Gavroche

Los retos teóricos de los comunistas

Martes 31 de enero de 2012


El Partido Comunista subordina siempre la labor teórica a la actividad práctica, porque su objetivo no es interpretar el mundo, sino transformarlo1 . Al mismo tiempo, sabe que “sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario”. En efecto, en la sociedad capitalista, las ideas dominantes son las de la burguesía y, por consiguiente, pese a que la “clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea… la ideología burguesa, la más difundida (y resucitada sin cesar en las formas más diversas), es, sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros”. Por eso, “el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia la subordinación suya a la ideología burguesa” y “todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea separarse de ella significa fortalecer la ideología burguesa”2 . Los comunistas tenemos, pues, la misión de conocer y divulgar “el socialismo científico, expresión teórica del movimiento proletario”, entre las masas obreras, infundiendo de este modo a la clase social llamada a hacer la revolución “la conciencia de las condiciones y de la naturaleza de su propia acción”3 .

Desde que el revisionismo comenzó a destruir al PCE como partido de la revolución proletaria, hace ya varios decenios, el movimiento obrero de España no sólo ha tropezado con las dificultades objetivas derivadas del desarrollo imperialista del país, sino que ha carecido de una firme respuesta marxista-leninista a estos fenómenos. En consecuencia, sólo podremos evaluar en su justa medida aquellos factores reales y trazar una táctica adecuada frente a ellos, cuando la conciencia marxista-leninista se vuelva a difundir con suficiente amplitud entre la población obrera. La agitación, la propaganda y la lucha teórica de los comunistas son, entretanto, la labor principal. Y, además, lo son con carácter de urgencia, debido a la profunda crisis que está atravesando el capitalismo, la cual desarrolla a pasos agigantados el interés por la revolución socialista entre las masas proletarias.

Fundamentar la salida revolucionaria a la crisis económica

La subordinación espontánea de las masas obreras y de la mayoría de sus organizaciones a la ideología burguesa se manifiesta de manera dramática a la hora de comprender la naturaleza de la actual crisis económica y su solución. Predomina la creencia superficial de que la crisis financiera se ha trasladado a la producción y que se soluciona con reformas financieras, redistribución de rentas, nacionalizaciones por parte del Estado burgués, etc. Es exactamente al revés: la crisis de superproducción del capitalismo ha intentado paliarse con artificios financieros, hasta que éstos se han derrumbado poniendo al desnudo la crisis subyacente en la verdadera producción y agravándola. Los intereses de la burguesía exigen afrontarla mediante la destrucción de las fuerzas productivas sociales excesivas que no caben en el estrecho cauce de las relaciones de producción capitalistas, acrecentando así la explotación de los trabajadores; en definitiva, preparando crisis cada vez más profundas. La verdadera solución –que coincide con el interés de clase del proletariado- consiste en suprimir las relaciones de producción capitalistas por medio de la revolución socialista.

Hasta ahora, en España, nos hemos limitado a afirmar el punto de vista comunista, pero no lo hemos demostrado. Para ello, debemos estudiar la economía política marxista y los trabajos teóricos del movimiento comunista internacional, como el que ha editado el Partido del Trabajo de Bélgica bajo el título de La crisis de los treinta años y la firma de Henri Houben. En nuestro país, además, debemos hacer frente a los puntos de vista que se oponen al camino socialista debido a los presuntos rasgos específicamente nacionales de la crisis (en realidad, éstos se explican por la tendencia al parasitismo común a todos los países imperialistas y por el desarrollo desigual de éstos). Necesitamos responder urgentemente a las teorías burguesas y pequeñoburguesas, de derecha y de “izquierda”, que distraen al movimiento obrero de la lucha revolucionaria por el socialismo.

Defender a los países socialistas y aprender de su experiencia

Uno de los mayores obstáculos a la radicalización socialista de la clase obrera es la creciente propaganda anticomunista que denigra la experiencia de los países socialistas. Su argumento “definitivo” lo proporcionó el supuesto “fracaso” de los regímenes de la URSS y Europa del Este. Sólo podremos derrotar estas tergiversaciones malintencionadas si avanzamos en el balance materialista dialéctico de la construcción del socialismo. Reviste una enorme importancia rescatar y divulgar los logros de los países socialistas, de los que dejaron de serlo y de los que siguen siéndolo. Al mismo tiempo, tenemos que comprender y explicar por qué algunos de ellos restauraron el capitalismo y otros se han replegado hacia posiciones menos revolucionarias, al igual que ha hecho la clase obrera mundial. El sector más avanzado del movimiento comunista internacional comparte ya la defensa de la línea de construcción del socialismo iniciada por Lenin y continuada por Stalin. Rechaza el derrotismo socialdemócrata de derecha y también el de “izquierda”, es decir, el trotskismo. Y sostiene que el viraje contrarrevolucionario se produjo en los años 50, cuando la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética atacó a Stalin y revocó principios revolucionarios básicos.

Pero todavía es necesario investigar y explicar cómo el revisionismo se desarrolló hasta imponerse. No podemos conformarnos con echarle la culpa, sin intentar comprender las condiciones socio-materiales que lo incubaron, precisamente para poder vencerlo en adelante. La dirección bolchevique encabezada por Stalin se contradecía en cuanto a las relaciones entre las clases sociales en la URSS desde 1936 a 1953: por una parte, sostenía acertadamente que la lucha de clases proseguiría mientras éstas existieran, pero, por otra, hablaba sólo de clases “amigas”, sin advertir el crecimiento de una nueva burguesía bajo las condiciones del socialismo. De ahí que reformara en clave parlamentaria el sistema soviético en la Constitución de 1936. Parece justa, asimismo, la crítica de Mao Zedong al punto de vista unilateral de Stalin con respecto a la división social del trabajo, una cuestión capital ya que es “la base de la división de la sociedad en clases”4 : no basta con reducir la jornada laboral de los obreros para que estudien, ni con formar una intelectualidad de extracción trabajadora si ésta va a consolidarse nuevamente como una élite dirigente exenta de realizar trabajo manual. El PC(b) de la URSS tampoco comprendía la necesaria superación de la contradicción entre el campo y la ciudad. Etc. Se trataba de errores cometidos por auténticos revolucionarios en el proceso de transformación de la sociedad hacia el comunismo. No significaban un cambio en el carácter de clase del Poder político, sino, en todo caso, una muestra de inmadurez por parte del proletariado de ese país o incluso a escala internacional.

El inicio de la contrarrevolución en la URSS de los años 50 provocó la ruptura del MCI, cuyos destacamentos siguieron trayectorias diversas que debemos analizar sin prejuicios. El balance de la revolución socialista no debe limitarse a la Unión Soviética, ni debe despreciar otras experiencias importantes, como especialmente la de China. A la hora de enjuiciar a los actuales países socialistas, deberíamos evitar el error “izquierdista” cometido por los dirigentes chinos y albaneses de los años 60-70 que negaron toda solidaridad a la URSS cuando la restauración capitalista en este país estaba todavía muy lejos de haberse completado. El imperialismo sacó fuerzas de esa exageración de las disensiones entre países socialistas y las empleó contra todos ellos y contra la clase obrera.

La necesaria crítica del radicalismo pequeñoburgués

La derrota del socialismo en algunos países, y su repliegue en otros, también alejan a muchos revolucionarios del marxismo-leninismo, de la causa obrera, del Partido Comunista y de la lucha por la revolución socialista y la dictadura del proletariado, como único camino viable para superar el capitalismo. En su lugar, se dejan seducir por las múltiples variantes del radicalismo pequeñoburgués: desde el anarquismo y el nacionalismo –clásicos en nuestro país- hasta las posmodernas teorías sobre la globalización capitalista y el socialismo del siglo XXI, apoyadas sin falta por el reformismo. Frente a estas concepciones, la autoridad del marxismo se ve debilitada por el dogmatismo y el sectarismo de que adolecen no sólo los trotskistas, sino también aquellos maoístas y hoxhistas reacios a la autocrítica. La demora en unirnos para construir un fuerte partido comunista empuja a miles de jóvenes revolucionarios hacia el posibilismo reformista (la democracia real, la república, la independencia, el sindicalismo estrecho, etc.) que, en última instancia, sólo beneficia a la socialdemocracia del PSOE y de IU.

Debido a la peculiar maduración del capitalismo en España –tardía y mediante la derrota de la II República a manos del fascismo-, el progreso del movimiento obrero se ve lastrado por la inercia del viejo programa revolucionario que defendía la necesidad de una revolución democrática (o ruptura democrática, republicana), previa a la lucha directa por la revolución socialista. Los comunistas debemos desarrollar nuestro análisis concreto del imperialismo español para demostrar que esta estrategia se ha vuelto inconsistente y responde únicamente a las ilusiones conservadoras del sector de la pequeña burguesía y de la aristocracia obrera que se está proletarizando a marchas forzadas, pero que sueña con que otra España es posible sin erradicar el capitalismo, sin destruir el Estado burgués y sin acabar con la propiedad privada sobre los medios de producción. El marxismo-leninismo tiene que volver a conquistar la hegemonía sobre el conjunto de la intelectualidad revolucionaria para desarrollar una potente organización que conduzca a las masas obreras a la lucha por el socialismo.

Formar a los militantes comunistas en el marxismo-leninismo

A fin de que el partido comunista pueda desplegar toda esta labor, es imprescindible que proporcione una adecuada formación política y teórica a sus militantes y cuadros. Esta formación debe estar vinculada a la práctica, principalmente política, a partir de la acción y el debate colectivos. Pero si no nos conformamos con el instinto revolucionario –fruto de la propia práctica y, por tanto, incapaz de vencer a la ideología burguesa-, tenemos que sacar tiempo y fuerzas para leer y estudiar; y tenemos que acostumbrar a los militantes a hacerlo. Esta tarea resulta casi infinita, por lo que hace falta poner orden y prioridades. Hay que empezar por las publicaciones del movimiento comunista internacional, del presente y del pasado. Y, en primer lugar, hay que leer y estudiar las obras más importantes de los fundadores de la teoría científica revolucionaria: Marx, Engels y Lenin (yendo de las más sencillas a las más complicadas). El socialismo o comunismo, “desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie. La conciencia así lograda, y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos...”5 .

1 Tesis sobre Feuerbach, Marx.

2 ¿Qué hacer?, Lenin.

3 Del socialismo utópico al socialismo científico, Engels.

4 Anti-Dühring, Engels.

5 Prefacio a “La guerra campesina en Alemania”, Engels.


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