Unión Proletaria

Las tareas de los socialdemócratas rusos (V. I. Lenin)

Martes 21 de febrero de 2012


Hace ahora 115 años que Lenin escribió este folleto. Conserva una vigencia importante para los comunistas españoles de hoy, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de que el apelativo de “socialdemócratas” ya no se utiliza para designar a los revolucionarios sino a los socialistas que han desertado al campo de la burguesía, y a pesar de que Rusia era un país de capitalismo incipiente que tenía ante sí una revolución democrático-burguesa mientras que España es un país de capitalismo vetusto en el que está madurando una revolución socialista proletaria. A pesar de estas diferencias, también hoy nos toca combatir a los socialistas y comunistas que sólo saben mirar hacia atrás y pretenden encorsetar al movimiento obrero dentro de una unidad popular que se conforma con ensanchar el marco de la democracia burguesa; es decir en una unidad popular a la medida de la pequeña burguesía. Los comunistas debemos dirigirnos prioritariamente al proletariado y, ante todo, a su destacamento fabril para desarrollar un potente partido de la clase obrera, independiente de los demás partidos. Sólo cuando esta labor haya progresado lo suficiente, nuestro Partido podrá ponerse al frente de las demás clases populares para dirigirlas hacia el socialismo, que es la única sociedad que puede proporcionarles democracia a estas alturas del desarrollo social de España.

La segunda mitad de la década del 90 se caracteriza por una notable reanimación en el planteamiento y solución de los problemas revolucionarios en Rusia. La aparición de un nuevo partido revolucionario, el “Naródnoie Pravo” (Derecho del Pueblo), la creciente influencia y los éxitos de los socialdemócratas, la evolución interna del grupo “Naródnaia Volia” (Voluntad del Pueblo), todo ello ha provocado una viva discusión de las cuestiones programáticas, tanto en los círculos socialistas —intelectuales y obreros—, como en las publicaciones ilegales. Son de mencionar, en lo que a esto último se refiere, Un problema candente y Manifiesto (1894) del partido “Naródnoie Pravo”, Volante del grupo “Naródnaia Volia”, Rabótnik, editado en el extranjero por la “Unión de Socialdemócratas Rusos”, la creciente actividad en la edición de folletos revolucionarios en Rusia, principalmente para los obreros; la labor de agitación realizada por la “Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera”, agrupación socialdemócrata de Petersburgo, con motivo de las memorables huelgas de 1896 en esa ciudad, etc.

En el momento actual (fines de 1897), el asunto más palpitante es, desde nuestro punto de vista, el de la actividad práctica de los socialdemócratas. Subrayamos el aspecto práctico de la socialdemocracia, pues en el aspecto teórico parece que ya hemos dejado atrás, por un lado, el período más grave de la obstinada incomprensión de los adversarios, las marcadas intenciones de aplastar en cuanto apareció la nueva corriente, y por el otro, la vehemente defensa de los fundamentos del socialdemocratismo. En la actualidad, las concepciones teóricas de los socialdemócratas están suficientemente puestas en claro en sus rasgos principales y básicos. No puede decirse lo mismo del aspecto práctico de la socialdemocracia, de su programa político, de sus métodos de actividad, de su táctica. En este terreno dominan, más que nada, a nuestro parecer, los equívocos y la incomprensión mutua, que impiden que se acerquen plenamente al socialdemocratismo los revolucionarios que, en la teoría, se han apartado completamente de “Naródnaia Volia” y que, en la práctica, o pasan, por la fuerza misma de las cosas, a la propaganda y a la agitación entre los obreros, y aun más, llegan a basar su actuación entre los obreros en la lucha de clases, o tratan de hacer de las tareas democráticas la base de todo el programa y la actividad revolucionaria. Si no nos equivocamos, esta última característica corresponde a los dos grupos revolucionarios que actúan en el momento presente en Rusia al lado de los socialdemócratas, esto es, a los partidarios de “Naródnaia Volia” y a los de “Naródnoie Pravo”.

Por esto nos parece particularmente oportuno el intento de aclarar las tareas prácticas de los socialdemócratas, exponer las razones que nos hace considerar su programa como el más racional de los tres que tenemos a la vista y creer que las objeciones que se le han opuesto se fundan, en gran parte, en malentendidos.

La actividad práctica de los socialdemócratas se propone, como se sabe, dirigir la lucha de clase del proletariado y organizar esa lucha en sus dos manifestaciones: socialista (lucha contra la clase de los capitalistas, que trata de destruir el régimen de clases y organizar la sociedad socialista [1]) y democrática (lucha contra el absolutismo, para conquistar la libertad política y democratizar el régimen político y social de Rusia). Decimos como se sabe, porque en efecto, desde el momento en que aparecieron como tendencia socialrevolucionaria particular, los socialdemócratas rusos formularon siempre, con toda precisión, este aspecto de su actividad, subrayaron siempre la doble manifestación y el doble contenido de la lucha de clase del proletariado, insistieron siempre en la indisoluble unión de sus tareas socialistas y democráticas, unión expresada claramente en el nombre por ellos adoptados. A pesar de esto, se encuentra aún hoy, a menudo, socialistas que tienen las ideas más equivocadas sobre los socialdemócratas, que los acusan de desconocer la lucha, política, etc. Detengámonos, pues, un momento, para caracterizar ambos aspectos de la actividad práctica de la socialdemocracia rusa.

Comencemos por la actividad socialista. Desde el momento en que la organización socialdemócrata “Unión de lucha por la emancipación de la ríase obrera” de San Petersburgo, comenzó su actividad entre los obreros de esa ciudad parecería que el carácter de la misma debía ser, en este aspecto, bien clara. La labor socialista de los socialdemócratas rusos consiste en hacer propaganda de las doctrinas del socialismo científico, difundir entre los obreros un concepto justo sobre el actual régimen económico-social, sobre sus fundamentos y su desarrollo, sobre las diferentes clases de la sociedad rusa, sobre sus relaciones mutuas, sobre la lucha de estas clases entre sí, sobre el papel de la clase obrera en esta lucha, su actitud ante las clases que están en declinación y ante las que están en desarrollo, su actitud ante el pasado y el futuro del capitalismo, sobre la tarea histórica de la socialdemocracia internacional y de la clase obrera rusa. Tiene indisoluble ligazón con la propaganda la agitación entre los obreros, que pasa naturalmente, a primer plano, dadas las condiciones políticas actuales de Rusia y el nivel de desarrollo de las masas obreras. La agitación entre los obreros consiste en que los socialdemócratas participan en todas las manifestaciones espontáneas de la lucha de la clase obrera, en todos los conflictos entre los obreros y los capitalistas motivados por la jornada de trabajo, el salario, las condiciones de trabajo, etc., etc. Nuestra tarea consiste en fusionar nuestra actividad con los problemas prácticos, cotidianos de la vida obrera, en ayudar a los obreros a orientarse en estos problemas, en dirigir su atención hacia los abusos más importantes de que son objeto, en ayudarlos a formular más exacta, y prácticamente sus reivindicaciones, en desarrollar en ellos la conciencia de su solidaridad, la conciencia de la comunidad de intereses y de causa de todos los obreros rusos como clase obrera única, que constituye una parte del ejército mundial del proletariado. La organización de círculos entre los obreros, el establecimiento de vínculos regulares y conspirativos entre los mismos y el grupo central de los socialdemócratas, la edición y difusión de literatura obrera, la organización del envío de correspondencia desde todos los centros del movimiento obrero, la publicación de volantes v proclamas de agitación, v su difusión; la preparación de un contingente de agitadores experimentados: tales son, en rasgos generales, las manifestaciones de la actividad socialista de la socialdemocracia rusa.

Nuestra labor, ante todo y sobre todo, está dirigida hacia los obreros de las fábricas urbanas. La socialdemocracia rusa no debe desperdigar sus fuerzas, debe concentrar su actividad entre el proletariado industrial, el más susceptible de asimilar las ideas socialdemócratas, el más desarrollada intelectual y políticamente, el más importante por su número y por su concentración en los grandes centros políticos del país. Por eso, la creación de una sólida organización revolucionaria entre los obreros fabriles, de la ciudad, constituye la tarea primera y esencial de la socialdemocracia, y sería el colmo de la insensatez desviarse ahora del cumplimiento de este objetivo. Pero aunque reconocemos la necesidad de concentrar nuestras fuerzas entre los obreros fabriles, aunque condenamos la dispersión de fuerzas, no queremos decir con ello, ni mucho menos, que la socialdemocracia rusa haga caso omiso de las demás capas del proletariado y de la clase obrera rusa. Nada de eso. El obrero fabril ruso, por las condiciones mismas de su vida, tiene que establecer continuamente las más estrechas relaciones con kustares, con ese proletariado industrial diseminado fuera de las fábricas, en las ciudades y aldeas, y cuyas condiciones de vida son mucho peores. También mantiene contacto directo con la población rural (muchas veces el obrero fabril tiene familia en el campo ) y, por consiguiente, no puede dejar de acercarse al proletariado agrícola, a la, masa! de millones de peones y jornaleros profesionales, así como a los campesinos arruinados, que, aferrados a su miserable parcela de tierra, recurren corrientemente al sistema de “pago en trabajo”, o tratan de ganar algún “jornal” cuando se presenta una oportunidad, esto es, realizan también trabajo asalariado. Los socialdemócratas rusos consideran inoportuno orientar su labor hacia los kustares y obreros agrícolas, pero en modo alguno se proponen dejarlos de lado, tratarán asimismo de poner a los obreros de vanguardia al corriente de los problemas que atañen a ambos, para que éstos, al ponerse en contacto con capas más atrasadas del proletariado, les inculquen también las ideas de la lucha de clases, del socialismo y de los objetivos políticos de la democracia rusa en general y del proletariado ruso en particular. No es práctico enviar agitadores a los kustares y obreros agrícolas, mientras quede por realizar tal cantidad de trabajo entre los obreros fabriles de la ciudad, pero en numerosos casos, independientemente de su voluntad, el obrero socialista se pone en contacto con esos medios y debe saber utilizar esa oportunidad y comprender las tareas generales de la socialdemocracia en Rusia. Por eso se equivocan profundamente quienes acusan a la socialdemocracia rusa de estrechez, de subestimar a la masa de la población trabajadora por atender sólo a los obreros fabriles. Por el contrario, la agitación entre las capas avanzadas del proletariado es el camino más seguro, el único para conseguir también el despertar (a medida que “se vaya extendiendo el movimiento) de todo el proletariado ruso. La difusión del socialismo y de las ideas de la lucha de clases entre los obreros de la ciudad, hará desbordar indefectiblemente estas ideas por canales más pequeños, más diversos; para ello es necesario que estas ideas echen raíces más profundas en el medio más preparado e impregnen a esta vanguardia del movimiento obrero ruso y de la revolución rusa. Al dirigir todas sus fuerzas a la actuación entre los obreros fabriles, la socialdemocracia rusa está dispuesta a apoyar a los revolucionarios rusos que, a través de la práctica, llegan a organizar una labor socialista basada en la lucha de clases del proletariado, sin ocultar por ello, en lo más mínimo, que no son las alianzas prácticas con los otros grupos de revolucionarios que pueden o deben conducirla a contraer compromisos o hacer concesiones con respecto a la teoría, al programa, a la bandera. Persuadidos de que sólo la doctrina del socialismo científico y de la lucha de clases puede ser, en el presente, la teoría revolucionaria que sirva de bandera al movimiento revolucionario, los socialdemócratas rusos la propagarán con toda energía, la defenderán de las falsas interpretaciones, se alzarán contra cualquier intento de atar el movimiento obrero de Rusia, todavía joven, a doctrinas menos definidas. Las consideraciones teóricas demuestran, y la actividad práctica de los socialdemócratas lo confirma, que todos los socialistas en Rusia deben convertirse en socialdemócratas.

Pasemos a las tareas democráticas y a la labor democrática de los socialdemócratas. Repetimos una vez más que esta labor está indisolublemente ligada con la socialista. Al hacer propaganda entre los obreros, los socialdemócratas no pueden dejar a un lado los aspectos políticos, y considerarían un profundo error y una desviación de los principios fundamentales del socialdemocratismo mundial cualquier intento de dejar a un lado o aplazar los problemas políticos. Al lado de la propaganda del socialismo científico, los socialdemócratas rusos se plantean como tarea propia propagar entre las masas obreras las ideas democráticas, tratan de difundir el concepto de absolutismo en todas las manifestaciones de su actividad, su contenido de clase, la necesidad de su derrocamiento, la imposibilidad de luchar con éxito por la causa obrera si no se conquista la libertad política y no se democratiza el régimen político y social de Rusia. Al hacer agitación entre los obreros basada en las reivindicaciones económicas inmediatas, los socialdemócratas relacionan también estrechamente con éstas la agitación basada en las necesidades políticas inmediatas, la miseria y las reivindicaciones de la clase obrera: agitación contra el yugo policíaco que se manifiesta en cada huelga, en cada conflicto de los obreros con los capitalistas; agitación contra la restricción de derechos de los obreros como ciudadanos rusos, en general, y como la clase más oprimida y falta de derechos, en particular; agitación contra cada representante destacado y cada lacayo del absolutismo que se ponga en contacto directo con los obreros y muestre palpablemente a la clase obrera la esclavitud política a que está sujeta. Si no hay problema de la vida obrera, en el terreno económico, que no pueda ser utilizado con fines de agitación económica, tampoco hay en el campo político problema que no deba ser objeto de agitación política. Estas dos formas de agitación se encuentran tan indisolublemente ligadas en la actividad de los socialdemócratas como lo están entre sí las dos caras de una medalla. Tanto la agitación política como la económica son igualmente indispensables para el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado; tanto la agitación política como la económica son igualmente indispensables como orientación de la lucha de clase de los obreros rusos, pues toda lucha de clase es lucha política. Uno y otro tipo de agitación, al despertar la conciencia de los obreros, al organizarlos, disciplinarlos y educarlos para la actividad solidaria y para la lucha por los ideales socialdemócratas, les permitirán probar sus fuerzas en los problemas y necesidades inmediatos, lograr concesiones parciales del enemigo, mejorar su situación económica, obligarán a los capitalistas a tener en cuenta la fuerza de los obreros organizados y al gobierno a ampliar los derechos de los obreros, a atender sus reivindicaciones, manteniendo a ambos en constante temor anta la hostilidad de las masas obreras dirigidas por una sólida organización socialdemócrata.

Ya hemos señalado la indivisible afinidad de la propaganda y la agitación socialista y democrática, el completo paralelismo del trabajo revolucionario en una y otra esfera. Pero hay también una gran diferencia entre ambos aspectos de la actividad y de la lucha. Esta diferencia consiste en que, en la lucha económica, el proletariado se encuentra completamente solo, y tiene en su contra tanto a la nobleza terrateniente como a la burguesía, cuenta (y eso no siempre, ni mucho menos) cuando mucho con la ayuda de los elementos de la pequeña burguesía que se sienten impulsados hacia el proletariado. En cambio, en la lucha democrática, política, la clase obrera rusa no está sola; a su lado se colocan todas las capas de la población y clases pertenecientes a la oposición política, por cuanto son hostiles al absolutismo y luchan contra él en tales o cuales formas. Al lado del proletariado se encuentran en esta lucha; elementos opositores de la burguesía, de las clases instruidas, de la pequeña burguesía o de las nacionalidades, religiones y sectas, etc., etc., perseguidos por el absolutismo. Cabe, naturalmente, la pregunta: ¿qué relaciones debe mantener la clase obrera con estos elementos?, y además, ¿no tiene que unirse a los mismos para la lucha común contra el absolutismo? Dado que todos los socialdemócratas reconocen que la revolución política en Rusia debe preceder a la revolución socialista, ¿no correspondería unir a todos los elementos políticos opositores para la lucha contra el absolutismo y aplazar por ahora el socialismo, y no será esto imprescindible para intensificar la lucha contra el absolutismo?

Analicemos estos dos interrogantes.

Por lo que se refiere a las relaciones de la clase obrera, como combatiente contra el absolutismo, con las demás clases y grupos sociales políticamente opositores, estas relaciones han sido definidas con toda precisión por los principios fundamentales del socialdemocratismo, expuestos en el célebre Manifiesto Comunista [2]. Los socialdemócratas apoyan a las clases sociales progresistas contra las reaccionarias, a la burguesía contra los representantes del estamento privilegiado de los grandes terratenientes y contra la burocracia, a la gran burguesía contra la codicia reaccionaria de la pequeña burguesía. Este apoyo no presupone ni exige compromiso alguno con programas y principios no socialdemócratas: es un apoyo a un aliado contra un enemigo determinado. Además, los socialdemócratas prestan este apoyo para acelerar la caída del enemigo común, pero no esperan nada para sí de estos aliados temporales ni les hacen concesión alguna. Los socialdemócratas apoyan todo movimiento revolucionario contra el régimen social actual, apoyan a toda nacionalidad oprimida, a toda religión perseguida, a cualquier estamento humillado, etc., en su lucha por la igualdad de derechos.

El apoyo a todos los elementos políticos opositores se expresará en la propaganda de los socialdemócratas en que, al demostrar la hostilidad del absolutismo hacia la causa obrera, los socialdemócratas han de señalar también esa hostilidad hacia estos u otros grupos sociales, han de señalar la solidaridad de la clase obrera con otros grupos en tales o cuales problemas, en éstas o las otras tareas, etc. En la agitación, este apoyo se expresará en que los socialdemócratas utilizarán toda manifestación del yugo policíaco del absolutismo y señalarán a los obreros cómo pesa ese yugo sobre todos los ciudadanos en general, y en particular sobre los representantes de los estamentos, nacionalidades, religiones, sectas, etc., más oprimidas, y cómo repercute sobre todo en la clase obrera. Por último, en la práctica, este apoyo se expresa en que los socialdemócratas rusos están dispuestos a establecer alianzas con revolucionarios de otras tendencias para lograr unos u otros objetivos parciales, y esta disposición ya ha sido probada más de una vez en los hechos.

Aquí abordamos ya el segundo problema. Al referirse a la solidaridad de unos y otros grupos opositores con los obreros, los socialdemócratas siempre señalarán en especial a estos últimos, les explicarán siempre el carácter temporal y condicional de esa solidaridad, subrayarán siempre la independencia de clase del proletariado, que mañana: puede ir contra sus aliados de hoy. Se nos dirá: “Esta indicación debilitará a todos los que luchan por la libertad política en el momento actual”. Nosotros respondemos: esta indicación fortalecerá a todos los que luchan por la libertad política. Sólo son fuertes quienes se apoyan en intereses reales claramente comprendidos de determinadas clases, y todo factor que oculte estos intereses de clase, que desempeñan ya un papel dominante en la sociedad actual, no puede sino debilitar la lucha. Esto en primer lugar. En segundo término, en la lucha contra el absolutismo la clase obrera debe destacarse, en primer término, porque sólo ella es consecuente hasta el fin y enemiga incondicional del absolutismo, sólo entre la misma y el absolutismo son imposibles los compromisos, sólo en la clase obrera la democracia puede encontrar un partidario sin reservas, sin indecisiones, que no mire para atrás. En todas las demás clases, grupos, capas de la población, la hostilidad al absolutismo no es incondicional, su democracia mira siempre hacia atrás. La burguesía no puede dejar de reconocer que el absolutismo retarda el desarrollo industrial y social, pero teme la democratización completa del régimen político y social, y siempre puede concertar una alianza con el absolutismo, contra el proletariado. La pequeña burguesía tiene, por su propia naturaleza, una doble posición: por un lado se siente atraída hacia el proletariado y la democracia, y por el otro hacia las clases reaccionarias; trata de detener la historia, es capaz de dejarse arrastrar por los experimentos y coqueteos del absolutismo (como en el caso de la “política popular” de Alejandro III), es capaz de concertar una alianza con las clases dominantes contra el proletariado, en aras del fortalecimiento de su posición de pequeños propietarios. La gente instruida, “la intelectualidad” en general, tiene que rebelarse contra el salvaje yugo policíaco del absolutismo, que persigue el pensamiento y el saber, pero sus intereses materiales la ligan al absolutismo, a la burguesía, la obligan a ser inconsecuente, a transigir, a vender su apasionamiento opositor y revolucionario por los sueldos estatales o por la participación en ganancias o dividendos. En cuanto a los elementos democráticos de las nacionalidades oprimidas y de confesiones religiosas perseguidas, todo el mundo sabe y ve que en el seno de estas capas de la población las contradicciones de clase son mucho más profundas y fuertes que la solidaridad de todas las clases de semejante capa contra el absolutismo y en favor de las instituciones democráticas. Sólo el proletariado puede ser —y, por su posición de clase no puede dejar de serlo- demócrata consecuente hasta el fin, enemigo decidido del absolutismo, incapaz de hacer concesión alguna, de contraer compromiso alguno. Sólo el proletariado puede ser el luchador de vanguardia por la libertad política y por las instituciones democráticas, porque, en primer lugar, la opresión política cae sobre él con la máxima dureza, y en la situación de esta clase nada hay que la atenúe, pues no tiene acceso al poder supremo, ni aun a la burocracia, ni ejerce influencia sobre la opinión pública. Y en segundo término, sólo el proletariado es capaz de llevar hasta el fin la democratización del régimen político y social, pues tal democratización pondría este régimen en manos de los obreros. He aquí por qué la fusión de la actividad democrática de la clase obrera con el democratismo de las demás clases y grupos debilitaría la fuerza del movimiento democrático, debilitaría la lucha política, la haría menos decidida, menos consecuente, más capaz de aceptar compromisos. Por el contrario, destacar a la clase obrera como luchador de vanguardia por las instituciones democráticas fortalecerá el movimiento democrático e intensificará la lucha por la libertad política, pues la clase obrera empujará a todos los demás sectores democráticos y de oposición política, empujará a los liberales hacia los políticos radicales, empujará a los radicales a la ruptura irrevocable con todo el régimen político v social de nuestros días. Hemos dicho antes que en Rusia todos los socialistas deben convertirse en socialdemócratas. Ahora agregamos: todos los demócratas auténticos y consecuentes de Rusia deben convertirse en socialdemócratas.

Aclaremos nuestro pensamiento con un ejemplo: tomemos esa institución que es el cuerpo de los funcionarios, la burocracia, categoría particular de personas especializadas en la administración y colocada en una situación, privilegiada con respecto al pueblo. Comenzando por la Rusia absolutista, semiasiática, y terminando por la culta, libre y civilizada Inglaterra, vemos dondequiera esta institución, que constituye un organismo imprescindible de la sociedad burguesa. Al atraso de Rusia y a su absolutismo corresponde la ausencia completa de derechos del pueblo frente a la burocracia, la total ausencia de control sobre esa burocracia privilegiada. En Inglaterra el pueblo ejerce un eficaz control sobre la administración, pero aun allí está lejos de ser completo; aun allí la burocracia conserva no pocos privilegios y es a menudo la dueña y no la servidora del pueblo. También en Inglaterra podemos ver que fuertes grupos sociales mantienen todavía la situación privilegiada de la burocracia, entorpecen su completa democratización. ¿Por qué sucede esto? Porque su completa democratización coincide solamente con los intereses del proletariado: las capas más avanzadas de la burguesía defienden ciertas prerrogativas de la burocracia, se rebelan contra la elegibilidad de todos los empleados públicos, contra la completa anulación del censo, contra la responsabilidad directa de los empleados públicos a”te el pueblo, etc., pues presienten que semejante democratización definitiva sería empleada por el proletariado contra la burguesía. Lo mismo sucede en Rusia. Contra la todopoderosa, irresponsable, venal, bárbara, ignorante y parasitaria burocracia rusa, se han rebelado las capas más diversas y numerosas del pueblo ruso. Pero, a excepción del proletariado, ninguna de esas capas aceptaría la plena democratización de la burocracia, porque todos ellos (burguesía, pequeña burguesía, “intelectualidad” en general) tienen lazos que los ligan a la burocracia, porque todos ellos tienen un parentesco con la burocracia rusa. ¿Quién ignora la facilidad con que, en la Santa Rusia, el intelectual radical, el intelectual socialista se convierte en funcionario del gobierno imperial, en un funcionario que se consuela con el “bien” que hace dentro del marco de la rutina oficinesca, que justifica con ese “bien” su indiferencia política, su servilismo ante el gobierno del látigo v el garrote? Sólo el proletariado es incondicionalmente hostil al absolutismo y a la burocracia rusos, sólo el proletariado está libre de hilos que lo aten a esos organismos de la sociedad de la nobleza y la burguesía, sólo él es capaz de una hostilidad irreconciliable y de una lucha decidida contra los mismos.

Cuando demostramos que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia en sus luchas de clase, es el luchador de vanguardia de la democracia rusa, nos encontramos con una opinión muy extendida y en extremo peregrina, de que la socialdemocracia rusa relega a segundo plano las tareas políticas y la lucha política. Como vemos, esta opinión es diametralmente opuesta a la verdad. ¿Pero cómo explicar tan asombrosa incomprensión de los principios de la socialdemocracia, expuestos repetidas veces, inclusive en las primeras publicaciones de la socialdemocracia rusa, en los folletos y libros del grupo “Emancipación del Trabajo”, publicados en el extranjero? Nos parece que la explicación de este sorprendente hecho reside en las tres circunstancias siguientes:

En primer lugar, en una incomprensión general de los principios del socialdemocratismo por los representantes de las viejas teorías revolucionarias, acostumbrados a hacer programas y planes de acción basándose en ideas abstractas y sin tener en cuenta las clases reales que actúan en el país, ubicadas por la historia en relaciones recíprocas determinadas. Sólo por no considerar de este modo realista los intereses que sostienen a la democracia rusa, pudo surgir la opinión de que la socialdemocracia rusa deja en segundo plano las tareas democráticas de los revolucionarios rusos.

En segundo lugar, en la incomprensión de qua la combinación en un todo de los problemas políticos y económicos de la actividad socialista y democrática, en una misma lucha de clase del proletariado, lejos de debilitar, fortalece el movimiento democrático y la lucha política, aproximándose a los intereses reales de las masas populares, saca los problemas políticos de los “estrechos gabinetes de los intelectuales” para ponerlos en la calle, entre los obreros y las clases trabajadoras, sustituyendo las ideas abstractas de la opresión política por las manifestaciones reales, que las sufre más que nadie el proletariado, y sobre cuya base realiza su trabajo de agitación la socialdemocracia. El radical ruso tiene a menudo la impresión de que afirmando la necesidad de desarrollar el movimiento obrero, de organizar la lucha de clase del proletariado, en vez de apelar abierta y directamente a los obreros de vanguardia para la lucha política, el socialdemócrata retrocede en su convicción democrática, relega a segundo plano la lucha política. Pero si aquí hay retroceso sólo puede ser aquél del que habla el proverbio francés: II faut reculer pour mieux sauter! (¡Hay que retroceder para saltar mejor!).

En tercer lugar, la confusión se debe a que el mismo concepto de “lucha política” tiene distinto significado para un partidario de “Naródnaia Volia” y un miembro de “Naródnoie Pravo”, por un lado, y para un socialdemócrata, por el otro. Los socialdemócratas entienden la lucha política de otro modo, la entienden de modo mucho más amplio que los representantes de las viejas teorías revolucionarias. Una ilustración palmaria de esta tesis, que puede parecer paradójica, nos la ofrece el Volante (del grupo “Naródnaia Volia”), núm. 4, del 9 de diciembre de 1895. Saludamos de todo corazón a esta publicación, que evidencia el profundo y fructífero proceso intelectual que se desarrolla entre los partidos contemporáneos de “Naródnaia Volia”, y no podemos dejar de señalar el artículo de P. Lavrov Sobre cuestiones programáticas (págs. 19- 22), que demuestra bien claramente que los partidarios de “ Naródnaia Volia” de la vieja usanza comprenden de modo distinto la lucha política [3]. “...Aquí—escribe Lavrov hablando de la relación entre el programa de “Naródnaia Volia” y el socialdemócrata—, es esencial una sola cosa y sólo una: ¿es posible organizar bajo el absolutismo, un fuerte partido obrero sin crear, además, un partido revolucionario dirigido contra el absolutismo?” (pág. 21, col. 2); y lo mismo un poco más arriba (col. 1): “...organizar un partido obrero ruso bajo la dominación del absolutismo sin organizar, al mismo tiempo, uní partido revolucionario contra este absolutismo...” Para nosotros es completamente incomprensible esta diferencia, tan cardinal para Lavrov. ¿Cómo es esto? ¿¿”Un partido obrero además de un partido revolucionario dirigido contra el absolutismo”?? ¿Pero acaso el mismo partido obrero no es un partido revolucionario? ¿Acaso no está dirigido contra el absolutismo? La explicación de esta extravagancia la da el siguiente párrafo del artículo de Lavrov: “Forzoso es proceder a la organización del partido obrero ruso aunque exista el absolutismo con todas sus delicias. Si los socialdemócratas lograran hacerlo, sin organizar al mismo tiempo una conspiración [4] política contra el absolutismo, con todas las condiciones de semejante conspiración, entonces, naturalmente, su programa político sería adecuado para los socialistas rusos, ya que la emancipación de los obreros se realizaría con las fuerzas de los obreros mismos. Pero esto es bastante dudoso, si no imposible” (pág. 21, col. 1). ¡He aquí el quid de la cuestión! ¡Para un partidario de “Naródnaia Volia” el concepto de lucha política equivale al de conspiración política! Es necesario confesar que con estas palabras Lavrov ha logrado expresar con plena claridad la diferencia fundamental que existe en la táctica de la lucha política entre los partidarios de “Naródnaia Volia” y los socialdemócratas. Las tradiciones del blanquismo, de la conspiración, están tan arraigadas entre los partidarios de “Naródnaia Volia”, que no pueden concebir la lucha política sino como conspiración política. En cambio, los socialdemócratas no pecan de semejante estrechez de criterio; no creen en la conspiración, piensan que la época de las conspiraciones ha quedado atrás ’hace tiempo, que reducir la lucha política a la conspiración significa, por un lado, hacerla muy estrecha, y por el otro, elegir los métodos de lucha menos acertados. Cualquiera puede comprender que cuando Lavrov dice que “la acción de Occidente sirve de modelo indiscutible para los socialdemócratas rusos” (pág. 21, col. 1) no es más que un recurso polémico; que en realidad los socialdemócratas rusos nunca perdieron de vista nuestras condiciones políticas, jamás soñaron en la posibilidad de crear en Rusia un partido obrero legal; que nunca han separado la lucha, por el socialismo de la lucha por la libertad política. Por el contrario, siempre creyeron y continúan creyendo, que esta lucha debe ser realizada no por conspiradores, sino por un partido revolucionario que se apoye en el movimiento obrero. Opinan que la lucha contra el absolutismo no debe consistir en organizar conspiraciones, sino en educar, disciplinar y organizar al proletariado, en ’hacer entre los obreros una agitación política que estigmatice al absolutismo, que ponga en la picota a todos esos caballeros andantes del gobierno policíaco y obligar a este gobierno a hacer concesiones. ¿Acaso no es ésta precisamente la actividad de la “Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera” de San Petersburgo? ¿Acaso esta organización no constituye el germen de un partido revolucionario, que se apoya en el movimiento obrero y dirige la lucha de clase del proletariado, la lucha contra el capital y contra el gobierno absolutista, sin organizar conjuras de ninguna clase y sacando sus fuerzas precisamente de la fusión de la lucha socialista y democrática en una indivisible lucha de clases del proletariado-de Petersburgo? ¿Acaso la actividad de la “Unión”, a pesar de ser tan reciente, no ha demostrado ya que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, representa una gran fuerza política, que el gobierno se ve obligado a tener en cuenta, y a la cual se apresura a hacer concesiones? La ley del 2 de junio de 1897 [5], por el apuro en promulgarla y por su contenido, demuestra claramente la importancia que tiene como concesión arrancada por el proletariado, como posición conquistada al enemigo del pueblo ruso. La concesión es harto pequeña, la posición muy insignificante, pero la organización de la clase obrera que ha logrado arrancar esta concesión, tampoco se distingue por su amplitud, ni por la solidez, ni por la antigüedad, ni por la riqueza de experiencia o de medios: la “Unión de lucha” no se fundó, como es sabido, hasta el año 1895–1896, y sus llamamientos a los obreros se han reducido a volantes impresos en hectógrafo o litografiados. ¿Es posible negar que una organización análoga, que abarcara por lo menos los principales centros del movimiento obrero de Rusia (la región de Petersburgo, de Moscú-Vladímir, del Sur y las más importantes ciudades, como Odesa, Kíev, Sarátov, etc.), que dispusiera de un órgano revolucionario y gozase entre los obreros rusos de la autoridad de que goza la “Unión de lucha” entre los obreros de Petersburgo, que una organización análoga sería un factor político importantísimo en la Rusia actual, un factor al cual el gobierno no podría dejar de tener en cuenta en toda su política, tanto interna como exterior? Al dirigir la lucha de clase del proletariado, desarrollar la organización y la disciplina entre los obreros, ayudarlos a luchar por sus necesidades económicas inmediatas y a arrebatar al capital una posición tras otra, educar políticamente a los obreros y acosar de modo sistemático y consecuente al absolutismo, hostigando a cada uno de los Bashibuzuks zaristas, que hacen sentir al obrero la pesada garra del gobierno policíaco, semejante organización sería, al mismo tiempo, una organización del partido obrero adaptada a nuestras condiciones y un poderoso partido revolucionario dirigido contra el absolutismo. Pero discurrir de antemano sobre el medio a eme recurrirá esta organización para asestar un golpe decisivo al absolutismo, sobre si preferirá, por ejemplo, la insurrección o la huelga política de masas u otra forma de ataque, y decidir en el momento actual este problema, sería vano doctrinarismo. Se parecería al caso de generales que se reunieran en consejo militar antes de reclutar las tropas, de movilizarlas y de ponerlas en marcha contra el adversario. Y cuando el ejército del proletariado luche inflexiblemente y bajo la dirección de una fuerte organización socialdemócrata, por su emancipación económica y política, entonces, ese mismo ejército señalará a los generales los métodos y medios de acción. Entonces, sólo entonces, se podrá resolver el problema de asestar el golpe definitivo al absolutismo, pues ello depende precisamente del estado del movimiento obrero, de su amplitud, de los métodos de lucha por él elaborados, de las cualidades de la organización revolucionaria que dirija el movimiento, de la actitud de otros elementos sociales respecto del proletariado y el absolutismo, de las condiciones de la política exterior e interna. En una palabra, de mil condiciones que es imposible e inútil tratar de adivinar.

Por eso, es también muy injusto el siguiente juicio de Lavrov:

“Pero si ellos [los socialdemócratas] no sólo tienen que agrupar, de uno u otro modo, a las fuerzas obreras para la lucha contra el capital, sino que tienen que reunir a personas y grupos revolucionarios para la lucha contra el absolutismo, entonces los socialdemócratas rusos, o como quiera que se llamen, adoptarán en la práctica el programa de sus adversarios, los partidarios de ’Naródnaia Volia’, o como quiera que se llamen. Las diferencias de opinión sobre la comunidad campesina, sobre los destinos del capitalismo en Rusia, sobre el materialismo económico, son aspectos particulares, de muy poca importancia para el problema en sí, y que facilitan o entorpecen la solución de tareas parciales, la adopción de métodos apropiados para la preparación de los puntos fundamentales; pero nada más” (pág. 21, col. 1).

¡Hasta resulta extraño discutir esta última afirmación según la cual la diferencia de opiniones sobre la manera de concebir los problemas fundamentales de la realidad rusa y del desarrollo de la sociedad rusa, sobre los problemas fundamentales de la interpretación de la historia, pudieran considerarse sólo “aspectos particulares”! Hace mucho que se ha dicho que sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario, y no creo que en el momento actual sea necesario probar semejante verdad. Calificar de “particulares” a estos grandes problemas revolucionarios —teoría de la lucha de clase, concepción materialista de la historia rusa, y apreciación materialista de la actual situación económica y política de Rusia, reconocimiento de la necesidad de reducir la lucha revolucionaria a determinados intereses de una clase determinada, analizando sus relaciones con las otras clases— es hasta tal punto colosalmente falso e inesperado en un veterano de la teoría revolucionaria, que casi nos inclinamos a considerar este pasaje sencillamente como un lapsus. Y con respecto a la primera mitad del párrafo que hemos citado, su sinrazón es aun más asombrosa. Declarar en letras de molde que los socialdemócratas rusos sólo agrupan a las fuerzas obreras para la lucha contra el capital (¡es decir, sólo para la lucha económica!), sin reunir a personas y grupos revolucionarios para la lucha contra el absolutismo, significa ignorar o querer ignorar hechos de todos conocidos acerca de la actividad de los socialdemócratas rusos. ¿O tal vez Lavrov no considera a quienes realizan una actividad práctica en las filas socialdemócratas como “personas revolucionarias” o “grupos revolucionarios’?! ¿O es que él entiende (y esto quizá sea lo más acertado) como “lucha” contra el absolutismo solamente las conjuraciones contra el absolutismo? (En la página 21, col. 2, dice: “...se trata de...organizar una conspiración revolucionaria”. La cursiva es nuestra). ¿Tal vez, según P. L. Lavrov, quien no organice conspiraciones políticas tampoco desarrolla una lucha política? Repetimos una vez más que tal punto de vista corresponde por entero a las tradiciones de los viejos partidarios de “Naródnaia Volia”, pero que no corresponde en absoluto a las concepciones actuales de la lucha política, ni a la realidad de hoy.

Tenemos que decir aun algunas palabras sobre los partidarios de “Naródnoie Pravo”. Lavrov tiene completa razón, a nuestro entender, cuando dice que los socialdemócratas “recomiendan a los partidarios de ‘Naródnoie Pravo’ como más sinceros, y están dispuestos a apoyarlos, pero sin llegar a la fusión con ellos” (pág. 19, col. 2). Sólo sería necesario agregar: como más sinceros demócratas, y siempre que los partidarios de “Naródnoie Pravo” actúen como demócratas consecuentes. Es de lamentar que esta condición sea más un futuro deseable que un presente real. Los partidarios de “Naródnoie Pravo” expresaron el deseo de emancipar del populismo a los objetivos demócratas y de emanciparlos en general, de todo lazo con las formas envejecidas del “socialismo ruso”, pero ellos mismos están muy lejos de haberse liberado de los viejos prejuicios, muy lejos de ser consecuentes, cuando dan a su partido, que sólo es de trasformaciones políticas, el nombre de partido “social (??!) -revolucionario” (véase su Manifiesto, fechado el 19 de febrero de 1894) y declaran en ese “manifiesto” que “en el concepto de derecho del pueblo contra la organización de la producción popular” (nos vemos precisados a citar de memoria), con lo cual introducen de contrabando los mismos prejuicios del populismo. Por eso, Lavrov tal vez no carece de razón, cuando los llama “políticos de mascarada” (pág. 20, col. 2). Pero quizá sería más justo considerar la corriente de “Naródnoie Pravo” como una doctrina, de transición, a la que no se puede dejar de reconocer el mérito de haberse avergonzado de la peculiaridad de las doctrinas populistas y de haber entrado en franca controversia con los más detestables reaccionarios del populismo, que se permiten decir, ante la faz, del absolutismo policíaco de clase, que son de desear transformaciones económicas y no políticas (véase Un problema candente, publicación del partido “Naródnoie Pravo”). Si en este partido no hay realmente más que ex socialistas, que ocultan su bandera socialista con fines tácticos, que sólo se colocan la máscara de políticos no socialistas (como supone Lavrov, pág. 20, col. 2), entonces, por cierto, ese partido no tiene, porvenir alguno. Pero si en ese partido hay políticos no socialistas, demócratas no socialistas, verdaderos, y no de mascarada, entonces puede aportar no poco beneficio si trata de acercarse a los elementos políticos opositores de nuestra burguesía, de despertar la conciencia política de clase de nuestra pequeña burguesía, de los pequeños comerciantes, pequeños artesanos, etc., de esta clase que en toda Europa occidental ha desempeñado su papel en el movimiento democrático y que en Rusia ha ’hecho progresos particularmente rápidos en el sentido cultural y en otros sentidos, durante la época posterior a la reforma, y que no puede dejar de sentir la opresión del gobierno policíaco, que presta un cínico apoyo a los grandes fabricantes, a los magnates monopolistas financieros e industriales. Para ello sólo es necesario que los partidarios de “Naródnoie Pravo” se planteen como tarea el acercamiento a las diferentes capas de la población y que no se limiten sólo a esos mismos “intelectuales”, cuya impotencia, dado su divorcio de los intereses reales de las masas, reconoce inclusive Un problema candente. Para esto es necesario que los partidarios de “Naródnoie Pravo” abandonen toda pretensión de fusionar a los más heterogéneos elementos sociales y de apartar al socialismo de las tareas políticas, que abandonen la falsa vergüenza que les impide acercarse a las capas burguesas del pueblo, es decir, que no solamente hablen de un programa de políticos no socialistas, sino que actúen de acuerdo con semejante programa, despertando y desarrollando la conciencia de clase de los grupos y clases sociales para los cuales el socialismo no es necesario en absoluto, pero que, cuanto más avanza el tiempo, sienten con mayor intensidad la opresión del absolutismo y la necesidad de la libertad política.

***

La socialdemocracia rusa es aún muy joven. Apenas empieza a salir del estado embrionario en donde los problemas teóricos ocupan el lugar predominante; apenas comienza a desarrollar su actividad práctica. En lugar de criticar las teorías y los programas socialdemócratas, los revolucionarios de otras fracciones necesariamente se ven obligados a criticar la actividad práctica de los socialdemócratas rusos. Y hay que reconocer que esta última crítica se distingue en forma tajante de la crítica teórica, se distingue hasta el punto de que ha sido posible lanzar rumores tan cómicos como el de que la “Unión de lucha” de Petersburgo no es una organización socialdemócrata. La posibilidad misma de semejante rumor demuestra cuan injusta es la acusación que se ha divulgado contra los socialdemócratas en cuanto a que se desentienden de la lucha política. La posibilidad misma de tal rumor es ya una prueba de que muchos revolucionarios, a los que no ha podido convencer la teoría de los socialdemócratas, comienzan a convencerse por la actividad práctica de éstos.

La socialdemocracia tiene aun ante sí un enorme campo de acción apenas abordado. El despertar de la clase obrera rusa, su aspiración espontánea ’hacia el saber, hacia la unidad, hacia el socialismo, hacia la lucha contra sus explotadores y opresores, adquiere día a, día formas más claras y amplias. Los avances prodigiosos realizados por el capitalismo ruso en los últimos tiempos constituyen la garantía de que el movimiento obrero no cesará de crecer en número y en fuerza. En el momento actual atravesamos evidentemente un período del ciclo capitalista en el que la industria “prospera” y el comercio es muy activo, las fábricas trabajan a pleno rendimiento y aparecen, como hongos después de la lluvia, en número incontable, nuevas fábricas, nuevas empresas, sociedades anónimas, la construcción de ferrocarriles, etc., etc. No hay que ser profeta para predecir la bancarrota inevitable (más o menos violenta) que debe seguir a esta “prosperidad” de la industria. Tal bancarrota arruinará a gran cantidad de pequeños patronos, convertirá en desocupados a gran número de obreros y planteará de este modo, agudamente, a toda la masa obrera los problemas del socialismo y de la democracia, que hace ya mucho están planteados para cada obrero conciente, para todo obrero que piensa. Los socialdemócratas rusos deben cuidar de que esta bancarrota encuentre al proletariado de Rusia más conciente, más unido, con una comprensión de las tareas de la clase obrera rusa, con capacidad de oponerse a la clase capitalista —que amasa hoy ganancias fabulosas y trata siempre de cargar las pérdidas sobre los hombros de los obreros—, con capacidad para ponerse al frente de la democracia rusa, en una decidida lucha contra el absolutismo policíaco, que ata de pies y manos a los obreros rusos, a todo el pueblo ruso.

¡Por lo tanto camaradas, manos a la obra! ¡No perdamos un tiempo tan precioso! ¡Los socialdemócratas rusos tienen ante sí un trabajo inmensa para atender las necesidades del proletariado que despierta, organizar el movimiento obrero, fortalecer a los grupos revolucionarios y su unión recíproca, procurar a los obreros literatura de propaganda y agitación, unir los círculos obreros y los grupos socialdemócratas diseminados por todos los confines de Rusia en un partido obrero socialdemócrata único!

Notas:

[1] En el manuscrito en lugar de las palabras “de la sociedad” había una abreviatura que podía leerse como “de la producción” o “del gobierno”, y así con esta segunda interpretación, se publicó en la primera edición. En la segunda (1905) publicada por Lenin, este error evidente fue corregido, tal como se da en esta edición y en la recopilación En doce años (1907). (Ed.)

[2] Véase C. Marx y F. Engels, ob. cit., págs. 9-35. (Ed.)

[3] El artículo de P. Lavrov, publicado en el núm. 4, es sólo un “fragmento” de una larga carta de Lavrov destinada a Materiales. Hemos oído decir que este verano (1897), apareció también en el extranjero el texto completo de esta carta y la contestación de Plejánov; pero no pudimos ver una ni otra. Tampoco sabemos si salió el núm. 5, en el que la Redacción había prometido publicar un artículo editorial a propósito de la carta de Lavrov, Véase núm. 4, pág. 22, col. 1, nota.

[4] La cursiva es nuestra.

[5] La ley del 2 de junio de 1897 reducía la jornada de trabaja a 11 horas y media y establecía un día obligatorio de descanso, el domingo. (Ed.)


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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