaciones. En éstas, sus representantes nos confesaban que, a la vez que Unión Proletaria había aprendido del PCE(m-l) a apreciar la importancia de la lucha por la república, ellos habían avanzado en la comprensión de que ésta se enmarcaba dentro del combate por la revolución socialista como único objetivo estratégico pendiente. En la ponencia, en cambio, se decantaban por trasladar mecánicamente la estrategia bolchevique de revolución en dos etapas –necesaria para la Rusia semi-feudal-, a la España imperialista de hoy. Con ello, despreciaban los elementos de análisis de la formación social imperialista española que hemos aportado y proclamaban que la revolución pendiente hacia la que debemos concentrar nuestros esfuerzos no tiene carácter socialista proletario, sino democrático (aunque no ya burgués, matiz que carece de justificación desde el punto de vista marxista, puesto que elude la caracterización de clase de esa revolución). Se pronunciaban explícitamente por “la conquista de la democracia, primero, y del Socialismo, después”.

No nos cabe la menor duda de que el objetivo de una república es más fácilmente comprensible por amplias masas que el de una revolución socialista. Y es verdad que tenemos que ganar masas para que nuestro revolucionarismo sea real y no meramente verbal. Pero los materialistas no podemos conformarnos con constatar el estado de conciencia de las grandes masas (1). El remedio a prescribir no debe derivar única ni principalmente del síntoma de que la conciencia de las masas del movimiento obrero ha retrocedido gravemente hasta posiciones burguesas. Sería como pretender curar un cáncer con analgésicos. No debemos definir los objetivos del movimiento obrero “por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción” (2). En consecuencia, nuestros objetivos deben fijarse según lo que es objetiva y materialmente necesario; y, a partir de ahí, trabajar por que las masas asuman estos objetivos.

España ya no es la sociedad semi-feudal a la que se enfrentó la II República. El régimen fascista de Franco completó su desarrollo capitalista convirtiéndola en un país imperialista. Si es más débil que otros, es porque se retrasó y por otros motivos que no afectan para nada al resultado. Si presenta ciertos rasgos reaccionarios es porque es ésa la naturaleza de la etapa imperialista del capitalismo y, si tales rasgos son más pronunciados o visibles que en otros países, se debe al camino que siguió para alcanzar dicha etapa, pero eso no cambia la naturaleza imperialista de España y, en todo caso, nos proporciona ventajas a la hora de criticar a la burguesía y de justificar la lucha por el socialismo. Ni siquiera en España, el fascismo ha sido una política feudal o pre-capitalista, sino “la dictadura terrorista declarada de los elementos más reaccionarios, más nacionalistas, más imperialistas del capital financiero” (3).

Hablar de revolución democrática es desviar a la clase obrera y al pueblo de lo que es posible, es sustituir el presente por el pasado, es proponer objetivos ya superados, es atribuir el papel revolucionario principal a la burguesía (como en la Francia de 1789) o a la pequeña burguesía (como en las revoluciones democráticas de Rusia, China, etc., que, al triunfar, continuaron como revoluciones socialistas), cosa bastante extraña en un partido que presume de ortodoxia marxista-leninista. Pero el capitalismo plenamente desarrollado que tenemos en España, “el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa para el socialismo, su antesala, un peldaño de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo, no hay ningún peldaño intermedio” (4). Por eso, no hay revolución posible que no sea socialista, ni puede realizarla otra clase que no sea la de los trabajadores asalariados. El resto de las clases trabajadoras y populares participará en esta revolución, de alguna manera y en algunos períodos, pero sólo los intereses de la clase obrera se corresponden enteramente con el contenido de la revolución socialista.

La necesidad de la revolución democrático-burguesa en la Rusia zarista se desprendía de unas fuerzas productivas escasas y desperdigadas, de unas relaciones de producción todavía no capitalistas para la mayoría de la población, de la existencia de un campesinado que encarnaba el progreso democrático-burgués pendiente y de un mercado nacional todavía en formación. Hoy, en España, todo esto está sobradamente superado. La conciencia burguesa de la población no expresa una posición progresista frente a la clase dominante, sino precisamente el hecho de ésta no es otra que la burguesía. No habrá progreso social si no cambiamos la conciencia de las masas obreras y sólo lograremos cambiarla si, además de apoyar sus reivindicaciones frente a la burguesía, criticamos la conciencia burguesa que las limita, partiendo de sus verdaderos intereses de clase y explicando la necesidad inmediata de la revolución socialista.

Pero los dirigentes del PCE(m-l) van todavía más lejos cuando propugnan la república como paso primero e ineludible para poder llegar al socialismo, y, en razón de ello, posponen la educación socialista del proletariado. En lugar de presentar la república como “la última forma de la dominación burguesa, aquella que se parte en pedazos” (5), la Plataforma de Ciudadanos por la República –creada por ellos varios años antes de reconstituir su partido (lo que delata sus prioridades políticas)- la caracteriza de forma idílica y acrítica con la divisa engañosa de la burguesía francesa: “libertad, igualdad y fraternidad”. En ellos, la lucha del pueblo contra la oligarquía y por la república (popular) eclipsa la lucha del proletariado contra la burguesía y por el socialismo. Sólo la reciente crisis económica, tan manifiestamente causada por la naturaleza misma del capitalismo, les ha obligado a incorporar el socialismo a su discurso político doméstico, aunque enseguida matizan que, en España, la crisis es peor por el régimen monárquico de la oligarquía. ¿Acaso no hay oligarquía financiera e incluso monarquías en otros países imperialistas? La oligarquía financiera es una parte de la burguesía: su fracción dominante como resultado necesario del desarrollo del régimen burgués (6). ¿O es que se pretende que la oligarquía española es otra cosa?

Los bolcheviques sí que tenían justificación para concebir la revolución rusa en dos etapas y, sin embargo, en ningún momento dejaban de defender la independencia de la clase obrera respecto de la masa pequeñoburguesa del pueblo y de “exponer ante todos sus convicciones socialistas” (7).

Puede que la dirección del PCE(m-l) utilice a la ligera y peligrosamente la expresión “revolución democrática” para referirse a la táctica de lucha por el socialismo. Dimitrov recordaba en el VII Congreso de la Internacional Comunista la exhortación de Lenin para “buscar una fórmula de transición y aproximación a la revolución proletaria”. Pero, criticaba a los oportunistas de derecha que “intentan con ayuda de esta consigna crear ‘una fase intermedia democrática’, especial entre la dictadura de la burguesía y la del proletariado”. Por eso, al reivindicar la formación de un gobierno de frente único antifascista, advertía al mismo tiempo que “nosotros decimos con franqueza a las masas: Este gobierno no puede proporcionar la salvación definitiva. No es capaz de derrumbar el dominio de clase de los explotadores, y por esta causa no puede apartar tampoco definitivamente el peligro de la contrarrevolución fascista. Por lo tanto, hay necesidad de prepararse para la revolución socialista. Solamente el poder soviético, y nada más que él, proporcionará la salvación”. La dirección del PCE(m-l) prescinde de esta advertencia y contribuye así, puede que involuntariamente, a idealizar la república. Y lo grave de esta propaganda es que germina en la conciencia burguesa dominante para alimentar la creencia falsa de que basta un cambio de forma en el Poder político, cuando realmente se necesita cambiar la clase social que lo ejerce (con la meta de abolir las clases y, gracias a ello, todo Poder político de una parte de la sociedad sobre la otra, incluida la república, para que así y sólo así pueda haber “libertad, igualdad y fraternidad”).

Un ejemplo reciente es el posicionamiento de la dirección del PCE(m-l) ante el movimiento democrático del 15-M, al cual no se dirige explicándole el carácter de clase de toda democracia y la necesidad del socialismo proletario como única alternativa. En lugar de esto, arremete contra el actual “vacío democrático”, reivindica una “democracia real, republicana, popular” y da rienda suelta al espontaneísmo: “lo demás llegará; demos tiempo al tiempo; permitamos que la ciudadanía viva su propia experiencia. (…) si seguimos ligados a la gente, se irá aprendiendo conforme el enemigo responda” (8). Eso será si nos ligamos a la gente aportándole la conciencia socialista que no pueden elaborar independientemente. Pero no será así si nos confundimos con ellos y su conciencia democrática, es decir, burguesa, y nos limitamos a acompañar a las masas en su movimiento espontáneo.

En realidad, el advenimiento de una república democrática en España sólo podrá ser un subproducto de la lucha de la clase obrera por el socialismo, una concesión de la burguesía para aplacar el movimiento revolucionario. La monarquía constitucional es, como decía Engels (9), la forma de Estado que la burguesía prefiere cuando ha visto las orejas al lobo de la revolución proletaria, como le ocurrió a la española en los años 30. Sólo renunciará a la monarquía constitucional si le obliga a ello el ascenso de la revolución proletaria y lo hará precisamente como concesión para evitar o retrasar la victoria de ésta (los comunistas, al contrario, aprovecharemos esta concesión para precipitar el triunfo del proletariado (10)). Por eso, la suerte de la república depende absolutamente del desarrollo de un fuerte movimiento obrero socialista. Y, por eso, es particularmente grave que la dirección del PCE(m-l) lo apueste todo a una ilusoria revolución democrática, cuando afirma: “Las medidas de la revolución democrática se unen sin solución de continuidad a las medidas dirigidas a la construcción del socialismo”. Es precisamente al revés: la revolución proletaria pasará sin solución de continuidad de las medidas democráticas antimonopolistas y antiimperialistas a la construcción del socialismo.

Además de ser insostenible desde el punto de vista teórico y lógico, la causa de la revolución democrática o de la “ruptura democrática” en sociedades de capitalismo senil ha fracasado suficientemente en la práctica como para desecharla. En España, los marxistas-leninistas suelen reprochar a la dirección del PCE que traicionara los anhelos democráticos y republicanos de las crecientes masas antifranquistas. Pero, pudo cometer esta traición tan elemental porque la clase obrera no estaba movilizada en pro del socialismo. Su perspectiva política se hallaba constreñida entre el reformismo socialdemócrata-carrillista y el dogmatismo dominante entre los comunistas, el cual se aferraba a los viejos objetivos políticos superados por el desarrollo objetivo-material de España (11). Así las cosas, a la oligarquía financiera le resultó barato salir de la crisis social de su forma fascista de dominación. Tal es el fundamento de los pactos sociales que, desde entonces, se vienen sucediendo: las negociaciones son necesariamente a la baja desde el momento en que se trata del grado de democracia burguesa y de explotación capitalista, y no de qué clase social ha de ejercer la democracia y la posesión de los medios de producción.

En Portugal y en Grecia, los partidos comunistas sufrieron menos la influencia del revisionismo reformista y arrancaron mayores concesiones a la gran burguesía de sus países. No obstante, a consecuencia de esta influencia, también relegaron la lucha por el socialismo para propugnar etapas intermedias democráticas. La burguesía portuguesa y griega aprovechó esta debilidad para que las repúblicas sucesoras de los regímenes fascistas hayan acabado siendo, “sin solución de continuidad”, tan imperialistas, tan oligárquicas y tan reaccionarias como la monarquía constitucional española. Así lo atestigua la unidad política de todas ellas en el marco de la OTAN y de la Unión Europea.

¿Por qué la dirección del PCE(m-l) desconfía tanto de la capacidad de la clase obrera de luchar por el socialismo? ¿Por qué se empeña en un camino que, no solo pospone el combate por la revolución socialista, sino que, por eso mismo, lleva a la derrota la lucha por reformas democráticas y la lucha por la república? ¿Por qué sostiene que “las condiciones para avanzar en la unidad popular están dadas desde hace tiempo”, cuando, acto seguido, sostiene que “son fuerzas que se dicen del campo comunista las que, con su actitud reformista, sectaria, ultra izquierdista u oportunista, dificultan la unidad”? ¿Acaso a estas alturas el pueblo progresar sin el papel destacado de la clase obrera? ¿Acaso ésta puede cumplirlo sin la dirección de un sólido partido comunista? Como parte del movimiento comunista internacional que criticó la deriva revisionista del XX Congreso del PCUS, estos camaradas conocen estos principios elementales del marxismo-leninismo. Quizás su equivocación estratégica se deba simplemente a que se aferran a la letra de la experiencia del PCE de los años 30, en lugar de asumir su esencia y de aplicarla en las condiciones actuales. Pero también es posible que hayan perdido la confianza en la capacidad de la clase obrera para luchar por el socialismo, debido a una comprensión errónea de la teoría marxista-leninista que les impide contribuir positivamente a la construcción del Partido Comunista (12). Esto es lo que vamos a indagar a continuación.

La actitud hacia los países que se definen como socialistas

La dirección del PCE(m-l) comparte una interpretación de la teoría revolucionaria en cuyos orígenes todos los países supuestamente socialistas, salvo Albania, no lo eran, y la URSS era un país social-imperialista, es decir, socialista de palabra e imperialista de hecho. Después de la contrarrevolución en Albania, todo lo más que ha llegado es a afirmar que 1º) hay países con “elementos socialistas” (sin reconocer la diferencia cualitativa entre un Estado socialista como Cuba y un Estado con un gobierno antiimperialista como Venezuela), y 2º) “No existen países intrínsecamente socialistas, pero sí un campo socialista constituido por partidos y organizaciones…” (13).

Unión Proletaria considera que Cuba, la R. P. D. de Corea, Vietnam, Laos y China sí son países socialistas, pero, para facilitar la reflexión autocrítica de los camaradas del PCE(m-l), se manifestó dispuesta a unirse con ellos en un partido que: “1º) se referirá a la existencia de países que se autodenominan socialistas (con ésta u otras expresiones equivalentes), sin afirmar ni negar que lo sean; 2º) reconocerá la existencia de elementos de socialismo en tales países y hará propaganda de los mismos como realizaciones parciales del socialismo al que aspira en España; 3º) defenderá a esos países frente al acoso de las potencias imperialistas; 4º) organizará en su seno un debate limitado en el tiempo para poder definir de un modo más concreto la naturaleza del socialismo, teniendo en cuenta la experiencia de los países que siguieron denominándose como socialistas tras el XX Congreso del PCUS (estas experiencias se volverán a evaluar a la luz de sus actuales resultados prácticos). Al término de este debate, el Partido estará en condiciones de determinar la naturaleza de los países que se autodefinen como socialistas en la actualidad, así como la actitud que los comunistas deben tener hacia ellos.” (14)

Con tal de alcanzar la unidad de los marxistas-leninistas en un único Partido Comunista, Unión Proletaria está dispuesta a hacer concesiones, pero es excesivo e injustificado, en relación con la fuerza política de que dispone el PCE(m-l), conceder a su dirección que “no existen países intrínsecamente socialistas”: esta afirmación da a entender que no son realmente socialistas y que pretenden engañar fingiendo que lo son. Nuestro rechazo a esta imposición ha sido interpretado, a su vez, por los jefes de esta organización como una imposición por parte de Unión Proletaria. Para nosotros, no se trata de una cuestión nominalista sino práctica.

Si se dice que esos países contienen elementos socialistas pero que, a la vez, tienen una intencionalidad engañosa hacia los trabajadores, acabará prevaleciendo este último aspecto. Entonces, no habrá solidaridad con esos países porque: 1º) se les equiparará a los países capitalistas en lo esencial, y se entenderán las contradicciones entre unos y otros como inter-imperialistas; y 2º) se considerará que el engaño cometido por ellos perjudica a la revolución proletaria, los convierte en enemigos de ésta y, en consecuencia, su destrucción será una liberación. Esta lógica coadyuvó a que los comunistas chinos y albaneses desarrollaran una actitud crecientemente hostil hacia la URSS, a partir de los años 60, en una deriva que favoreció objetivamente al imperialismo. Y eso es lo que llevó a los primeros a condenar a la URSS como la superpotencia imperialista más peligrosa, aliándose militarmente al imperialismo yanqui contra las fuerzas democráticas de Angola y Afganistán por el simple hecho de que éstas recibieran ayuda soviética. Unión Proletaria no va a repetir este grave desenfoque con los actuales países socialistas y tratará de disuadir de él a otros comunistas.

Los dirigentes del PCE(m-l) brindan su solidaridad antiimperialista a la República de Cuba –tal vez debido a que en España el movimiento de apoyo a Cuba es particularmente fuerte, a que compartimos una lengua y una historia, etc.-, pero evitan generalmente darle un carácter proletario, socialista. De Vietnam o Laos, ni siquiera hablan. En cuanto a la R.P.D. de Corea, dicen que nunca la han criticado públicamente “para no perjudicar de cierta manera, a un país que se opone al imperialismo, que lucha por mantener su independencia, que está rodeado por países enemigos, que trata de crear buenas condiciones de vida para el pueblo, que desarrolla la educación, la sanidad, etc. No sólo no lo hemos criticado públicamente, sino que públicamente lo hemos defendido y lo seguimos haciendo. (…) Mas esta justa posición no puede llevarnos a ignorar las posiciones ideológicas de ese partido, a juicio nuestro erróneas” (15). Es ésta una actitud correcta si, además de sostenerla verbalmente, se lleva a la práctica. No tenemos por qué estar de acuerdo con todo lo que hace un Estado socialista o un partido comunista; tenemos el derecho y la obligación de exponer nuestros desacuerdos, tanto a él y como al resto del movimiento comunista internacional; y no siempre es conveniente que esa crítica se haga pública. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Sin embargo, unos meses antes de escribir algo tan justo, rechazaron nuestra propuesta de organizar conjuntamente un acto de solidaridad anti-imperialista con Corea, alegando que ésta no era socialista y que su política exterior era aventurera. Y esta última acusación la acaban de ratificar por escrito al referirse a supuestas “provocaciones mutuas entre las dos Coreas” (16). ¿Qué manera es esa de defender públicamente a un país acosado por el imperialismo?

Finalmente, de la R. P. China, la Línea Política de su Congreso de reconstitución afirmaba hace tres años que “está degenerando hacia un Estado capitalista, en un proceso que hoy no controlan los elementos socialistas del país”. Ahora, aplauden las críticas del KKE (17), en el sentido de que “pocas son ya las hojas de parra que le quedan por perder al régimen chino para abandonar por completo, incluso en la retórica, el término ‘socialista’ de su política” (18). Con este enfoque unilateral, exclusivamente negativo, poca solidaridad anti-imperialista con China podemos esperar de los dirigentes del PCE(m-l). Reconocemos que la política del PCCh puede ser ambigua, compleja, contradictoria y, a veces, errónea. Podemos y debemos criticarla cuando corresponda, pero, antes, intentemos comprender qué hay de justo en ella, apoyemos este aspecto y combatamos la política del imperialismo contra China. De lo contrario, ayudaremos a la burguesía aunque no lo queramos.

Pero la dirección del PCE(m-l) ya ha llegado a la conclusión de que China es un país imperialista, incluso la potencia llamada a suceder a los Estados Unidos de América “en el olimpo imperialista” (19), y pronuncia esta gravísima acusación sin probarla. La calumnia no es algo propio de comunistas, pero califican a China de imperialista, como lo hacían con la URSS de Brézhnev: si las intervenciones militares extranjeras de ésta les parecían suficientes para sostener tal acusación, aunque la inversión económica exterior era escasa, ahora, en el caso de China, son estas inversiones las que se aducen, aunque su ejército no intervenga. En definitiva, a dos Estados nacidos de una revolución socialista, dirigidos oficialmente por la clase obrera y su Partido Comunista, en los cuales prevalece la propiedad social de los medios de producción, etc., se les acusa de imperialismo porque tienen algún parecido con éste. ¿Qué tiene esto de análisis concreto, materialista y dialéctico? ¿No será más bien especulación a partir de un prejuicio ideológico? Estos camaradas que presumen de ortodoxia podrían, al menos, examinar la presencia, en estos países, de los rasgos distintivos que definen el imperialismo, según la obra de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo. Además, si no es mucho pedirles, podrían continuar investigando si se cumplen las características generales del capitalismo, expuestas por Marx en El Capital, ya que el imperialismo sólo es y sólo puede ser el resultado del desarrollo del capitalismo. De lo contrario, lo único que habrán probado es la analogía parcial del socialismo con el capitalismo. ¡Qué gran descubrimiento, tratándose el socialismo de la fase inferior de una nueva sociedad que brota de las entrañas del capitalismo, tratándose de la etapa de transición entre el capitalismo y el comunismo! Y si, después de este esfuerzo, todavía les quedan dudas, les agradeceríamos que respondieran a la pregunta de cómo puede sobrevivir un país socialista a bloqueos, sabotajes, invasiones, etc., sin maniobras ni concesiones. Tuvo que recurrir a ellas la URSS de Lenin y de Stalin en coyunturas más favorables a la revolución proletaria. Así que son aún más necesarias y han de ser necesariamente más atrevidas en el actual contexto de la mayor contrarrevolución burguesa que ha conocido la historia.

En la situación internacional presente, los países socialistas han conseguido una estabilidad interna y externa que les proporciona una tregua. Y eso evita que, con relación a esos países, salgan a relucir los errores “social-imperialistas” propios de los comunistas dogmáticos (nos referimos a defender el socialismo de palabra, a la vez que se ayuda, de hecho, al imperialismo). Pero sí se evidencian tales meteduras de pata allí donde las potencias imperialistas vuelcan ahora su agresividad: en la región árabe-musulmana, en América Latina y en África.

En Ecuador, se ha producido un intento de golpe de Estado, después del que se frustró en Venezuela, del que prosperó en Honduras, de las incursiones militares colombianas en países vecinos y de las amenazas de secesión en Bolivia. Los dirigentes del PCE(m-l), en cambio, ponen en duda esta afirmación y hablan únicamente de un supuesto giro reaccionario neoliberal en la política del Presidente Rafael Correa que habría motivado una escalada de movilización popular en su contra. Nosotros estamos dispuestos a estudiar esta crítica hacia el gobierno ecuatoriano, pero nos llama poderosamente la atención el hecho de que estos camaradas examinen únicamente los factores internos del conflicto y se abstraigan de la injerencia imperialista, cuando se trata precisamente de un país oprimido, dentro de un subcontinente tan reiteradamente invadido por la superpotencia yanqui (20).

En Costa de Marfil, la actitud equidistante de los dirigentes del PCE(m-l) hacia las partes contendientes sólo ha servido para debilitar la determinación de quienes se oponen a la intervención armada francesa. En Libia, el hecho de que Muamar el Gaddafi no sea marxista-leninista sino burgués les parece razón suficiente para sumarse frívolamente a las acusaciones demonizadoras de los medios de comunicación imperialistas: “ha reprimido a los ciudadanos a sangre y fuego” (21); “Estos tiranos [Ben Alí, Hosni Mubarak y Gaddafi] son caudillos reaccionarios que han gobernado con mano de hierro sus países, defendiendo los intereses del imperialismo y enriqueciéndose ellos y sus familias gracias a la brutal explotación de las clases populares” (22). Y, por supuesto, tanto en el caso de Ecuador como en el de Libia, no han desaprovechado la oportunidad para atacar la posición antiimperialista de comunistas a los que ellos llaman “revisionistas”, a la vez que comparten posición en la misma “cesta de cangrejos” con los trotskistas, los eurocomunistas y los socialdemócratas, todos ellos reputados colaboradores del imperialismo. Ben Alí y Mubarak nunca fueron otra cosa que peones reaccionarios del imperialismo, mientras que Gaddafi es un revolucionario burgués que liberó a su país del colonialismo y de los cipayos locales para unificar a Libia y convertirla, de uno de los países más pobres del mundo, en el país más desarrollado y menos desigual de África. Tuvo que entrar en componendas con el imperialismo cuando sucumbieron la URSS y los países socialistas de Europa que le ayudaban a defender su soberanía frente al neocolonialismo. El descontento popular que provocaron estas concesiones y la codicia occidental por el petróleo y el territorio libio, así como los planes de Gaddafi de renacionalizar sectores de la economía, son los factores que han llevado a la guerra actual. No asistimos a una lucha entre reaccionarios, sino a una agresión de la OTAN contra el Estado libio en la que los comunistas debemos apoyar a éste en su resistencia antiimperialista.

A pesar de que la dirección del PCE(m-l) ha defendido justamente a Stalin de las insidias del revisionismo jruschovista, parece haber olvidado la siguiente enseñanza fundamental del líder bolchevique: “Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento nacional de los países oprimidos no debe valorarse desde el punto de vista de la democracia formal, sino desde el punto de vista de los resultados prácticos dentro del balance general de la lucha contra el imperialismo, es decir, que debe enfocarse ‘no aisladamente, sino en escala mundial’” (23). ¿Será que, para estos camaradas, imperialistas son todos los que no compartan su particular lectura del marxismo-leninismo?

Con esto, no queremos decir que las masas no tienen derecho a rebelarse contra determinados gobiernos que están en el punto de mira de las grandes potencias. Estamos de acuerdo en que son las que hacen la historia, aprendiendo de su propia acción. Pero si no se cumplen unas condiciones concretas, se convertirán involuntariamente en un instrumento del imperialismo para reforzar su arquitectura mundial (por ejemplo, recuérdense las revueltas de masas hacia 1990 en la Europa del Este que, lejos de llevarlas a “más socialismo”, las hundieron en la mayor esclavitud capitalista). La libertad no es el libre albedrío inconsciente sino “la comprensión de la necesidad” (24). Por eso, el marxismo-leninismo enseña que las masas se dividen en clases enfrentadas entre sí y que, a estas alturas del desarrollo histórico, sólo la hegemonía política de la clase obrera puede imprimir un carácter progresivo a la lucha de las masas. De ahí que los comunistas determinemos nuestra actitud hacia un movimiento de masas en función del desarrollo alcanzado por la lucha de clase del proletariado: es decir, el estado de su movimiento espontáneo (sindical, huelguístico, etc.), la penetración de la conciencia marxista-leninista en su seno y la dirección del mismo por un partido comunista “verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario” (25). No podemos olvidar ni por un instante que la lucha espontánea de las masas no puede ir más allá de la conciencia burguesa dominante. Y ésta, en la época actual, conduce necesariamente a reforzar la dominación imperialista, incluso en los países oprimidos.

La vertiente práctica de la equivocación del PCE(m-l) sobre los países socialistas no se agota en la cuestión de la solidaridad internacional. Hay una cuestión aun más importante que vamos a introducir ahora. En su ponencia al Encuentro de Cuadros titulada “Algunas consideraciones sobre socialismo”, la dirección del PCE(m-l) tomaba por definición de socialismo la que enunciaba la Constitución de la URSS de 1936. Es decir, fija el significado de la sociedad socialista en función de los progresos alcanzados por la revolución soviética hasta esa fecha, cuando todavía se carecía de la experiencia de otros países socialistas, y lo hace sin reconsiderar esta definición a la luz de la contrarrevolución posterior. Reconoce ciertamente la necesidad de hacerlo, pero no da ningún paso en esta dirección. De ese modo, la actitud prudente que aconseja en la misma ponencia equivale a mantener implícitamente la excomunión de los países socialistas actuales que dictó en el pasado, pero evitando explicitarla. Las conquistas revolucionarias de la Unión Soviética de entonces se convierten para estos camaradas en la norma por debajo de la cual un país cualquiera no puede pretender el título de socialista. En lugar de reivindicarlas positivamente, como estímulo o como objetivo deseable para los procesos revolucionarios presentes y futuros, las convierten negativamente en exigencias e imposiciones.

Nosotros no afirmamos que es socialista o comunista cualquiera que diga serlo, pero tampoco estamos dispuestos a excluir de esta categoría a quienes no cumplan ciertos dogmas sectarios, aunque se extraigan de hechos realmente ocurridos. El marxismo-leninismo no es eso, sino una guía teórica para promover el desarrollo de la lucha de clase del proletariado hasta la realización de su objetivo final: la abolición de las clases. Por eso, lo que sirve o no sirve a la causa socialista proletaria no puede determinarse de una vez para siempre, sin tener en cuenta su desarrollo particular y su relación con el entorno.

Los comunistas llamamos sociedad socialista a la etapa inferior de la sociedad comunista, es decir, al período de transición que se inicia con la conquista del Poder político por la clase obrera y que culmina con el fin de la división de la humanidad en clases (26). Más allá de estas premisas, la fisonomía de un país socialista no tiene que ajustarse a unas características ideales fijadas de antemano, sino que dependerá de las posibilidades que le brinda la realidad interna y externa. De ahí que el socialismo que pudo construir la URSS hasta los años 1950 se diferencie del que existe actualmente (27).

Hay que reconocer que los países socialistas actuales tienen la desventaja de que partieron de un desarrollo social todavía más bajo que Rusia, de que tienen frente a sí a un imperialismo más unido, de que los países capitalistas actuales están menos debilitados en el interior por la lucha de clase del proletariado y en el exterior por los movimientos de liberación nacional, de que la conciencia socialista y el movimiento comunista internacional han retrocedido, etc. Es verdad que las condiciones concretas no marcan un límite absoluto sino elástico a la acción revolucionaria, y no se puede saber de antemano en qué punto la audacia corre el riesgo de convertirse en temeridad. Pero este riesgo existe y es tan grave que puede resultar suicida. La confrontación entre el socialismo y el capitalismo entraña hoy en día un peligro que no existía en la primera mitad del siglo XX: los capitalistas tienen la capacidad material de aniquilar los países socialistas con su armamento nuclear, antes de que las masas oprimidas del mundo puedan reaccionar para impedirlo. Sabemos que el capitalismo no tiene futuro y que éste pertenece al socialismo; pero, en las actuales condiciones, el socialismo no triunfará si no se evita un conflicto militar entre ambas clases de países. Por supuesto que la alternativa no está en la rendición, pero hay que abrir paso al futuro socialista de una manera no simplista, sino dirigiendo hábil e inteligentemente el sistema de contradicciones internacionales. No es sensato exigir “desde la barrera” a los países socialistas una política interior y exterior más “revolucionaria”, sin calcular las consecuencias militares. Debemos reconocer que, por el bien de la revolución proletaria mundial, necesitan maniobrar en espera de una mayor descomposición del capitalismo, a sabiendas, además, de que ésta se está produciendo aceleradamente.

Las posibilidades de invertir la correlación de fuerzas hoy favorable al imperialismo no dependen únicamente de lo que hagan los países socialistas. Como bien sabemos todos los marxistas-leninistas, además de la contradicción entre el capitalismo y el socialismo, intervienen en nuestra época la contradicción que opone a la burguesía y al proletariado, la contradicción que opone a las potencias imperialistas y a las naciones oprimidas, y la contradicción entre las propias potencias imperialistas. Y todo esto, sobre el telón de fondo de la contradicción fundamental entre las fuerzas productivas cada vez más sociales y la propiedad privada de las mismas en cada vez menos manos, contradicción que se expresa para los capitalistas en la angustiosa tendencia de la tasa de ganancia a reducirse (aunque crezcan las ganancias en cifras absolutas). Esto se hace particularmente patente en la situación de profunda crisis económica en la que se ha sumido el capitalismo desde hace un par de años. El capital trata de salvarse y sólo puede conseguirlo a costa de agudizar las contradicciones mencionadas. Es un buen momento, pues, para acelerar la recuperación del movimiento obrero y comunista internacional, difundiendo la conciencia socialista, promoviendo la lucha de clase del proletariado, apoyando la resistencia de las naciones oprimidas y de los Estados socialistas, organizando a las masas y reconstruyendo su instrumento principal –el Partido Comunista-, sobre todo en los países en los que se guarece la burguesía imperialista. Aquí está su talón de Aquiles: si desarrollamos la lucha de clases en Europa y en Norteamérica, los países socialistas podrán volver a la ofensiva revolucionaria.

La mayor ayuda que los países socialistas pueden prestar a la revolución proletaria mundial, como se ha probado históricamente, no consiste generalmente en denunciar al imperialismo ni tampoco en enfrentarse militarmente a él, sino en probar prácticamente las ventajas del socialismo en comparación con el capitalismo: mayor crecimiento económico y técnico, menores desigualdades sociales, mejoramiento continuo de las condiciones de vida para el pueblo trabajador (alimentación, vivienda, sanidad, educación, etc.). Todo ello, gracias a que los principales medios de producción y el Estado están en manos de la clase obrera encabezada por su partido comunista. Y todo ello, a pesar de la feroz oposición de la burguesía, dentro y fuera de las fronteras del país socialista.

Pero los dirigentes del PCE(m-l) están todavía encadenados a un viejo esquema lógico defectuoso. Ya no lo sostienen abiertamente, pero todavía no han tenido el valor de criticarlo y eso no les deja pensar como marxistas-leninistas, como revolucionarios proletarios. Según este esquema, el problema principal es que los países socialistas están dirigidos por revisionistas y, como el revisionismo es una política burguesa con forma marxista, el revisionismo en el poder es la burguesía en el poder. Dado que la burguesía no puede construir una sociedad socialista, sino únicamente una sociedad capitalista, al tomar los revisionistas la dirección de los partidos comunistas en el poder, han convertido sus países en capitalistas. Y, para más inri, como se disfrazan de comunistas en su labor capitalista, desprestigian nuestra causa a los ojos de las masas y se convierten así en los máximos responsables de que éstas rechacen la revolución. En conclusión, son nuestro enemigo principal y su destrucción reconciliará a las masas con el verdadero comunismo (28).

Pues bien, en este razonamiento, hay algo de verdad, pero no todo: es unilateral. Encontraremos multitud de citas de los clásicos del marxismo-leninismo que parecen avalarlo, pero otras tantas que incomodarán a los que se conformen con esta media verdad. Los que razonan así son revolucionarios inmaduros o pequeñoburgueses empedernidos. El anarquismo y el trotskismo ya lo hicieron antes: muerto el perro (el marxismo o el estalinismo), se acabaría la rabia. Todos estos oportunistas de “izquierda” han tenido su oportunidad en la historia, cuando la mayoría de los partidos socialistas sucumbieron al reformismo burgués, o cuando la mayoría de los partidos comunistas renegaron del estalinismo, o cuando cayó el “social-imperialismo” soviético. Pero su revolución “pura” se redujo a unos pocos fuegos artificiales, impotentes frente a la contrarrevolución burguesa.

Lo primero que deberían hacer los dirigentes del PCE(m-l) es demostrar que son revisionistas los Estados a los que no reconocen como socialistas o las organizaciones comunistas con las que no quieren unificarse, en lugar de ponerlos continuamente bajo sospecha aprovechando sus errores (del error al revisionismo media una diferencia cualitativa). Si lo probaran –cosa que no han hecho-, lo segundo sería reconocer que, aun padeciendo una línea política revisionista, todavía son instituciones proletarias (29), todavía es posible que los comunistas recuperen la hegemonía en ellas y, en consecuencia, hay que practicar una política de frente único con ellas, contra la burguesía. Sabemos cómo acabó la Unión Soviética que los revisionistas dirigieron desde 1953-56, pero no existe ninguna prueba de que ese resultado fuera inevitable, ni que fuera el deseado por sus líderes revisionistas, ni siquiera el previsto por Enver Hoxha o Mao Zedong. Existía el peligro, la tendencia a restaurar el capitalismo, pero ni mucho menos se había desarrollado. La propiedad privada sobre los medios de producción sólo se asentó 30 años después. Así que, tal vez los revisionistas soviéticos conspiraban para restaurar el capitalismo. O bien, tal vez, y esa es la hipótesis que más cuadra con los acontecimientos posteriores, representaban la capa superior de la clase obrera soviética que, influida fuera por el imperialismo y dentro por el elemento campesino, se desvió hacia una suerte de socialismo pequeñoburgués, insostenible a la larga y objetivamente tendente a la restauración del capitalismo. La posibilidad más probable y, por tanto, la que debemos considerar válida mientras no se demuestre lo contrario es que, ni en los hechos, ni en las intenciones, los revisionistas constituían una burguesía desarrollada; ni había un capitalismo restaurado, ni aún menos un imperialismo. El tratamiento que aplicaron los hoxhistas y los maoístas a la URSS fue acertado al principio, pero luego se volvió desproporcionado a la enfermedad de ésta (30). Y tampoco sirvió para evitar que la Albania socialista cayera pocos meses después que la URSS, a pesar de que creían que el PTA “se había mantenido inquebrantablemente en la aplicación consecuente del marxismo-leninismo y en la defensa de su pureza”. Ese desvelo por la “pureza” llevó a la unilateralidad, a la metafísica, al idealismo y al sectarismo.

Los fundadores del marxismo-leninismo promovieron una táctica de lucha contra el oportunismo y el revisionismo que no fuera voluntarista, sino ajustada a las condiciones reales, y cambiante en función de la modificación de éstas. Así, cuando los líderes socialdemócratas traicionaron la causa de la clase obrera, precipitando a las masas en la carnicería de la primera guerra mundial imperialista, y cuando crecía la determinación revolucionaria de éstas, la táctica era de confrontación y ruptura. En cambio, cuando la crisis revolucionaria amainó, la táctica que prescribió Lenin, a partir del Tercer Congreso de la Internacional Comunista, fue la de seguir la crítica del oportunismo de una manera más indirecta, menos frontal, a través de la lucha por la reconstrucción del frente único del proletariado:

“Nosotros, … proponemos plantear sólo los [problemas] menos discutibles, porque consideramos que el objetivo es intentar acciones parciales, pero conjuntas, de las masas obreras. (…) … en la conferencia preliminar, nuestros delegados deberán comportarse con la mayor reserva, mientras no se haya perdido la esperanza de lograr el objetivo, o sea atraer a las tres Internacionales (inclusive la II y la II ½) a una conferencia general.

No romper en seguida a causa de la composición de la misma; en general no romper sin consultar a Moscú, salvo que medie un acto muy infame y absolutamente intolerable.” (Carta de Lenin sobre la preparación de la Conferencia de las tres Internacionales del 14-15 de marzo de 1922)

“Ahora hay que dar un carácter algo distinto a las críticas que se hacen a la política de la II Internacional y de la Internacional II ½, a saber: es preciso que esa crítica (sobre todo en asambleas donde participan obreros y adeptos de la II Internacional y de la Internacional II ½, y en los boletines y artículos especiales dedicados a ellos) sea más esclarecedora, que se explique con suma paciencia y en todos sus detalles –para no espantar a esos obreros con expresiones ásperas- que existen contradicciones inconciliables entre las consignas aprobadas por sus representantes en Berlín (por ejemplo, la lucha contra el capital, la jornada de 8 horas, la defensa de la Rusia soviética, la ayuda a los hambrientos), y toda la política reformista.” (Carta de Lenin a Zinóviev de 11de abril de 1922)

Estas enseñanzas se olvidaron y, en su lugar, el PCCh y, sobre todo, el PTA descalificaban cualquier acercamiento al PCUS y a la URSS como conciliación centrista con el revisionismo.

En nuestros tiempos, una vez que el revisionismo impuso temporalmente un retroceso brutal de la conciencia de las masas obreras, la simple denuncia del revisionismo se les antoja a éstas como una pelea de sectas, es decir de grupos extraños a ellas. El revisionismo ya no es un cuerpo extraño que trata de adueñarse del movimiento obrero independiente. Eso, lamentablemente, lo consiguió en el pasado, resultando que el movimiento obrero actual es muy dependiente de la burguesía. Para recobrar su independencia y desarrollarse, ya no es lo principal que denunciemos la responsabilidad del revisionismo, sino que propiciemos acciones unitarias, masivas, de clase, para que el movimiento obrero alcance a comprender de manera práctica la crítica comunista hacia el revisionismo y el oportunismo. Es necesario, pues, poner en primer plano la lucha por reconstruir la unidad del movimiento comunista y obrero internacional –incluidos los países socialistas-, denunciando del revisionismo sobre todo su actitud sectaria, su oposición a la unidad de clase del proletariado.

Valga como ejemplo más cercano el de las Comisiones Obreras, respecto del cual el PCE(m-l) reclama acertadamente una actitud conforme al materialismo dialéctico. Por el carácter de su dirección, se trata de un sindicato reformista, que promueve la conciliación de clases y que, por eso mismo, resulta reaccionario. Si sólo tuviéramos en cuenta este aspecto, deberíamos condenar de manera absoluta a esta organización y romper todo vínculo con ella. Sin embargo, la actitud de los comunistas hacia ella debe determinarse también a partir de otros factores. Sus orígenes están en la lucha por la acción de clase, frente al sindicalismo vertical-corporativista del fascismo. Su actual comportamiento colaboracionista no tiene frente a sí un movimiento obrero revolucionario de masas, sino que expresa la tendencia contrarrevolucionaria que el capital ha conseguido que asuma la gran mayoría de los trabajadores asalariados. Y, sobre todo, agrupa en sus filas a una parte importante de los obreros más combativos que pasan ahí su escuela elemental en la lucha de clases. Por eso, los comunistas debemos criticar la dirección oportunista de CCOO, a la vez que trabajamos dentro por atraer a sus afiliados y a las masas proletarias hacia el sindicalismo de lucha de clases y hacia la política revolucionaria.

Cuando el revisionismo se hace con la dirección de un partido comunista gobernante, sin duda, se interrumpe en lo fundamental la construcción progresiva del socialismo (31). Pero este hecho significa también que la correlación de fuerzas no permite a la burguesía del país en cuestión afirmar abiertamente su dominación. Significa que no puede devolver inmediatamente a la sociedad a su punto de partida, que no puede destruir de golpe las realizaciones socialistas (32) y que la clase obrera no ha perdido todas sus posiciones. Significa que todavía hay socialismo y que la clase obrera puede invertir la tendencia involutiva y seguir avanzando hacia el comunismo, sobre todo si recibe la ayuda del movimiento comunista y obrero internacional. Los comunistas de los demás países criticaremos los aspectos de la política de un Estado socialista de este tipo, cuando sea conveniente desde el punto de vista de la lucha de clases internacional. Pero ningún comunista podrá negarle la solidaridad antiimperialista y proletaria que le corresponde como Estado obrero y socialista, sin faltar él mismo al imperativo supremo del internacionalismo proletario y, por tanto, sin dejar de ser comunista para pasarse de facto al bando de la burguesía. Ésta hace todo lo posible por que dudemos de la solvencia revolucionaria de los países socialistas, para debilitar sus apoyos exteriores y agredirlos con más facilidad.

Los comunistas no formamos una secta apartada del resto de la clase obrera. Al contrario, nos inscribimos en su movimiento: y esto debe determinar nuestra relación con los sindicatos obreros, pero también con los Estados obreros, con el partido obrero y con su unidad. Ninguna de estas instituciones es pura. Todas están atravesadas por las contradicciones de clase. En todas ellas, se manifiesta la influencia de la burguesía, bajo la forma de simple oportunismo, de revisionismo o de dogmatismo. Y los marxistas-leninistas debemos combatirla permanentemente, procurando derrotar una tras otra cada una de estas “incursiones”, a sabiendas de que no llegaremos jamás a construir nada que esté definitivamente a salvo de la corrupción del enemigo de clase (33). ¿Quiere decir esto que debamos renunciar absolutamente a toda escisión y a toda ruptura? No. A veces, la escisión y la ruptura se vuelven aceptables e incluso imprescindibles, pero eso no se puede determinar con reglas generales sino mediante un análisis concreto de la realidad concreta. El PCE(m-l) no ha hecho tal análisis con respecto a los países socialistas y, por eso, aunque se reserve el derecho de criticarlos oportunamente, debe apoyarlos como Estados socialistas –frente al imperialismo y a la propaganda burguesa-, mientras el capitalismo no se haya restaurado completamente en ellos. Tampoco ha hecho un análisis concluyente de las demás organizaciones comunistas españolas y, por eso, debe sumarse generosamente a un proceso de unidad con ellas, en lugar de confrontarlas de manera creciente.

Del fraccionalismo a la unidad comunista

La dirección del PCE(m-l) se manifiesta partidaria de la unidad de los comunistas y tiene razón cuando advierte que, para ello, no vale una unidad cualquiera, una unidad de la que resulte una “cesta de cangrejos”. Como decía Lenin: “¡La unidad es una gran cosa y una gran consigna!, pero la causa obrera necesita la unidad de los marxistas, y no la unidad de los marxistas con los enemigos y los falseadores del marxismo” (34). Unión Proletaria reclama precisamente eso: una verdadera unidad y, por tanto, una unidad de verdaderos comunistas, no puros, no perfectos, sujetos a equivocaciones, pero sí sinceros, honestos y abnegados partidarios del marxismo-leninismo. Y reclamamos esta unidad ahora porque han madurado las condiciones para su realización.

Sin embargo, en un artículo dirigido contra Unión Proletaria (35), después de tergiversar nuestro punto de vista sobre esta cuestión, concluyen de manera enigmática con la siguiente reflexión de Engels: “La unidad es algo muy bueno mientras sea posible, pero hay cosas más elevadas que la unidad” (36). ¡Claro que hay cosas más importantes que la unidad!: la revolución socialista, la dictadura del proletariado, el comunismo,… La unidad sólo es un medio, pero ¿conseguiremos aquellas cosas sin unidad? ¿Conseguiremos aquellas cosas con la actual dispersión de los marxistas-leninistas en pequeños círculos de decenas o, a lo sumo, cientos de militantes? ¿Por qué la dirección del PCE(m-l) contrapone metafísicamente los objetivos políticos y la unidad comunista necesaria para alcanzarlos? Reivindica una táctica flexible para la unidad popular, pero no para la unidad de los comunistas, a pesar de que es tan necesaria en ambos casos como lo es la firmeza de principios. Unión Proletaria pretende la unidad de los marxistas-leninistas, tal como éstos se presentan en estos tiempos de reflujo del movimiento obrero, pero no como un fin en sí mismo: concebimos la lucha por la unidad de la vanguardia proletaria como un punto de apoyo y, a la vez, un producto necesario de la lucha por la reconstitución del auténtico Partido Comunista (el que habrá de reunir tanto la dirección efectiva de amplias masas del proletariado como las enseñanzas más elevadas de la experiencia histórica de la revolución). Toda la cuestión estriba, pues, en determinar qué unidad es la que necesitamos. Y no sirve un enfoque abstracto, sino que se precisa un enfoque concreto, para aquí y ahora. La dirección del PCE(m-l) no ofrece al respecto nada más que un reconocimiento general de que es necesaria la unidad de los comunistas, seguido de una crítica exclusivamente negativa de lo que hacen las demás organizaciones marxistas-leninistas. Por eso, vamos a examinar la política de unidad comunista de Unión Proletaria junto con las objeciones de estos camaradas.

Luchar por la unidad de los comunistas presupone reconocer que éstos se hallan divididos. Y esto, a su vez, significa aceptar que los demás también son comunistas o, al menos, que hay suficientes comunistas en las otras organizaciones como para que la cuestión de la unidad merezca la pena de ser suscitada. En ese caso, hay que reconocer lo que tenemos en común con ellos, incluso lo positivo que hemos aprendido de ellos y proponer medios para la superación de las diferencias. Sin embargo, los dirigentes del PCE(m-l) se han limitado a destacar estas diferencias, por ejemplo, en relación con el PCPE, o a fingir con Unión Proletaria un mutuo acercamiento de posiciones para que, en realidad, nos integráramos en su partido, sometiéndonos a su política tradicional. Por eso, cuando les propusimos discutir racionalmente los extremos de la misma que consideramos erróneos –los que impiden que el PCE(m-l) se transforme de círculo en partido político-, se negaron a ello y abortaron el proceso de unidad iniciado entre nuestras dos organizaciones. Así se demostró de manera inapelable que mienten o, por lo menos, se engañan a sí mismos cuando afirman: “nosotros siempre hemos sido partidarios de abrir un debate leal y sin concesiones entre los comunistas para delimitar qué entendemos por partido comunista. Han sido otros los que se han negado a él, con el argumento de que semejante debate encona nuestras diferencias e incrementa las contradicciones entre nosotros” (37). Puede parecer paradójico que unos supuestos defensores del combate político e ideológico eludan la discusión de las tesis que les distinguen del resto de los comunistas. Pero no lo es, si analizamos la cuestión más profundamente.

Una vez que se ha reconocido la división de los comunistas, debemos analizar por qué se ha producido y por qué persiste. El marxismo-leninismo exige abordar el análisis desde el materialismo dialéctico, es decir, desentrañando las causas materiales (que son diversas), el vínculo entre ellas y el desarrollo histórico de las mismas. Es así como podremos comprobar lo que hay de cierto y de erróneo en las diversas proposiciones, la vigencia o caducidad de las mismas y la madurez o inmadurez del proceso conducente a su superación. Tras este análisis, podremos determinar la acción subjetiva sobre el movimiento comunista dividido a fin de reunificarlo.

Pero, a lo largo de la historia, ha habido otros modos de tratar las contradicciones: el idealismo y la metafísica. En la lucha teórica, el idealismo no examina la causa material de las ideas y sólo las compara racionalmente, desde el punto de vista del sentido común, de la coherencia, de la lógica, etc. Pero, puede ser aun más defectuoso cuando parte de la existencia de axiomas, de dogmas, de verdades incuestionables, reduciendo la lucha teórica a reproches, condenas, anatemas, excomuniones, etc., como hacen las distintas religiones. El modo de pensar metafísico, por su parte, separa y fija las cosas de manera absoluta, como si no estuvieran vinculadas entre sí, como si no evolucionaran hasta desaparecer, como si no se transformaran unas en otras, etc. Pues bien, la teoría marxista-leninista, que se ha venido plasmando en determinados textos, ha tenido que ser defendida de las tentativas revisionistas de extirparle su esencia revolucionaria con el pretexto de que han cambiado tales o cuales condiciones sociales. De ahí que la reacción frente al revisionismo no haya sido siempre consecuentemente marxista-leninista, sino, a veces, ultraizquierdista y/o dogmática, como consecuencia de una concepción del mundo idealista y metafísica. Aun a pesar de sus buenas intenciones, el dogmatismo es radicalmente opuesto al materialismo dialéctico y constituye, por eso mismo, una variedad particular de revisionismo.

El movimiento comunista internacional, a pesar de inevitables conflictos internos, permaneció unido hasta los años 50 del siglo XX. A partir de entonces, prevaleció la confrontación entre sus principales partidos que encabezaban Estados socialistas como la URSS, China, Albania y otros. El origen de este fenómeno se encuentra mayormente en el viraje revisionista que emprendió el Partido Comunista de la Unión Soviética a partir de su XX Congreso (1956). La lucha entre el PCUS, el PCCh y el PTA fue agudizándose hasta fragmentar al movimiento comunista internacional en tendencias que elaboraron lecturas divergentes del marxismo-leninismo. Tiene razón la dirección del PCE(m-l) cuando afirma que “representaban diversas posiciones ideológicas y eran reflejo de una profunda batalla ideológica que se desarrollaba entre los comunistas” (38). Es verdad, incluso, que tuvieron razón los maoístas y los hoxhistas en oponerse al moderno revisionismo de derechas que carcomía el movimiento comunista internacional. Pero la existencia de diversas posiciones ideológicas no nos garantiza la firmeza marxista-leninista de ninguna de ellas y el hecho de dar una batalla no significa automáticamente darla bien. En esa batalla, los anti-revisionistas, a veces, cometieron exageraciones y cayeron en el “izquierdismo” y en el dogmatismo. Sustituyeron el materialismo por el idealismo al dar esta batalla ideológica desatendiendo la base material-social de la misma y al suplantar el método científico por la condena moral. Sustituyeron la dialéctica por la metafísica al tratar demasiadas contradicciones como antagonismos y al aferrarse a fórmulas muertas contra los veredictos de la lucha de clases viva. En definitiva, combatieron una expresión de revisionismo pero incurrieron en otra: el dogmatismo moderno. No sólo el jruschovismo, sino también el maoísmo y el hoxhismo son falsos porque, aunque contienen verdades parciales, son unilaterales y, por eso mismo, aun involuntariamente, encierran desviaciones revisionistas que deben corregirse.

No es este el lugar para desplegar esta crítica, ni compete hacerlo en solitario a Unión Proletaria. Pero sí se dan algunos indicios que deben llevarnos a reexaminar de manera crítica y autocrítica estas diversas lecturas del marxismo-leninismo, en lugar de aferrarnos a ellas (39). Son indicios que nos llevan a concluir que, aunque era justo criticar el revisionismo jruschovista, la crítica que se hizo debe depurarse de sus defectos y reconocer los aciertos de los demás. En primer lugar, ni el maoísmo ni el hoxhismo han podido impedir la liquidación de la revolución o el fortalecimiento de las posiciones burguesas en los países socialistas y en los partidos comunistas. En segundo lugar, se ha comprobado que toda “alternativa” al marxismo-leninismo, por la derecha o por la “izquierda”, conduce finalmente al fortalecimiento de la burguesía. En tercer lugar, y esto es lo más importante, la realidad material que dio una fuerza decisiva a esas desviaciones, tanto en los países capitalistas como en los países socialistas, ha cambiado de manera importante. En efecto, la estabilización del imperialismo que sucedió a la Segunda Guerra Mundial está dando paso a la mayor crisis de la historia de este régimen y la brusca proletarización de amplias masas pequeñoburguesas que inundó las filas del movimiento obrero de ideas falsas –también en los países socialistas- está dando paso a la consolidación de una mayoría social compuesta por trabajadores asalariados cuya situación cada vez más desesperada los empujará hacia la revolución socialista. En resumidas cuentas, la lucha de clases se va a desenvolver en unas condiciones objetivas más elevadas y más favorables al proletariado, aunque tengamos un arduo trabajo para reconquistar las posiciones subjetivas de nuestro pasado glorioso; etc.

Este cambio en las condiciones objetivas ya está favoreciendo la rectificación revolucionaria de muchas organizaciones comunistas. Así, las de la corriente “pro-soviética” (de la cual procede Unión Proletaria), si bien asumieron ciertas posiciones del revisionismo moderno, fueron capaces de desmarcarse de las tesis más derechistas de Jruschov para enfrentarse al liquidacionismo eurocomunista. Y actualmente, sus mejores exponentes, como el Partido Comunista de Grecia (KKE) y el Partido Comunista Obrero de Rusia, avanzan en la movilización de la clase obrera por la revolución socialista, en la recuperación del legado de Stalin y en la crítica cabal del revisionismo moderno, influyendo positivamente en otras organizaciones con las que tienen estrechas relaciones, entre ellas, el PCPE. Los avances de esta última organización en su IX Congreso son notorios: defensa de las bases de la edificación del socialismo en la URSS; crítica del revisionismo del XX Congreso del PCUS, incluida la invención de una etapa intermedia al socialismo en los países imperialistas; defensa de la unidad internacional y sindical de la clase obrera en España; centralización democrática del partido; etc.

También en la corriente hoxhista se aprecia alguna evolución positiva. En su llamamiento de octubre de 2009, el Comité de Coordinación de la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxistas-Leninistas (CIPOML) reconoce que se dio “un proceso de destrucción de la dictadura del proletariado y restauración capitalista mediante el revisionismo empezada en los años 50-60 del pasado siglo en la URSS y en la mayoría de los países del Este”, cuya etapa final fue la caída del muro de Berlín. Hemos destacado en negrita expresiones dialécticas que se oponen a las posiciones metafísicas que esta corriente sostenía en los años 60-80. No obstante, en este mismo llamamiento, dichas posiciones vuelven a aparecer cuando se afirma que la caída del muro de Berlín “no ha significado el derrumbamiento del socialismo proletario” y que el socialismo real lo era sólo en “sus rasgos exteriores en teoría”: aquí se borra la idea de proceso, de continuidad, de contradicción interna y de desarrollo.

La progresión de la CIPOML hacia el socialismo plenamente científico parece estar más avanzada en el caso del Partido Comunista de Chile (Acción Proletaria). Esta formación política ha comprendido el reto de los marxistas-leninistas para estos tiempos, tal como explica en la revista NorthStar Compass: “El tercer congreso del PC (AP) está buscando claramente contribuir al reforzamiento ideológico, político e incluso organizativo del Movimiento Comunista Internacional. Un papel destacado tendrá la profundización, de manera científica (tenemos que enfatizar lo que es científico, para romper con el idealismo que ha causado tanto daño al comunismo), en la comprensión de las experiencias revolucionarias previas, tales como la Comuna de París, la Revolución Bolchevique de Lenin y de Stalin, y las revoluciones victoriosas que fueron encabezadas por comunistas en Albania, China, Corea, Vietnam y Cuba, así como las de los países que de Europa del este y que formaron la URSS.

Tenemos un gran tesoro de experiencias, de aciertos y errores, que los comunistas debemos asumir como propios. Aquellos Partidos y líderes implicados no deberían ser endiosados o demonizados. Estamos hablando de comunistas (la negrita es de ellos), no de oportunistas como Trotsky, Tito, Jruschov (...)

¡Es urgente, vital, continuar avanzando hacia nuestra unidad, así como la de los pueblos, para así realizar nuevos avances hacia el poder, para que la nueva revolución proletaria victoriosa reafirme el futuro socialista y comunista de la humanidad!”.

Por consiguiente, la reunificación de los comunistas es cada día más posible, además de necesaria. Y se conseguirá superando progresivamente nuestras divergencias mediante la lucha y la unidad, mediante la crítica y la autocrítica, a medida que los comunistas lo comprendamos y estemos dispuestos a ello. Esto supone acordar un “programa formal” suficiente para asegurar la unidad de acción y la discusión de las discrepancias menos urgentes. Esto no supone pues hacer “tabla rasa de las diferencias” ideológicas, como nos reprocha la dirección del PCE(m-l) a pesar de comprobar que no hemos cedido a sus exigencias y no hemos ingresado en sus filas. Toda la historia de la organización de los marxistas consiste en la discusión, aprobación y, luego, comprobación práctica de “programas formales” en torno a los cuales pudieran unirse las masas de la clase obrera. Es, por cierto, el método mediante el cual aseguran que se reconstituyó el PCE(m-l) a partir del Comité Estatal de Organizaciones Comunistas (CEOC). El marxismo-leninismo es, en primer lugar, política revolucionaria. Es en ésta y sólo en ésta donde debe comprobarse la identidad ideológica para construir el partido político del proletariado. No debemos permitir que los prejuicios ideológicos que tenemos sobre los demás comunistas impidan el debate político o desvirtúen la finalidad unitaria de éste. En el debate político se verán las diferencias de fondo y las que podemos considerar secundarias en el proceso. Lo que hoy es secundario para el proceso de gestación de la unidad, una vez lograda ésta y con el desarrollo de la lucha de clases, puede pasar a ser principal y desplegarse en el partido unificado la lucha oportuna contra la desviación que entrañe. Para ello, la ideología de círculo debe ser derrotada por la política de clase, por la política de unidad comunista.

Pues bien, la dirección del PCE(m-l) afirma que el punto de vista hasta aquí expuesto es una “concepción burocrática de la unidad de los comunistas”. Burocrática sería una unidad por decreto, por un acuerdo entre las direcciones sin participación de las bases militantes, obteniendo así una unidad ficticia, como querían hacer ellos con nosotros. Y también lo es un proceso de unidad que no se lleva nunca a término por las trabas burocráticas de alguna dirección burocrática, que dilata el proceso, que no quiere discutir ideológica y políticamente, que cambia continuamente los temas de discusión, que exige impresos, formularios, acatamientos, sumisiones, etc.; que exige y no da nada. Esto no se le puede achacar a Unión Proletaria. Las trabas no las hemos puesto nosotros, ni tampoco hemos pretendido nunca una unión por arriba: de hecho, propusimos un encuentro de cuadros en lugar de debatir entre delegaciones de los comités centrales respectivos. Ha sido la dirección del PCE(m-l) la que ha tenido una actitud burocrática, probablemente por miedo a que nuestros argumentos fueran más sólidos que los suyos y pudieran tener influencia en sus bases militantes, corriendo así peligro la esencia ‘hoxhista’ que quieren mantener en su partido.

Lo que sí reconoce expresamente es el temor a que el proceso de unidad desemboque en una organización fraccionada como lo ha sido el PCE a partir del carrillismo. Pero la alternativa a esto no se encuentra en la construcción de una secta dogmática donde los jefes ponen los límites a lo que se puede estudiar y debatir, donde las contradicciones reales sean escondidas o tratadas como antagonismos, donde el centralismo democrático se sustituya por el centralismo burocrático, donde los dirigentes hablen y la militancia se limite a escuchar. Para construir un partido de tipo bolchevique no basta con seguir la “orientación general mayoritaria” del estrecho círculo de comunistas al que pertenecemos y que vive aislado de las tempestades de la lucha de clases en su burbuja de cristal. Hay que pelear por una buena orientación general mayoritaria de la vanguardia proletaria (y atenerse a ella), considerando cada una de nuestras actuales organizaciones como meras fracciones del partido comunista que debemos reunir. Hay que asumir riesgos. Hay que perder el miedo a perder, si queremos ganar. Hay que perder el miedo a las contradicciones y a la lucha en el seno de la clase obrera y de su propio partido de vanguardia. Hay que confiar más en el buen juicio del proletariado, si los marxistas-leninistas batallamos por aportarle una comprensión cabal de sus intereses de clase. No existe alternativa. La burguesía puede destruir la organización comunista, pero no es todopoderosa. Se la puede vencer si, en lugar de ponernos “a salvo” de las contradicciones en pequeños círculos “puros”, construimos la unidad de la clase obrera y de su partido de vanguardia, desarrollando esas contradicciones como único camino para poder superarlas.

Es cierto que hay mucho revisionismo y oportunismo que combatir, pero debemos vencerlo por partes, en el transcurso del proceso de unificación de las organizaciones comunistas, proceso que empieza por las más sanas y que debe proseguir al menos hasta que logremos conquistar una posición de autoridad entre amplias masas del proletariado. Es decir, hasta que nos reconozcan como su partido comunista y la política marxista-leninista pueda influir en el curso de la lucha de clases. Precisamente, para lograr la victoria sobre el oportunismo y el revisionismo a lo largo del proceso de reunificación de los comunistas, debemos proporcionar a éstos las armas que necesitan para contribuir a la misma. Ante todo, debemos formarlos en la teoría del marxismo-leninismo.

Pero la dirección del PCE(m-l) no está de acuerdo con el criterio de Unión Proletaria según el cual los militantes comunistas deben estudiar directamente a Marx, Engels, Lenin, Stalin y otros grandes teóricos y dirigentes de la clase obrera. Apoyándose en Lenin, afirma primero que no es suficiente saberse las conclusiones de la ciencia comunista, sino que debemos adquirir la suma de conocimientos de los que es consecuencia el propio comunismo. Nos parece bien, pero por algo habrá que empezar.

Luego, advierte contra el peligro de aplazar la práctica entre las masas hasta haber adquirido cierta suma de conocimientos teóricos, hasta encontrar respuestas a todo. También estamos de acuerdo. Con la formación en los clásicos del marxismo-leninismo, nosotros no pretendemos hallar respuestas definitivas a todo, pero sí adelantar respuestas militantes, todo lo científicas que seamos capaces en cada momento, a las necesidades políticas del movimiento obrero, no sólo en su grado de conciencia actual, sino para su desarrollo sucesivo hacia la revolución. Como decía Engels y recogía Lenin en su obra ¿Qué hacer?, los comunistas “deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie”.

Además, los dirigentes del PCE(m-l) rechazan separar la formación teórica de los militantes de su trabajo práctico, y nosotros también, pero añadimos que la formación teórica que el partido proporciona al comunista no debe limitarse al trabajo práctico que éste desempeña en un momento dado, sino que debe atender las necesidades prácticas del partido en su conjunto, sin encasillar a cada militante en una sola tarea, y debe tener en cuenta además el desarrollo futuro del partido como dirigente en la edificación de un mundo nuevo; por eso la formación debe basarse y centrarse en las necesidades prácticas actuales pero no limitarse a ellas, sino incluir todo lo que se necesite para la asimilación de la concepción del mundo comunista.

Por último, hablan de “problemas cuya solución no vamos a encontrar escrita en los tratados de los grandes comunistas que nos precedieron, sencillamente porque ellos actuaron en otras condiciones y tuvieron que dar respuestas concretas a otras preguntas concretas”. Y esto, para acabar reduciendo la formación de los militantes comunistas al estudio “crítico” de las “declaraciones, circulares, artículos, etc.” con que el partido orienta continuamente a los comunistas sobre las cuestiones candentes. Con esto ya no podemos estar de acuerdo: sin estudiar a los clásicos, los militantes comunistas carecerán de los puntos de referencia indispensables para poder criticar los documentos del partido y saber la veracidad de lo que contienen; tampoco les será posible entonces realizar la vigilancia revolucionaria sobre los jefes de la organización, y quedarán desarmados ante el surgimiento de posiciones revisionistas y de propósitos liquidacionistas, como de hecho ya le pasó al PCE (m-l) en 1992.

Condenar a los militantes a ignorar el marxismo-leninismo y a practicar el espontaneísmo, mientras los dirigentes se erigen en guardianes de los conocimientos y de la orientación política e ideológica, es una concepción burocrática de la formación y del funcionamiento orgánico del partido: es reemplazar el centralismo democrático por el centralismo burocrático.

Nuestro punto de vista es que la clase obrera parte de una brutal desventaja científica y teórica sobre la burguesía. En la sociedad de dominación burguesa, solamente se estudia y aprende (desde la escuela, la familia, los medios de comunicación y el mismo puesto de trabajo) la ideología dominante que es burguesa. Claro que los comunistas debemos formarnos en la lucha cotidiana de las masas, pero intentando llevar a la misma la teoría revolucionaria, que no se aprende exclusivamente en la práctica, sino con la formación en los clásicos del marxismo-leninismo, organizada colectivamente, además del imprescindible esfuerzo individual. La experiencia concreta es muy instructiva, no cabe duda, pero siempre sobre una base marxista-leninista y también sobre la base del aprendizaje de la experiencia histórica indirecta. Es necesario y obligado que el partido esté dotado del más profundo conocimiento posible del marxismo-leninismo. Cada militante debe tener al menos una formación básica en esta teoría, ya que los militantes pueden convencerse de la necesidad de la revolución y del partido de manera empírica, en la lucha de clases concreta, pero el partido debe formarlos en el marxismo-leninismo para encauzar revolucionariamente a las masas hacia la toma del poder político. La organización comunista tiene la obligación de formar a sus militantes de manera planificada, e incluso de llevar nuestra teoría revolucionaria a las masas obreras y a su movimiento.

El PCE(m-l) es el primero de los destacamentos que se han levantado contra el revisionismo moderno de la dirección carrillista del PCE y ha atesorado una valiosa experiencia de lucha. Pero no debe envanecerse por ello, despreciando la experiencia de los demás comunistas. No basta con condenar el revisionismo, hay que vencerlo y tomar la dirección de la clase obrera. Hasta ahora, todas las formaciones marxistas-leninistas españolas hemos fracasado y el revisionismo ha vencido. Ni hemos conseguido cohesionar a los grupos antirrevisionistas, ni hemos conseguido convertir a ninguno de ellos en un partido de masas. ¿No merece este resultado práctico volver a examinar autocríticamente la herencia política de todos ellos, también la del PCE(m-l)? Mientras la dirección de esta organización no lo haga, no podrá participar en ningún proceso unitario de los comunistas, salvo con quienes acepten claudicar y someterse a su mando, aunque no compartan sus principios. Y esto sí que es una concepción puramente burocrática y formal de la unidad de los comunistas.

En la carta que nos dirigió en febrero de 2010, el Comité Central del PCE(m-l) reconoció la existencia de “aspectos ‘emocionales’, de experiencia, militancia y vivencia personal” que interfieren en la reconsideración de su línea política. Reconocerlo puede significar el primer paso para superar esta contradicción. Evidentemente, las organizaciones se componen de personas, y los aspectos psicológicos y emocionales deben ser tenidos en cuenta y tratados correctamente. Sin embargo, los intereses objetivos de la clase obrera deben primar en todo momento sobre las circunstancias subjetivas de los militantes comunistas. Lo contrario no deja de ser individualismo burgués. La clase obrera es mucho más importante que nosotros. Los comunistas nos debemos a ella y a nadie más. La clase obrera necesita la unidad de los comunistas y está en condiciones de lograrla. De la herencia del pasado, debemos rescatar el conocimiento y la experiencia, pero sin dejarnos atrapar por concepciones no confirmadas por la práctica, que no deben prevalecer. Mediante la autocrítica, Unión Proletaria logró superar errores pasados, conservando al mismo tiempo lo que pudieran tener de válido nuestros planteamientos anteriores. Si hemos podido hacerlo, los dirigentes del PCE(m-l) también podrán, si quieren. No les negaremos el derecho a tomarse el tiempo indispensable para ello, pero, mientras, no es bueno que se pongan a la defensiva alimentando la confrontación antagónica con los demás comunistas (40). Deben recapacitar lo antes posible y sumarse al imparable proceso de reunificación de los marxistas-leninistas, aportando a él todo lo que enseña la experiencia de Albania socialista y de los que tomaron partido por ella en la anterior etapa de división del movimiento comunista internacional.

Septiembre de 2011.

(1) A pesar de que es esto lo que hace la dirección del PCE(m-l) al relegar la lucha por el socialismo a favor de la lucha por la república, uno de sus miembros se atreve a encabezar su primer artículo crítico contra Unión Proletaria con esta cita de Lenin: “Un partido es la vanguardia de una clase y su deber es guiar a las masas, no reflejar el estado mental promedio de las masas” (J. Romero, Contra la concepción burocrática de la unidad de los comunistas).

(2) Marx, Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política.

(3) XIII Sesión plenaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

(4) Lenin, La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla.

(5)Carta de Engels a Bernstein, 24 de marzo de 1884.

(6) Por eso, las demás capas burguesas de la sociedad, incluida la pequeña burguesía son incapaces de realizar, aun menos de impulsar, una lucha consecuente contra la oligarquía financiera y su régimen político. No deja de ser una lucha contra sus aspiraciones futuras, aunque, en el presente, sean los perdedores y oprimidos en la competencia mercantil que les enfrenta a “sus hermanos mayores” monopolistas. Sin embargo, pueden contribuir positivamente al desarrollo de la lucha democrática contra la oligarquía y la reacción, siempre que el proletariado desarrolle lo suficientemente su propio movimiento y su propia fuerza para poder tomar la dirección de aquella lucha.

(7) Lenin, ¿Qué hacer?

(8) “Adelante la revuelta, por la Democracia, por la República”. Secretariado del CC del PCE(m-l), 20 de mayo de 2011.

(9) …; la monarquía constitucional liberal es una forma adecuada de la dominación burguesa: 1) al principio, cuando la burguesía no ha terminado totalmente con la monarquía absoluta; y 2) al final, cuando el proletariado ha hecho que la república democrática sea ya demasiado peligrosa. Y, sin embargo, la república democrática sigue siendo siempre la última forma de la dominación burguesa, aquella que se parte en pedazos. (Carta de Engels a Bernstein, 24 de marzo de 1884).

(10) Lejos de oponernos o de permanecer indiferentes a la lucha por reformas democráticas y por la república, los comunistas la apoyamos y tratamos de llevarla a su máximo desarrollo, precisamente para que, en unión con nuestra propaganda proletaria y socialista, las masas puedan comprender el carácter limitadamente burgués de la democracia actual y emprender la lucha por la democracia para los trabajadores que sólo puede realizarse mediante la dictadura del proletariado. Para mayor abundamiento, nos remitimos a la recopilación de artículos de Unión Proletaria publicada en el folleto titulado El movimiento republicano, donde se condensa nuestro combate contra las desviaciones de derecha y de “izquierda” cometidas con respecto a este movimiento por parte de diversas organizaciones comunistas.

(11) Para mí, la teoría histórica de Marx es la condición fundamental de toda táctica razonada y coherente; para descubrir esa táctica sólo es preciso aplicar la teoría a las condiciones económicas y políticas del país de que se trate. (Carta de Engels a Zasúlich, 23 de abril de 1885)

(12) En este caso, la huida hacia adelante desde la clase obrera hacia la democracia radical pequeñoburguesa les llevaría a esperar que los antagonismos en el campo reaccionario precipiten una crisis política en la que una pequeña fuerza pueda resultar decisiva. Es lo que parece expresar la reflexión del Informe al CC del PCE(m-l) de febrero de 2011, si se liga a su negativa a la unidad comunista: “la derrota del social-liberalismo puede ser de proporciones mayores a las esperadas y provocar un vacío (sic) en el campo popular que facilite la articulación de una oposición de izquierda consecuente, de un bloque de clase”. En Unión Proletaria, pensamos que esta alternativa es peligrosa para una organización comunista: si quiere seguir siéndolo, debe tener por objetivo inmediato la organización de un poderoso partido revolucionario del proletariado, en lugar de aspirar a satisfacer las reivindicaciones generales de nuestra clase (incluida la democracia y la república), sacrificando su independencia y protagonismo. En esencia, una alternativa así se corresponde con la concepción de los terroristas que Lenin critica en su obra ¿Qué hacer?: “no saben o no tienen la posibilidad de ligar el trabajo revolucionario al movimiento obrero para formar un todo. A quien haya perdido por completo la fe en esta posibilidad, o nunca la haya tenido, le es realmente difícil encontrar para su sentimiento de indignación y para su energía revolucionaria otra salida que el terror”. De ahí, tal vez, que, en los años 70, el PCE(m-l) creara el FRAP, una organización que realizaría algunos atentados en sus cuatro años de vida.

(13) Algunas consideraciones sobre el socialismo, ponencia presentada por el PCE(m-l) para el Encuentro de Cuadros de noviembre de 2009.

(14) ¿Por qué los marxistas-leninistas debemos reconocer que existen países socialistas en la actualidad y apoyarlos como tal?, ponencia presentada por Unión Proletaria para el Encuentro de Cuadros con el PCE(m-l) de noviembre de 2009.

(15) La ponencia del PCE(m-l) para el encuentro de cuadros con Unión Proletaria titulada Algunas consideraciones sobre el socialismo, apoyaba su afirmación de que no existen países socialistas con una cita de Kim Jong-Il sobre la llamada ideología Juche que plantea “serias dudas” por su carácter idealista. Marx y Engels insistieron en que el mayor mérito de Hegel había sido el recoger de nuevo la dialéctica como forma suprema del pensamiento, aunque Hegel fuera idealista, y para él la dialéctica era un automovimiento de “la idea” que se producía desde la eternidad, cuyo desarrollo determinaba la realidad en el mundo material, cosa que equivalía a ponerla cabeza abajo. Marx y Engels invirtieron la dialéctica, que estaba cabeza abajo, poniéndola de pie, haciéndola así materialista. El mérito del PCE (m-l) consiste en haberle dado otra vez la vuelta a la dialéctica, poniéndola de nuevo patas arriba. Para el PCE (m-l), todo está en las ideas, en la cabeza. Así, el socialismo no tiene que ver con propiedad colectiva de los medios de producción, planificación socialista, granjas colectivas, pleno empleo, satisfacción de las necesidades más elementales, etc., sino con lo que se encuentre en la cabeza de los dirigentes del país. Esto encaja bastante con su caracterización de la URSS, que de la noche a la mañana había dejado de ser socialista porque a su cabeza se colocó en el poder un grupo revisionista. Una forma de pensar, por cierto, que comparten con los maoístas, por mucho que intenten desmarcarse de ellos desde finales de los años 70.

(16) Informe del Comité Central: Preparar al Partido para el combate político e ideológico, 20 de febrero de 2011.

(17) Para denigrar a un país socialista sí les sirve el KKE (Partido Comunista de Grecia), aunque sigan atacando como revisionista a este partido a través de la organización “hermana” de tendencia hoxhista que tiene la CIPOML en Grecia. ¿No resulta un poco oportunista que, cuando se apoyan en el KKE para lo que les conviene, callen la valoración general que les merece este partido?

(18) Informe del Comité Central del 20 de febrero, citando “El PC de China y sus diálogos estratégicos con el PASOK y la Internacional Socialista” (Rizospastis, 19/11/2010).

(19) http://www.pceml.info/2011/07/01/informe-del-secretariado-al-comite-central-junio-de-2011/

(20) Informe del Comité Central: Preparar al Partido para el combate político e ideológico, 20 de febrero de 2011.

(21) http://www.pceml.info/2011/03/01/un-fantasma-recorre-africa-por-a-bagauda/

(22) http://www.pceml.info/2011/03/19/alto-a-la-intervencion-imperialista-solidaridad-con-el-pueblo-libio/

(23) Los fundamentos del leninismo, J. V. Stalin, pág. 80, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1972.

(24) Anti-Dühring, F. Engels, parte I, capítulo XI

(25) La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin.

(26) En el folleto de Unión Proletaria titulado “Solidaridad con los países socialistas” y elaborado a partir de la ponencia al Encuentro de Cuadros con el PCE(m-l), se explica el concepto dialéctico que tenían Marx, Engels y Lenin de la sociedad socialista, no como una foto fija, sino como un proceso. De lo contrario, incurriremos necesariamente en contradicciones embarazosas de las que se aprovecharán los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses anticomunistas. Así, si tomamos al pie de la letra la definición recogida en la Constitución Soviética de 1936, ninguno de los países socialistas actuales lo es, puesto que conservan cierta propiedad privada sobre los medios de producción. Pero tampoco lo era del todo la URSS porque, en la mayor parte de la actividad agropecuaria, la producción o algunos instrumentos de trabajo menores eran propiedad de los koljoses (granjas colectivas) o de sus miembros individuales. Y, si entendemos fuera de contexto la sociedad de transición que Marx describe en su Crítica del Programa de Gotha, llegaremos a la conclusión de que nunca hubo países socialistas ni los habrá en mucho tiempo, ya que éste nos sitúa en una etapa de desarrollo todavía no plenamente comunista, pero sí capaz de prescindir del dinero y de la forma mercancía del producto del trabajo.

(27) En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels advertían que las medidas de transición al comunismo “… naturalmente, serán diferentes en los diversos países”. Lenin, por su parte, decía lo mismo: “… esta nueva sociedad es también una abstracción que sólo puede hacerse realidad mediante intentos concretos, imperfectos y variados de crear uno u otro Estado socialista.” (El infantilismo “de izquierda” y la mentalidad pequeñoburguesa) Y, hablando de que hay aspectos de la revolución rusa que tienen carácter internacional, es decir, que se repetirán en las diversas revoluciones proletarias, Lenin advertía no obstante de que “sería un tremendo error exagerar esta verdad extendiéndola más allá de algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución.” (La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo)

(28) Para ilustrar este enfoque, citaremos algunos fragmentos del libro de Enver Hoxha El imperialismo y la revolución, publicado en 1978: “… no solamente la perspectiva de la revolución y de la liberación de los pueblos no se ha ensombrecido como consecuencia de la traición de los revisionistas titistas, soviéticos, chinos y otros, sino que, después de un retroceso momentáneo, la revolución inicia ahora un nuevo auge. (…) Apenas se hicieron con el poder en la Unión Soviética, los jruschovistas se fijaron como principal objetivo destruir la dictadura del proletariado, restaurar el capitalismo y hacer de la Unión Soviética una superpotencia imperialista. (…) Se impusieron el deber de liquidar de manera sistemática toda la estructura socialista de la Unión Soviética, lucharon por liberalizar el sistema soviético, convertir el Estado de dictadura del proletariado en Estado burgués y realizar la transformación capitalista de la economía y de la cultura socialistas. Convertida en un país revisionista, un Estado social-imperialista, la Unión Soviética edificó su propia estrategia y su propia táctica. Los jruschovistas pusieron a punto una política que les permitió enmascarar toda su actividad con ayuda de una fraseología leninista. (…) El partido … lo han reducido a un estado en el que no puede ser ya más el partido de la clase obrera, habiéndose convertido en el de la nueva burguesía soviética. En los países del Comecon, la Unión Soviética practica una política típicamente neocolonialista… Para poder mantener a estos países bajo su yugo, la Unión Soviética usa al Pacto de Varsovia que le permite instalar en ellos numerosas fuerzas militares que no difieren en nada de los ejércitos de ocupación. El Pacto de Varsovia es un pacto militar agresivo que sirve a la política de presiones, de chantajes y de intervenciones armadas del socialimperialismo soviético. … recurren a la intervención militar directa, como lo han hecho, de común acuerdo con los cubanos, en Angola, en Etiopía y en otros lugares.”

(29) El revisionismo es una expresión ideológica burguesa adecuada a un medio proletario, ya sea éste un Estado, un partido político o un sindicato.

(30) Al principio, había que alertar a un movimiento comunista internacional globalmente sano del peligro que representaba el triunfo del revisionismo en su destacamento más prestigioso, el PCUS, con la voluntad de extirpar este tumor aunque el tratamiento fuera traumático. No obstante, debía hacerse velando estratégicamente por mantener el frente único del proletariado contra la burguesía imperialista mundial. Esta lucha favoreció la caída de Jruschov y cierto repliegue del revisionismo contemporáneo, aunque éste siguió al frente del PCUS encabezado a partir de entonces por Brézhnev. El resultado ponía de manifiesto la necesidad de perseverar pacientemente en esta línea, porque no existían condiciones para una rápida curación. Pero, entonces, el paso del PCCh y del PTA a posiciones ultraizquierdistas y sectarias de ruptura del frente único proletario internacional (incluso con escaramuzas militares entre países socialistas y, más tarde, con acercamientos a los imperialistas contra la URSS) contribuyó a que el revisionismo volviera a la ofensiva en la segunda mitad de los años 60. Independientemente de la intencionalidad revolucionaria de aquellos partidos y de sus aciertos en la construcción del socialismo, acabaron complementando y completando el daño causado por el revisionismo de derecha al movimiento obrero internacional, precipitándolo en el profundo reflujo político del que sólo ha empezado a salir.

(31) A la inversa un repliegue en el proceso de construcción del socialismo no es necesariamente síntoma de un viraje revisionista en la política de un Estado proletario. También puede ser promovido por los comunistas auténticos en caso de necesidad, como ocurrió con la Nueva Política Económica en los últimos años de vida de Lenin y en los primeros años del mandato de Stalin al frente del PC(b) de la URSS.

(32) Las realizaciones socialistas son el predominio de la propiedad estatal y cooperativa, la producción dirigida hacia las necesidades de la población trabajadora, la participación las amplias masas en la organización de la sociedad, el papel dirigente de la clase obrera, etc. No sólo son una munición preciosa para nuestra propaganda revolucionaria en los países capitalistas, puesto que el proletariado es una clase práctica que atiende más a los hechos que a las palabras. También son la demostración de que esos países todavía son socialistas: en lugar de perseguir el objetivo de la valorización del capital, aseguran una elevación constante del nivel de vida de su población.

(33) A este respecto, es importante el apartado I.2 del Informe de J. V. Stalin al VII Pleno ampliado del CE de la I.C. (1926), titulado “Origen de las contradicciones dentro del Partido”, y del cual destacamos lo siguiente: “Es lógico que a cada viraje en el desarrollo de la lucha de clases, a cada agudización de la lucha y aumento de las dificultades, la diferencia de opiniones, de hábitos y de estado de ánimo de las distintas capas del proletariado se deje sentir forzosamente en forma de determinadas discrepancias en el Partido; y la presión de la burguesía y su ideología debe acentuar necesariamente esas discrepancias, dándoles salida en forma de lucha dentro del Partido proletario. Tal es el origen de las contradicciones y las discrepancias en el seno del Partido. ¿Es posible evitar esas contradicciones y discrepancias? No, no lo es. Suponer que puedan ser evitadas significaría engañarse a sí mismo. Engels tenía razón al decir que es imposible velar durante mucho tiempo las contradicciones en el seno del Partido, que esas contradicciones se resuelven mediante la lucha”. (Obras, tomo IX, http://bolchetvo.blogspot.com/2009/05/stalin-obras-09-15.html)

(34) La unidad, Obras Completas, tomo 25, pág. 82, Editorial Progreso.

(35) Contra la concepción burocrática de la unidad de los comunistas, J. Romero.

(36) Carta de Engels a Bebel, 28 de octubre de 1882. Engels se refiere al peligro de que el partido de masas que ya se había construido entonces en Alemania (cosa que estamos lejos de haber conseguido ahora en España), hiciera excesivas concesiones a los lassalleanos para que aceptaran unirse a él, hasta el punto de hacerle perder la perspectiva revolucionaria. Pero, si se usa esta referencia histórica con honestidad, hay que reconocer, al mismo tiempo, que Marx y Engels siempre lucharon por la unidad con los lassalleanos –porque constituían una organización enraizada en las masas proletarias alemanas-, e incluso lucharon por la unidad de todas las tendencias obreras de Europa y Norteamérica en la AIT, a pesar que, al principio, el socialismo científico estaba en minoría frente a ellas. ¿Eran partidarios de juntar una “cesta de cangrejos”? No. La explicación está en que confiaban en imponerse en esta lucha porque tenían razón, se apoyaban en la verdad concreta.

(37) Contra la concepción burocrática de la unidad de los comunistas, J. Romero.

(38) Idem.

(39) Un claro indicio de exageración metafísica es cómo la opinión de Enver Hoxha sobre los comunistas chinos y Mao Zedong cambia de un extremo al contrario en el plazo de unos pocos años. En su Informe al VII Congreso del Partido del Trabajo de Albania, celebrado en 1976, afirma: “Ninguna calumnia o invención de la propaganda burguesa-revisionista puede empañar el carácter marxista-leninista y la vitalidad de la amistad albano-china. (…) Las victorias históricas que el pueblo chino a alcanzado en su gloriosa revolución y en la edificación del socialismo, la creación de la nueva China Popular y el elevado prestigio del que goza en el mundo están directamente ligados al nombre, a las enseñanzas y a la dirección del gran revolucionario que fue el camarada Mao Zedong. La obra de este eminente marxista-leninista representa una contribución al enriquecimiento de la teoría y de la práctica revolucionaria del proletariado”. Sin embargo, en su Informe al VIII Congreso del PTA, en 1981, Hoxha sostiene que: “El revisionismo chino es una corriente oportunista en el movimiento comunista mundial, y el pensamiento-Mao Zedong,… es su fundamento, una ideología de rasgos arcaicos, (…) una ideología hegemonista que tiende a la dominación mundial… La teoría por la que se guiaba la nueva China no era el marxismo-leninismo. (…) bajo el hábito de la ‘revolución’ se escondía la contrarrevolución,… bajo el hábito del pensamiento-Mao Zedong se escondía el antimarxismo, se escondía una corriente del revisionismo moderno… El alcance de la lucha del Partido del Trabajo de Albania reside en que ha derribado dos mitos, el de China como un país en el que se construía el socialismo, y el del pensamiento-Mao Zedong como marxismo-leninismo de nuestra época. (…) La denuncia de China como un país no socialista y del pensamiento-Mao Zedong como una teoría antimarxista ha disipado una peligrosa ilusión en el movimiento marxista-leninista internacional,… El desorden, el caos, la confusión y los enfrentamientos que ha conocido y que conoce China son la consecuencia directa del pensamiento-Mao Zedong. Etc.”

(40) Lamentablemente, eso hace el Informe al Comité Central del PCE(m-l) de febrero pasado, con expresiones como: “hermandad [entre los comunistas] que está lejos de ser real”; “No es cierto que la batalla ideológica entre los comunistas se haya atemperado; por el contrario, va a ser más dura que nunca”; “Preparar al Partido para el combate político e ideológico”; “delimitar nuestro espacio ideológico”; “seamos firmes, absolutamente firmes en cuestiones ideológicas”; “quitar la careta a algunos procesos reaccionarios que se incuban bajo formas pretendidamente progresistas, cuando no socialistas”; etc. Estos camaradas hablan mucho de los obstáculos y muy poco de las oportunidades que se abren para la unidad de los comunistas. “Para la secta –decía Marx a Schweitzer en una carta fechada el 13 de octubre de 1868-, el sentido de su existencia y su problema de honor no es lo que tiene en común con el movimiento de clase, sino el peculiar talismán que lo distingue de él”. Ojalá corrijan el rumbo y podamos pasar, junto a ellos, de la etapa de las sectas comunistas a la etapa del Partido Comunista.


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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