Harpal Brar

La experiencia de la Internacional Comunista y su significado en la lucha actual

Miércoles 20 de marzo de 2019


La experiencia de la Internacional Comunista y su significado en la lucha actual

Cuando se cumplen 100 años de la fundación de la Internacional Comunista, en marzo de 1919, Unión Proletaria le rinde homenaje con la publicación de este texto de rabiosa actualidad, que es parte de la ponencia presentada por Harpal Brar, Presidente del Partido Comunista de Gran Bretaña (Marxista-Leninista), al 14º Seminario Comunista Internacional, celebrado en Bruselas del 2 al 4 de mayo de 2005. En él, se recuerda cómo los comunistas cosecharon los mayores progresos luchando por unir a la clase obrera y a los oprimidos contra la clase capitalista y su ariete fascista. Posteriormente, desde que una parte del movimiento comunista internacional renegó de los principios revolucionarios del marxismo-leninismo, la otra ha olvidado esta lección. A medida que los comunistas comprendamos y corrijamos esta equivocación, la clase obrera volverá a ponerse en pie y completará su misión histórica revolucionaria. (La traducción es de Alexandre García).

Me han encargado hablarles de la experiencia de la Internacional Comunista (Comintern) y de su significado para la lucha actual. También me han pedido que destaque las diferencias entre esta misma Internacional Comunista y las Primera y Segunda Internacionales. Es complicado hacerle justicia, en una breve exposición, a un tema tan vasto. Por esta razón, trataré de esbozar aquí un breve perfil de las principales características de estas tres organizaciones y de sus realizaciones. Estas tres Internacionales deben ser consideradas como un todo en el desarrollo de los principios teóricos, organizativos y políticos del movimiento obrero.

En 1913, Lenin definía tres períodos principales de la historia mundial desde la publicación de El Manifiesto del Partido Comunista, en 1848: « Desde entonces, la historia universal se divide nítidamente en tres períodos principales: 1) de la Revolución de 1848 a la Comuna de París (1871); 2) de la Comuna de París a la Revolución Rusa (1905); 3) de la Revolución Rusa hasta nuestro días. » Concluía: « Desde la aparición del marxismo, cada una de las tres grandes épocas de la historia universal le ha aportado nuevas confirmaciones y nuevos triunfos. Pero... », añadía proféticamente, « ... la época histórica que viene aportará al marxismo, doctrina del proletariado, un triunfo aún más resplandeciente » [1]

Esta profecía genial se verificaría brillantemente cuatro años más tarde, durante la Revolución de Octubre, que iba a marcar época, y la creación de la Comintern en 1919.

(…)

La Tercera Internacional (comunista)

« La Primera Internacional echó los cimientos de la lucha proletaria internacional por el socialismo. La II Internacional marcó la época de la preparación del terreno para una amplia extensión del movimiento entre las masas en una serie de países. La III Internacional ha recogido los frutos del trabajo de la II Internacional, ha amputado la parte corrompida, oportunista, socialchovinista, burguesa y pequeñoburguesa y ha comenzado a implantar la dictadura del proletariado. » [2]

Aunque fundada en marzo de 1919, el objetivo de la instauración de la Comintern fue proclamado explícitamente por Lenin en noviembre de 1914, cuando escribió: « La Segunda Internacional está muerta, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo, y viva la Tercera Internacional tras haber despachado (...) el oportunismo! » [3]

El I Congreso de la Comintern establece en términos claros los principios del comunismo revolucionario, poniendo de relieve la teoría del marxismo en la era de la crisis general del capitalismo y de la revolución proletaria mundial, la necesidad de romper con el socialchovinismo y el centrismo, y la clarificación del límite entre democracia burguesa y dictadura del proletariado.

El II Congreso de la Comintern (julio-agosto de 1920) adoptó las famosas « 21 condiciones de admisión en la Internacional Comunista ». Éstas incluían la ruptura con el reformismo, el socialpacifismo y el centrismo, el control estricto de los grupos parlamentarios y la necesidad de ver la prensa del partido subordinada al partido, una actividad consistente en el seno de las organizaciones de masas, el apoyo de los movimientos de liberación nacional, el apoyo incondicional a toda república soviética contra fuerzas contrarrevolucionarias, el centralismo democrático y una disciplina de hierro en la organización, la combinación del trabajo legal e ilegal, la propaganda y la agitación entre las fuerzas armadas, el trabajo en las zonas rurales, las purgas periódicas entre los miembros y la aceptación de la naturaleza obligatoria de las decisiones de la Comintern.

A diferencia de la Segunda Internacional, la Comintern se fijó el objetivo consistente en unir a los trabajadores del mundo entero, sin distinción de color o de raza: « La Internacional Comunista rompe de una vez por todas con las tradiciones de la Segunda Internacional, para la cual, en realidad, sólo los pueblos con la piel blanca existían. La tarea de la Internacional Comunista es liberar a los trabajadores del mundo entero. En sus filas, los pueblos de raza blanca, amarilla y negra – los trabajadores del mundo entero – están unidos fraternalmente. »

La importancia del II Congreso puede verse en el hecho de que estableció la constitución y las reglas de la organización, al igual que formuló tesis sobre un montón de cuestiones importantes, incluyendo el parlamentarismo, el sindicalismo, la cuestión agraria, la cuestión nacional y colonial y el papel del partido comunista.

Como hemos visto, las condiciones de Lenin para la admisión en la Tercera Internacional eran muy estrictas. La Internacional, al igual que el partido comunista de cualquier país, debía ser depurada del oportunismo, y cada uno de estos partidos debía luchar sin reservas para ganar a la clase obrera para la política revolucionaria proletaria.

Hasta el año 1914, era posible que diversas tendencias opuestas, desde los fabianos hasta los bolcheviques, se encontraran en el seno de una sola Internacional. Siempre era posible tratar las tendencias erróneas y oportunistas como tendencias en el seno del movimiento obrero. La guerra de 1914 y más aún la revolución de Octubre iban a colocar a estas tendencias en lados opuestos de las barricadas.

Cuando Henderson aplaudió la ejecución del legendario James Connoly, cuando Scheidemann y Noske asesinaron a Liebknecht y a Rosa Luxemburgo, cuando los mencheviques y los social-revolucionarios se asociaron con la Guardia blanca de los generales Kolchak y Denikin para hacer la guerra contra la revolución de Octubre, habría sido particularmente ridículo tratar la socialdemocracia como una simple tendencia errónea del movimiento obrero y buscar la unidad con ella. Se había convertido en un agente declarado de la burguesía y un enemigo confeso del proletariado revolucionario, y así es como convenía tratarla y combatirla: como enemiga mortal de la clase obrera.

No obstante, esto no significa de ninguna manera la retirada de las organizaciones de masas que tenían una dirección reaccionaria ni el rechazo absoluto de tratar o hacer compromisos con la clase enemiga en cualquier circunstancia.

El propio Lenin, que exigía la extrema pureza revolucionaria en el seno del partido revolucionario y de la internacional revolucionaria no tenía problemas en llegar a una transacción con un reaccionario si ello podía resultar útil o contribuir a hacer progresar la causa de la clase obrera. He aquí lo que decía Lenin acerca de la cuestión de llegar a un trato con los monárquicos franceses en 1918.

« En febrero de 1918, cuando las fieras voraces del imperialismo alemán lanzaron sus tropas contra la Rusia inerme, que había desmovilizado su ejército, confiada en la solidaridad proletaria internacional, antes de que madurara plenamente la revolución mundial, no vacilé lo más mínimo en concertar cierto "convenio" con los monárquicos franceses. El capitán francés Sadoul, que de palabra simpatizaba con los bolcheviques, mientras de hecho servía en cuerpo y alma al imperialismo francés, me presentó al oficial francés de Lubersac. "Yo soy monárquico -me confesó de Lubersac-. Mi único objetivo es la derrota de Alemania". Se sobrentiende, le contesté (cela va sans dire). Ello no me impidió en absoluto "convenir" con de Lubersac en cuanto a los servicios que los oficiales franceses especializados en voladuras estaban dispuestos a prestarnos para volar las vías férreas y obstaculizar así la invasión de los alemanes. Fue un modelo de "convenio" que aprobará todo obrero consciente, un convenio en provecho del socialismo.

Un monárquico francés y yo nos estrechamos la mano sabiendo que cada cual colgaría gustoso a su "consocio". Pero nuestros intereses coincidían temporalmente. Nosotros aprovechamos intereses opuestos, igualmente de fieras, de otros imperialistas, en beneficio de la revolución socialista rusa y de la revolución socialista mundial, contra las fieras alemanas que nos atacaban. Así servíamos a los intereses de la clase obrera de Rusia y de otros países; reforzábamos al proletariado y debilitábamos a la burguesía del mundo entero; empleábamos medios archilegítimos e imprescindibles en toda guerra: la maniobra, la estratagema, el repliegue en espera del momento en que sazone la revolución proletaria que va madurando rápidamente en varios países avanzados.

Y por mucho que vociferen de rabia los tiburones del imperialismo anglo-francés y norteamericano, por mucho que nos calumnien, por muchos millones que gasten en sobornar a los periódicos eseristas de derecha, mencheviques y demás socialpatrioteros, yo no dudaré un solo instante en concertar un "convenio" idéntico con las fieras voraces del imperialismo alemán, en el caso de que el ataque de las tropas anglo-francesas a Rusia lo haga necesario. » [4]

Los miembros de la Internacional y de una organización compuesta únicamente por los elementos más avanzados de la clase obrera, es decir un partido comunista, constituyen un foro para elaborar las mejores estrategias y tácticas que permitan evolucionar. Pero no resulta muy útil tener un perfecto conocimiento de las mejores estrategias y tácticas posibles si no se las pone en práctica. Hacerlo implica que uno se dirija a las masas allá donde estén y que se emprenda la lucha diaria por la realización de los objetivos progresistas en alianza con todos aquellos que, en lo esencial, le añadían más peso al campo proletario de la lucha.

De ninguna manera los comunistas pueden esperar que las organizaciones de masas estén al amparo de un pensamiento erróneo. Si lo fueran, no habría ninguna necesidad de un partido comunista. Después de todos los arrebatos de Lenin contra la aristocracia obrera y su dirección traicionera de los sindicatos, algunos se habrían esperado a que Lenin les dijera que en ninguna circunstancia los comunistas deberían trabajar en estos sindicatos reaccionarios. Pero en La enfermedad infantil del « izquierdismo » en el comunismo, Lenin los iba a desengañar duramente de sus puntos de vista erróneos: « En los países más adelantados que Rusia, se ha hecho sentir y debía hacerse sentir un cierto espíritu reaccionario de los sindicatos, indudablemente más acentuado que en nuestro país. Aquí los mencheviques hallaban (y en parte hallan todavía en un pequeño número de sindicatos) un apoyo entre los sindicatos, precisamente gracias a esa estrechez corporativa, a ese egoísmo profesional y al oportunismo. Los mencheviques de Occidente se han “fortificado” mucho más sólidamente en los sindicatos, allí ha surgido una capa mucho más fuerte de “aristocracia obrera” profesional, mezquina, egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el imperialismo. Esto es indiscutible. (…) Es preciso sostener esta lucha implacablemente y continuarla como hemos hecho nosotros hasta cubrir de oprobio y arrojar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo y del socialchovinismo. Es imposible conquistar el Poder político (y no debe intentarse tomar el Poder político) mientras esta lucha no haya alcanzado cierto grado (…).

Pero la lucha contra la "aristocracia obrera" la sostenemos en nombre de la masa obrera y para ponerla de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas y socialchovinistas la llevamos a cabo para conquistar a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y tal es precisamente la necedad que cometen los comunistas alemanes "de izquierda", los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de la necesidad de… ¡¡salir de los sindicatos!!, de ¡¡renunciar a trabajar en los mismos!! y de ¡¡crear nuevas formas de organización obrera inventadas por ellos!! Es ésta una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio prestado a la burguesía por los comunistas. » [5]

La táctica del frente unido

Contrariamente a los mitos difundidos por la socialdemocracia y otros agentes de la burguesía, la Comintern y los partidos comunistas tomados aisladamente, al mismo tiempo que adherían firmemente a los principios del comunismo y que combatían el oportunismo, siempre han tenido en mente la necesidad de crear un gran frente unido en la lucha por el derrocamiento del capitalismo.

Durante su III Congreso (1921), la Comintern hizo lo que pudo por impulsar la formación de un frente unido de las organizaciones de la clase obrera, cosa que fue rechazada con desprecio por los socialdemócratas de la Segunda Internacional. Se hicieron esfuerzos similares a lo largo del periodo que precede el acceso al poder del fascismo en Alemania, en 1933. Después de haber desertado para irse al campo de la burguesía en 1914, la socialdemocracia se convirtió en una tendencia contrarrevolucionaria que, en cada fase, en cada momento crucial, se ve confrontada a una elección: tomar partido por la clase obrera o por la burguesía. De manera infalible, elige el campo de esta última.

Los hay que condenan a la Comintern y más particularmente a José Stalin por haber seguido una línea sectaria con respecto a la cuestión de la socialdemocracia, alienándose a esta última y facilitando así la victoria del fascismo en Alemania. Para apoyar esta condena, citan habitualmente la declaración hecha por Stalin en septiembre de 1924, que dice que « (…) la socialdemocracia representa objetivamente el ala moderada del fascismo » así como el análisis realizado por el X Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (CEIC) en julio de 1929, según el cual, en algunos países, la socialdemocracia había adquirido el carácter del « socialfascismo que, cada vez más, servía a la burguesía como instrumento que sirve para paralizar la actividad de las masas en la lucha contra el régimen dictatorial fascista. » La Comintern había llegado a esta conclusión correcta después de que el gobierno socialdemócrata prusiano de Braun y Severing hubiese prohibido la manifestación histórica de la clase obrera el 1º de mayo en Berlín y disparado contra los trabajadores que se habían atrevido a manifestarse desafiando la prohibición.

Palme Dutt afirma que el empleo del término « (…) tenía manifiestamente como objetivo hacer de paralelo al empleo por Lenin del término de “socialchovinismo” para describir la degeneración de (…) la dirección de la socialdemocracia durante la Primera Guerra Mundial e identificarla al socialchovinismo », añadiendo, no obstante, que « había defectos en el hecho de hacer el paralelo, lo que hacía de su empleo algo inofensivo ». No obstante, continúa diciendo que « (…) en algunos países, algunas secciones de la dirección socialdemócrata habían llegado a tener lazos muy estrechos con el fascismo ». [6] A continuación, cita los ejemplos, citados más abajo, de los lazos estrechos entre la dirección socialdemócrata de Hungría, de Bélgica y Finlandia, por una parte, y los nazis por otra. Sobre la base de lo que precede, concluye: « Por consiguiente, en vista de las secciones más potentes de la extrema derecha de la socialdemocracia, estaba justificado decir que ésta actuaba de instrumento paralelo de la burguesía, al mismo tiempo que el fascismo, para asestar golpes a la clase obrera militante y paralizar la lucha de la clase obrera contra el fascismo. » Y añade, como tiene la costumbre de hacerlo, que « no obstante, el empleo de este término era un error político ». [7]

Esto es típico del método de discusión de Palme Dutt, método según el cual no se puede negar que la caracterización de la socialdemocracia como socialfascismo era correcta, pero que, por otra parte, ¡se debería haber admitido que tal descripción era un error! Lo que es cierto, es que como intelectual objetivo y comunista, Palme Dutt opina manifiestamente que el análisis de la Comintern era correcto, mientras que al estar sometido a presiones extremas por parte del revisionismo jruschovista, estaba obligado a denunciar esta caracterización correcta como error político. Nuestra opinión se ve totalmente confirmada en varias secciones de la obra de Palme Dutt, por ejemplo en la página 212, donde escribe que « (…) la línea de base de (…) la dirección socialdemócrata [era la de] la coalición con el capitalismo, la tolerancia por el gobierno de las organizaciones fascistas paramilitares y extralegales, la prohibición de las organizaciones de defensa de la clase obrera militante y la dirección de la principal ofensiva, incluyendo la ofensiva policial, contra la izquierda. » [8]

Y, más lejos, continúa diciendo que en el momento en que la gravedad creciente de la amenaza fascista se hizo manifiesta, los comunistas fueron los primeros en « (…) preconizar sin condiciones, una y otra vez, a partir del verano de 1932, el frente unido de la clase obrera, tanto en la dirección como en la base, de los socialdemócratas y los comunistas, para detener la ofensiva del fascismo. Fue la dirección socialdemócrata quien rechazó el frente unido. » [9]

En abril de 1932, Severing declaró: « El partido socialdemócrata es fuertemente propenso a ver a los nazis del señor Hitler compartir la responsabilidad gubernamental. » Y Vorwärts, el órgano del partido, escribía en el mismo periodo: « Es un rasgo de perspicacia política el permitir a los nazis acceder al poder antes de que se conviertan en una mayoría. » Sólo los comunistas se opusieron a esta línea y escribieron en su periódico, Rote Fahne, el 26 de abril de 1932: « Haremos todo lo posible por cerrar el camino del poder gubernamental a Hitler. » No obstante, los comunistas, minoritarios en la clase obrera, fueron impotentes a la hora de impedir ellos solos el ascenso al poder de los nazis.

Es indudable que la socialdemocracia colaboró con el imperialismo facilitando el ascenso al poder del fascismo. Clara Zetkin estaba totalmente en lo cierto cuando, en su informe sobre el fascismo, presentado en julio de 1923 ante el Comité Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, declaraba: « Históricamente, el fascismo es el castigo del proletariado de Europa occidental y central por no haber proseguido la revolución iniciada en Rusia. »

La socialdemocracia alemana había aplastado con las armas la revolución proletaria alemana de noviembre de 1918 y había asesinado a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Iba a seguir, como veremos después, haciendo todo lo posible por ponerle trabas a la lucha revolucionaria y frustrar todo intento de construcción de un frente unido que podría haber impedido al nazismo el llegar al poder. Bajo la influencia y la presión del revisionismo jruschovista, Rajani Palme Dutt, que en su obra La Internacional, por otra parte excelente, acusa a la Comintern y a Stalin de sectarismo, se ve no obstante obligado a declarar lo que sigue: « El 22 de diciembre de 1921, el partido socialdemócrata Húngaro firmó un tratado secreto con la dictadura de la Guardia Blanca, prometiendo su cooperación y su apoyo al “punto de vista magiar”, a cambio de su legalización y, a posteriori, sirvió de agencia de transmisión para la policía, entregándole informes de actividad o nombres de miembros del partido comunista ilegal. Más tarde se descubrió, tras la invasión de Bélgica, que el presidente del Partido Obrero Belga, De Man (que en 1928, en un vibrante discurso, Más allá del marxismo, había defendido “la sustitución de los intereses de clase por el sentimiento de justicia como base del socialismo” y había proclamado “¡El marxismo ha muerto! ¡Larga vida al socialismo!”), era un agente nazi; su última acción, en 1940, había sido disolver el Partido Obrero. Varjonen, en Finlandia, miembro de la fascista “Hermandad en armas” durante la Segunda Guerra Mundial, predicó a favor de una marcha de conquista y rapiña “hasta los Urales”, visitó en varias ocasiones a Hitler en Alemania y, tras el armisticio, se convirtió en secretario general del Partido socialdemócrata finlandés. EL gobierno prusiano Braun-Severing se enorgulleció en un memorándum oficial de 1932 el haber “infligido más muertos a la izquierda que a la derecha”. [10]

Por consiguiente, a la luz de lo que precede, no puede ser incorrecto caracterizar a la socialdemocracia como socialfascismo; no puede ser incorrecto denunciar los elementos oportunistas en el seno del movimiento obrero. Si, con razón, Lenin calificada en su época a los socialdemócratas de socialchovinistas y socialimperialistas (socialistas de palabra e imperialistas y chovinistas en los hechos), ¿por qué sería incorrecto caracterizar a los socialdemócratas de los años 20 y 30 como socialfascistas (socialistas de palabra pero fascistas en los hechos)? Es lo que son en práctica, porque han hecho lo posible por facilitar el auge del fascismo.

No obstante, Palme Dutt considera que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista estaba equivocado con respecto a esta cuestión, no porque los socialdemócratas no fueran socialfascistas, sino porque « le daba armas fácilmente a los enemigos del comunismo para difundir malentendidos intencionados (…) y para deducir que ello estaba destinado a designar a los millones de simples miembros de los partidos socialdemócratas. De esta manera, los trabajadores socialdemócratas se opondrían en el mismo momento en el cual era importante disipar sus prejuicios y su hostilidad y ganarse su cooperación. » [11]

Esto es cuanto menos extraño, y ello por las razones siguientes.

1. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no emitió ninguna directiva pidiendo a todo comunista que se encontrase a un simple miembro del partido socialdemócrata que le gritase « socialfascista » a la cara.

2. Uno no puede resistirse a decir la verdad simplemente porque una u otra sección de las masas no le guste demasiado. En realidad, las masas necesitan que se les ayude a conocer esta verdad de manera que, mediante la comprensión, luchen más eficazmente y de manera más decidida en la persecución de sus propios intereses de clase. Toda persona que nos diga que debemos esconder la verdad porque podría desconcertar a la gente facilita objetivamente el retraso del movimiento obrero.

3. Es precisamente durante este mismo congreso de 1928, durante el cual la Internacional Comunista se equivocó supuestamente al defender la consigna “izquierdista” de una clase contra la otra, cuando se llamó insistentemente la atención de la clase obrera sobre los peligros del fascismo y de la guerra y sobre la necesidad de organizar a las masas de trabajadores de toda organización posible contra estos peligros.

En el mismo discurso en el cual Stalin, en 1924, define a la socialdemocracia como « el ala moderada del fascismo », continúa diciendo: « (…) no hay que olvidar que la Federación de Ámsterdam [de los sindicatos reaccionarios] agrupa a no menos de 14 millones de trabajadores organizados. Imaginar que será posible hacer realidad la dictadura del proletariado en Europa contra la voluntad de estos millones de trabajadores sería un grave error; esto significaría apartarse de la vía del leninismo e ir hacia una derrota inevitable. Por consiguiente, la tarea consiste en ganar a estos millones de trabajadores para la revolución y el comunismo, liberarlos de la influencia de la burocracia sindical reaccionaria o, al menos, conducirles a adoptar una actitud de neutralidad benevolente con respecto al comunismo. » [12]

Por consiguiente, podemos ver que la línea de la Comintern, y la de Stalin en persona, era por una parte denunciar a la socialdemocracia como agente contrarrevolucionario del imperialismo, y por otra parte ganar para el campo del comunismo a los millones de trabajadores bajo influencia socialdemócrata. No puede caber duda de que fue la línea correcta. Que esta línea correcta no llegara a detener el ascenso hacia el poder del nazismo no demuestra de ninguna manera que fuera incorrecta. La victoria no depende solamente de la justeza de la línea, depende del equilibrio de fuerzas. El poder de la burguesía alemana y el apoyo que le brindó la socialdemocracia resultaron ser demasiado fuertes para que el proletariado revolucionario, bajo la dirección del Partido Comunista Alemán, pudiera oponerles resistencia. Lo que demuestra la justeza de la línea del Partido Comunista Alemán es que su prestigio entre las masas aumentó de año en año. Y es precisamente una de las razones por las cuales la burguesía alemana se apresuró en volcar su apoyo del lado del fascismo.

Hizo falta adelantarse a una situación revolucionaria que se desarrollaba muy rápidamente y el gobierno alemán recurrió al fascismo liquidando sumariamente toda pretensión de un poder democrático. Por retomar las palabras de Palme Dutt, el fascismo « surgió en países atravesados por intensas contradicciones de clase, donde había una potencial situación revolucionaria, pero donde aún no había una clase obrera revolucionaria suficientemente desarrollada para estar en condiciones de llevar a cabo una revolución socialista victoriosa; donde la dirección socialdemócrata era capaz de mantener su dominio sobre la mayoría de la clase obrera para venir en ayuda del capitalismo y bloquear el camino hacia la revolución, excepto si se veía confrontada al descontento creciente de la clase obrera; y donde el régimen capitalista desacreditado era capaz, por consiguiente, de utilizar a un heteróclito montón de demagogos que gritaban eslóganes de apariencia radical, pero chovinistas y racistas, montón en realidad financiado por el gran capital con el fin de movilizar a un “movimiento de masas” reaccionario compuesto por elementos desilusionados y frustrados diversos, que provenían sobre todo de las capas medias, pero también de las secciones más atrasadas de los trabajadores, con el fin de hacer la guerra al movimiento obrero organizado y preparar así el camino hacia la instauración de una dictadura terrorista de las secciones más agresivas y reaccionarias del gran capital. » [13]

En julio de 1923, el Comité Ampliado de la Internacional Comunista (CAIC) hizo un análisis preliminar del carácter del fascismo, un fenómeno observado primero en Italia tras la Primera Guerra Mundial, cuando la burguesía organizó una oleada de gansterismo contra las organizaciones de la clase obrera como respuesta a una oleada de ocupaciones de fábricas por los trabajadores que había sido liquidada previamente por los socialdemócratas reformistas. Ésta es la razón por la cual el Ejecutivo ampliado iba a declarar: « El fascismo es un fenómeno característico de la putrefacción, un reflejo de la disolución progresiva de la economía capitalista y de la desintegración del Estado burgués.

Su raíz más fuerte reside en el hecho de que la guerra imperialista y la conmoción de la economía capitalista intensificada y acelerada por la guerra significaban, para amplias capas de la pequeña burguesía, de los pequeños campesinos y de la “intelligentsia”, y en contraste que con las esperanzas que tenían, la destrucción de su antigua condición de existencia y, muy particularmente, de su antigua seguridad. Las vagas esperanzas que gran parte de las personas de estas capas sociales tenían en una mejora social radical que supuestamente iba a traer el socialismo reformista también habían sido defraudadas.

La traición de la revolución por los dirigentes del partido reformista y del sindicato (…) los había conducido a desesperar del propio socialismo. La falta de voluntad, el miedo a la lucha revelados por la manera con la cual la mayoría aplastante del proletariado fuera de la Rusia soviética tolera esta traición y sufre bajo el yugo capitalista para apuntalar su propia explotación, su propia servidumbre, ha despojado a estos pequeños y medianos burgueses, al igual que los intelectuales, puestos en efervescencia, de su fe en la clase obrera como poderoso actor de una transformación social radical. A ellos se han unidos numerosos elementos proletarios, que buscando y reclamando acción, se sienten desencantados de todos los partidos políticos. El fascismo también atrae a los decepcionados y a los desclasados, los desarraigados de toda capa social, y particularmente los antiguos oficiales que han perdido su ocupación desde el final de la guerra (…).

El antiguo aparato supuestamente apolítico del Estado burgués ya no garantiza una seguridad adecuada para la burguesía. Se ha dedicado a crear tropas especialmente concebidas para la lucha de clases contra el proletariado. Es el fascismo quien proporciona estas tropas. »

A su vez, el VII Congreso de la Comintern, en 1935, dio una breve definición del fascismo como « (...) la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero ».

Ni la Comintern ni el Partido Comunista Alemán, por su análisis teórico y su actividad práctica, facilitaron el acceso de los hitlerianos al poder. Esta responsabilidad es directamente imputable a la burguesía alemana, a la burguesía de las democracias imperialistas, entre otras la de Gran Bretaña, de Francia y de los Estados Unidos, y a la colaboración de la socialdemocracia alemana.

Incluso tan tardíamente como en las elecciones de noviembre de 1932 en Alemania, los votos combinados de la clase obrera se elevaban a la cifra de 13.241.000, contra 11.729.000 para los nazis. Hubo una caída de los resultados nazis de más de dos millones de votos con respecto a las elecciones anteriores. Durante estas mismas elecciones, mientras que los votos socialdemócratas bajaban de medio millón, los votos al Partido Comunista crecían la misma cifra. Los signos de un declive de la suerte electoral del nazismo y de una subida de la del Partido Comunista alarmaron a la burguesía alemana, lo que la condujo, mediante el presidente Hindenburg, a aupar a Hitler al poder desde arriba, aunque los nazis no tuvieran mayoría parlamentaria. Sin embargo, la dirección de la socialdemocracia alemana rechazó los repetidos llamamientos del Partido Comunista, directamente dirigidos durante este periodo crucial al ejecutivo socialdemócrata y al ejecutivo de la Federación de Sindicatos, en vista de un frente unido a escala nacional contra el nazismo – en julio de 1932, en enero de 1933, tras la instalación de Hitler en el poder, y en marzo de 1933, tras el incendio del Reichstag.

Wels, el jefe del partido socialdemócrata alemán, dimitió del Comité Ejecutivo de la Segunda Internacional ¡por culpa de las « historias de atrocidades » que ésta había difundido contra Hitler! ¡La dirección del sindicato socialdemócrata anunció su intención de cooperar con el nazismo, proclamando que la « revolución » nazi era la prolongación triunfal de la revolución de 1918 y que el enemigo común era el comunismo! Llegó a invitar a los trabajadores a participar en los mítines políticos del 1º de mayo de Hitler. El 17 de mayo de 1933, la totalidad del partido socialdemócrata en el Reichstag (los dirigentes comunistas habían sido encarcelados) votó en favor de la resolución del gobierno y se unió a una aclamación unánime en honor de Hitler. Lejos de que el nazismo los recompensara por su cooperación, los socialdemócratas fueron arrojados a las mazmorras y los campos de concentración nazis. « Los Leipart y los Grassman », declaró el doctor Ley, jefe del Frente Alemán del Trabajo nazi, « pueden profesar su devoción por Hitler, pero están mejor en la cárcel ».

Con ocasión del 20º aniversario de la Re1volución de Octubre, Gueorgui Dimitrov declaró : « La línea de división histórica entre las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo, por una parte, y las fuerzas de la paz, de la democracia y del socialismo, por otra parte, se convierte en realidad en la actitud hacia la Unión Soviética y no la actitud formal hacia el poder soviético y el socialismo, sino la actitud hacia la Unión Soviética que persigue su existencia real desde hace veinte años. »

A juzgar por esta piedra de toque, la socialdemocracia alemana siguió siendo la leal servidora del imperialismo, al mismo tiempo que una enemiga mortal del comunismo y de la Unión Soviética. Incluso durante la guerra, después de que los nazis hubiesen invadido la Unión Soviética y que se suponía que ésta era una aliada de las democracias imperialistas occidentales, el partido socialdemócrata alemán no renunció a su anticomunismo. Su Comité Ejecutivo declaró en julio de 1941: « Del Océano Ártico al Mar Negro, los ejércitos más poderosos del mundo están comprometidos en la batalla. Si uno de los dos tuviera que obtener una victoria rápida entonces se volvería irresistible en los continentes de Europa y Asia. Sólo agotándose mutuamente podrán las naciones del continente ser liberadas de la opresión y podrá el poder de la democracia anglo-americana convertirse en el factor dominante en la remodelación de un mundo nuevo. »

El papel de la socialdemocracia en el desarme de la clase obrera, en la ruina de la revolución obrera, cuyas condiciones objetivas estaban maduras tras la Primera Guerra Mundial, en el apoyo de la reacción en nombre de la « democracia » y en la orientación de la mayor parte de la ofensiva contra el proletariado no se limita solamente a Alemania. Lo mismo sucede con su rechazo en constituir un frente unido con los comunistas, abriendo así las puertas al fascismo. Ocurrió en Italia y en Francia, por citar solamente dos ejemplos. En Francia, 110 de los 188 diputados socialistas votaron los poderes especiales a Pétain para instalar el régimen fascista de Vichy. Por retomar las palabras de Palme Dutt: « (…) el fascismo fue la consecuencia del retraso de la revolución socialista en Europa occidental y central tras la Primera Guerra Mundial, cuando las condiciones objetivas llamaban a la revolución socialista como única solución decisiva (…), pero por entonces el movimiento obrero no era ni bastante fuerte ni estaba bastante preparado, iba a estar desorganizado y paralizado por el reformismo, y por consiguiente iba a dejar que la iniciativa pasara al bando del capitalismo. El fascismo puede ser descrito como el aborto consecutivo a un parto fallido de la revolución proletaria. » [14]

A la luz de lo que precede, puede afirmarse con toda seguridad que la caracterización de la socialdemocracia como « socialfascismo » es correcta. Es más, pese a esta caracterización, la Internacional Comunista y el Partido Comunista Alemán nunca dejaron de perseguir la línea de frente único para detener el ascenso hacia el poder del fascismo.

Pese al largo historial de traición de la socialdemocracia contra el movimiento obrero, después de que los hitlerianos hubiesen llegado al poder y recompensado a los socialdemócratas por su colaboración arrojándoles a las cárceles fascistas, el VII Congreso de la Internacional Comunista, celebrado durante el verano de 1935, decidió atenuar un poco su crítica de la dirección socialdemócrata y buscó la unidad en interés del combate de la clase obrera contra el fascismo. Pero esto no sirvió de nada. Efectivamente, es curioso que los detractores de la Internacional Comunista, que anteriormente la habían acusado de sectarismo por las decisiones del VI Congreso, hayan hecho después un viraje de 180 grados acusando a la Comintern de desviación derechista por haber buscado la unidad de la clase obrera en la lucha contra el fascismo y la guerra, una unidad que había perseguido a lo largo de su existencia.

Al perseguir la unidad, la Internacional Comunista no había olvidado sus principios. En su informe al VII Congreso de la Comintern, en agosto de 1935, Dimitrov declaraba: « La internacional comunista no pone condiciones a la unidad de acción, excepto una, y es una condición elemental aceptable para todos los trabajadores, a saber que la unidad de acción sea dirigida contra el fascismo, contra la ofensiva del capital, contra la amenaza de guerra, contra el enemigo de clase. Ésta es nuestra condición. »

Y allí está el problema. La socialdemocracia jamás ha estado lista para luchar contra el capital y contra el enemigo de clase. Dicho esto, en última instancia, estuvo dispuesta a consentir el ascenso del fascismo al poder antes que unirse a las filas del proletariado en el derrocamiento revolucionario del capitalismo.

El papel de los países imperialistas « democráticos »

En cuanto a las potencias imperialistas democráticas, habían hecho todo lo posible por rearmar a Alemania, liberarla de las ataduras del Tratado de Versalles y ayudar a los hitlerianos a tomar el poder como único bastión contra el bolchevismo. Mediante el acuerdo naval anglo-alemán de 1935, Gran Bretaña siguió reduciendo a la nada lo estipulado por el Tratado de Versalles sobre el desarme. En 1936, Alemania fue autorizada a ocupar Renania. Se invirtieron enormes cantidades de dinero en Alemania por parte del imperialismo estadounidense con el fin de construir su economía. Al mismo tiempo que rechazaban seriamente entablar conversaciones con la Unión Soviética sobre la cuestión de la seguridad colectiva contra la guerra preparada por la Alemania nazi, Gran Bretaña y Francia concluían los acuerdos de Munich con Hitler, a finales de septiembre de 1938, en un intento por dirigir la agresión hitleriana hacia el Este, contra la Unión Soviética. En su informe ante el XVIII Congreso del partido, en marzo de 1939, Stalin comentó correctamente los acuerdos de Munich en los términos siguientes: « Podría pensarse que los distritos de Checoslovaquia han sido cedidos a Alemania como retribución por una empresa que tendría como vocación lanzar la guerra contra la Unión Soviética, pero que ahora los alemanes se niegan en cumplir sus contratos enviándoles al diablo. » [15]

El periodo de entreguerras

Los años que separan la Primera y la Segunda Guerra Mundiales pueden dividirse en tres periodos distintos. Primero, el impulso revolucionario que siguió a la guerra y que duró hasta 1922. Después, la estabilización relativa del capitalismo, que duró de 1923 a 1929, y finalmente el periodo de los cataclismos gigantescos que duró de 1929 hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En lugar de considerar el segundo periodo estabilización relativa como un periodo temporal y transitorio, la socialdemocracia lo describió como una característica definitiva del capitalismo de después de la Primera Guerra Mundial, en un intento por sembrar ilusiones entre las masas con respecto a la perennidad del capitalismo. Eminentes teóricos de la socialdemocracia describieron el capitalismo y la estabilización capitalista con colores iridescentes. Hilferding, uno de los principales teóricos de la socialdemocracia alemania, declaró en el congreso de su partido en Kiel, en 1927, que « estamos en un periodo del capitalismo que, en su conjunto, ha superado la época de la libre competencia y la dominación de las leyes ciegas del mercado, y estamos llegando a una organización capitalista de la economía (…) a una economía organizada », y que « en realidad, el capitalismo organizado significa en principio la supresión del principio de libre competencia por el principio socialista de producción planificada ».

Como puede observarse, al igualar « capitalismo organizado » con « producción socialista planificada », Hilferding había declarado que el marxismo era algo redundante. Igualmente, Tamov, el principal teórico del sindicalismo alemán, declaró durante el congreso de Breslau [16] de la Federación de Sindicatos Alemanes : « Como ideología principal del movimiento obrero, el marxismo está superado. » Seguía diciendo que « Marx y Engels eran típicos de la primera época » del capitalismo, pero que, para el capitalismo moderno, « es Ford quien es típico ».

Naphtali, otro teórico del sindicalismo alemán, declaraba: « El desarrollo cíclico, bajo el cual hubo una sucesión regular de prosperidad y crisis y sobre el cual escribieron Marx y Engels, sólo se aplica al periodo inicial del capitalismo. »

Otro representante del sindicalismo alemán afirma: « No debe perderse de vista el hecho de que la clase obrera forma parte del sistema capitalista, que el derrumbe de este sistema significaría su propio derrumbe y que por consiguiente, el gran deber histórico de la clase obrera es obtener, mediante la reglamentación de su lugar en este sistema, la mejora de toda la estructura social, lo que, una vez más, equivale a la mejora de su propia situación. »

La apostasía alucinante que constituye la esencia de esta última declaración es apenas sorprendente, en vista de la deserción de la socialdemocracia al campo de la burguesía imperialista.

Los sentimientos citados arriba, la fe enternecedora en la perennidad del capitalismo, no fueron en ningún caso exclusividad de la socialdemocracia alemana. Estas ilusiones, estas expresiones de retractación eran comunes a todos los partidos de la Segunda Internacional durante el periodo de estabilización que precedió al crac. Vandervelde, el dirigente de la socialdemocracia belga, en el momento de acoger favorablemente el Manifiesto de los banqueros de 1926, expresaba la opinión de que las concepciones del capital financiero y de la socialdemocracia convergían: « La lengua de la Internacional de los financieros no es muy diferente de la de la Internacional Socialista. » [17]

En Gran Bretaña, el Partido Laborista y la dirección de los sindicatos hicieron lo que pudieron para poner de relieve la superioridad de Ford sobre Marx.

En contraste con estas ilusiones de los partidos de la Segunda Internacional, la Comintern, que ya había analizado y puesto en evidencia el carácter transitorio y precario del periodo de estabilización relativa, fue capaz, durante su VI Congreso en 1928, de predecir el fin del periodo de estabilización y la llegada de un nuevo periodo, el tercero, a saber el periodo de los cataclismos gigantescos. He aquí lo que declara la Comintern: « Este tercer periodo, en el cual la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la contracción de los mercados se vuelve particularmente aguda, va a dar lugar inevitablemente a una nueva serie de guerras imperialistas (...) que conducirán inevitablemente – mediante la continuación del desarrollo de las contradicciones de la estabilización capitalista – a una estabilización capitalista que se volverá cada vez más precaria y a una intensificación severa de la crisis general del capitalismo. (...) En última instancia, el desarrollo de las contradicciones de la estabilización capitalista conduce inevitablemente al actual periodo de “estabilización”, que va a evolucionar hacia un periodo de cataclismos gigantescos. » Con el crac de Wall Street, en 1929, que se había convertido en 1931 en la crisis económica mundial más devastadora que la humanidad había conocido hasta entonces, con 50 millones de parados en el mundo capitalista, y el lanzamiento de la ofensiva de guerra del imperialismo japonés, la predicción de la Comintern había resultado tan correcta que la comisión de investigación del Senado estadounidense se preguntó seriamente si la crisis económica mundial no era por casualidad una conspiración comunista.

Una vez más, el análisis de la Comintern había demostrado la superioridad de la ciencia del marxismo-leninismo sobre la seudo-ciencia del capitalismo y la socialdemocracia.

La expansión dramática del fascismo

La expansión dramática del fascismo alemán, a partir de 1930-1932, se explica por el hecho de que la crisis económica mundial minó no solamente la base entera de la estabilización y de la República de Weimar, sino que también minó la posición de la socialdemocracia que se había ligado tan estrechamente con ella. La crisis económica y el régimen de hambruna de Brüning revelaron a fin de cuentas la extrema bancarrota de todas las promesas y cuentos de hadas de la socialdemocracia con respecto al progreso democrático hacia la paz y la prosperidad en alza para todos bajo las condiciones del capitalismo.

Con el progreso de la propagación de la desilusión con respecto a la socialdemocracia, los trabajadores conscientes de su clase se pasaron al comunismo y los elementos políticamente atrasados se pasaron al campo del fascismo. Entre 1930 y 1932, mientras que la socialdemocracia perdía 1.338.000 votos, el Partido Comunista ganaba 1.384.000. Con la erosión de la socialdemocracia, de esta socialdemocracia debilitada y desacreditada, que ya no era capaz de detener el avance creciente del comunismo, y con la polarización consecuente de la sociedad en dos campos hostiles claramente definidos, el capitalismo alemán necesitaba nuevos métodos y nuevas herramientas.

Enfrentada a una crisis económica sin precedentes, la burguesía tenía una desesperada y urgente necesidad de desbaratar las conquistas sociales de la revolución de 1918 en el plano de los salarios, de las horas de trabajo y de la legislación social, conquistas que habían constituido la base principal de la influencia de la socialdemocracia en el seno del proletariado. En lugar de las concesiones de los primeros años de la revolución, desde entonces el capitalismo iba a colocar a los trabajadores bajo el yugo del sufrimiento económico. Para conseguir este objetivo, teniendo en cuenta que existía un poderoso partido comunista, con una influencia fuerte y cada vez más creciente en la clase obrera, y en vista del declive de la influencia de la socialdemocracia, el capitalismo alemán iba a requerir de formas nuevas e indisimuladas de dictadura. Sin más preámbulos, la socialdemocracia fue expulsada del gobierno federal y sustituida durante el verano de 1930 por la dictadura de Brüning, que gobernó sin parlamento, mediante decretos y medidas de excepción, pero con el apoyo de los socialdemócratas.

Fue a partir de este periodo cuando la mayoría aplastante de los capitalistas y terratenientes alemanes transfirió completamente su lealtad al nacionalsocialismo – que hasta entonces sólo apoyaba parcialmente –, como instrumento de su dictadura terrorista. Si la socialdemocracia se hubiese preparado para aliarse con el comunismo en vista a una resistencia común frente a la ofensiva del hambre de la dictadura de Brüning, es perfectamente razonable suponer que la ofensiva capitalista no hubiese podido triunfar. Pero en nombre de la política del « mal menor », la socialdemocracia apoyó los decretos del hambre de la dictadura de Brüning y sus ataques contra los trabajadores. Al actuar de esta forma, reforzaba al capitalismo, debilitaba el frente de los trabajadores, desorganizaba las filas proletarias y le hacía directamente el juego al fascismo. Esta desorganización de las fuerzas proletarias durante el periodo crítico de 1930-1932 significaba que la iniciativa y el descontento generados por el hambre y las necesidades elementales insatisfechas, que normalmente debían haber reforzado el campo proletario, reforzaron en lugar de ello al fascismo.

El rechazo obstinado de la socialdemocracia a la hora de cooperar con los comunistas abrió el camino para la victoria del fascismo, porque dicho rechazo hizo imposible la creación de un frente único de la clase obrera que representaba la única oportunidad de vencer a los hitlerianos. La actitud de la socialdemocracia derivaba directamente de su línea de colaboración de clase con la burguesía y de confianza en el Estado burgués, una línea que siguió incluso en las condiciones de la dictadura bajo Hindenburg, Brüning y Von Papen, declarando que eran un « mal menor » que la victoria directa del fascismo. Al revés, estas formas de dictadura preparaban sencillamente el terreno para la victoria completa del fascismo y la destrucción paso a paso de la resistencia de la clase obrera. Una vez terminado el trabajo, entregaron el poder del Estado en manos de los hitlerianos. Hindenburg fue instalado como presidente con el apoyo de la socialdemocracia. Menos de un año más tarde, había designado a Hitler como canciller e, incluso tras la victoria de los hitlerianos, la socialdemocracia se negó a oponerse al régimen nazi por la siguiente razón: al haber llegado al poder mediante la vía « legal », era un « mal menor » que un terror nazi « ilegal ».

Por consiguiente, se puede ver que el trabajo de debilitamiento de la voluntad de la clase obrera alemana para resistir fue realizado, no por el fascismo sino por la socialdemocracia, cuya dirección veía con buenos ojos la perspectiva de un gobierno nazi.

La carrera alocada hacia la guerra

Con el crac de 1929 y la depresión que llegó después, se hizo más evidente que nunca que los países imperialistas se dirigían directamente hacia una confrontación brutal. La relativa estabilidad del capitalismo había dejado lugar a una época de gigantescos cataclismos. La Primera Guerra Mundial no había resuelto ninguna de las contradicciones entre los distintos países imperialistas. Aparte de su fracaso a la hora de apoderarse de las colonias y los mercados, Alemania estaba abrumada por la pesada carga de sus reparaciones guerra y buscaba con avidez la ocasión de satisfacer sus deseos de venganza contra las potencias imperialistas rivales. Al mismo tiempo, todos los países imperialistas estaban unidos en su odio contra la Unión Soviética socialista. Tras el ascenso del fascismo en Alemania, el mundo entero asistió al desarrollo de una situación extremadamente complicada. Mientras que la Unión Soviética intentaba asegurarse de que las potencias imperialistas no se unirían para librar una guerra contra ella, los países imperialistas supuestamente democráticos hacían todo lo que podían para dirigir la agresión alemana contra la Unión Soviética. Al perseguir esta política, Gran Bretaña y Francia – y, en menor medida, los Estados Unidos también – se negaron a acoger seriamente los esfuerzos soviéticos en favor de la seguridad colectiva contra la agresión inminente de los nazis. Los acuerdos de Munich revelaron a la Unión Soviética de manera tangible que las democracias imperialistas iban a hacer lo que fuera por empujar a la Alemania nazi a atacarla. La Unión Soviética le dio la vuelta a la situación al firmar el pacto germano-soviético de no-agresión, que dejó a los alemanes la libertad de invadir Polonia, un país de la esfera de influencia de los británicos y los franceses, obligando así a Gran Bretaña y a Francia a declarar la guerra a Alemania.

La Unión Soviética firmó el pacto de no-agresión con Alemania con el fin de reservarse un plazo suficiente para permitirle reforzar sus defensas. En cuanto a los nazis, concluyeron el pacto porque sabían que la Unión Soviética sería un hueso duro de roer. Por consiguiente, querían someter a otros países y añadir a los recursos de Alemania los de todas las víctimas de su agresión en el momento en que, con el tiempo, partirían en guerra contra la Unión Soviética.

Empezando por Austria, Checoslovaquia y Polonia, los nazis siguieron su camino para conquistar prácticamente la totalidad de Europa occidental. Con la derrota de Francia en cinco semanas, durante la primavera de 1940, y con la expulsión del cuerpo expedicionario británico en Dunkerque, la Alemania hitleriana se había convertido en la dueña de Europa y estaba lista para invadir la URSS. Este ataque se produjo el 22 de junio de 1941. Envalentonados por sus victorias en Europa occidental, los hitlerianos creyeron que la resistencia soviética ante las hordas fascistas se iba a desmoronar en seis semanas. Iban a verse dolorosamente decepcionados.

Ya en 1934, con los hitlerianos en el poder en Alemania y con los círculos reaccionarios imperialistas de Occidente especulando públicamente con una guerra librada por Alemania y Japón contra la Unión Soviética, Stalin, tomando la palabra en el XVII Congreso del PCUS (bolchevique), lanzó un aviso a la burguesía contra las consecuencias de tal guerra, con los términos inequívocos que siguen: « La burguesía no debe dudar de que los numerosos amigos de la clase obrera de la URSS, en Europa y en Asia, harán lo posible por asestar un golpe en la retaguardia de sus opresores que lanzan una guerra criminal contra la patria de la clase obrera de todos los países. Y no dejéis que estos señores de la burguesía nos recriminen si algunos de los gobiernos que les son tan cercanos y tan apreciados y que gobiernan hoy felizmente “por la gracia de Dios” ya no estén ahí al terminar tal guerra (...) Difícilmente se puede dudar de que una segunda guerra contra la URSS conducirá a la derrota completa de los agresores, a la revolución en numerosos países de Europa y de Asia y a la destrucción de los gobiernos de burgueses y propietarios en esos países. » [18]

Esta brillante profecía se hizo del todo realidad con la aparición de democracias populares en Europa del Este y en Europa central y por los triunfos de la revolución china, coreana y vietnamita en Extremo Oriente, que iban a conducir al surgimiento de un potente bloque socialista de países que ocupaban un tercio del territorio mundial y que agrupaban a una cuarta parte de su población.

La victoria de la Unión Soviética en la Gran Guerra Patria contra los nazis no fue algo fortuito. Estuvo preparándose durante un periodo muy largo. En su discurso en la Primera Conferencia General de dirigentes de la industria soviética, en febrero de 1931, Stalin adelantó las razones siguientes para explicar por qué no se podía frenar el ritmo de la industrialización de la Unión Soviética: « Frenar el ritmo, es retroceder. Y los que se quedan rezagados siempre son vencidos. (...) La historia de la vieja Rusia es una historia de derrotas debidas a su atraso. Fue vencida por los kans mongoles. Fue vencida por los beys turcos. Fue vencida por los terratenientes polacos y lituanos. Fue vencida por los capitalistas anglo-franceses. Fue vencida por los barones japoneses. Todos la han vencido debido a su atraso; su atraso militar; su atraso cultural; su atraso industrial; su atraso agrícola. Fue vencida porque se podía sacar provecho de su derrota y porque eso se podía hacer con toda impunidad (...).

« Tal es la ley del capitalismo: vencer a los rezagados y a los débiles. La ley de la jungla del capitalismo. Usted está atrasado, usted es débil, por lo tanto usted no tiene razón; y por esta razón usted puede ser vencido y esclavizado. Usted es poderoso, por lo tanto usted tiene razón; y debemos desconfiar de usted (...).

« Tenemos un retraso de entre cincuenta y cien años con respecto a los países avanzados. Debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos, o nos aplastarán. » [19]

Bajo la bandera gloriosa del marxismo-leninismo y bajo la dirección del partido bolchevique dirigido por el legendario I.V. Stalin, la Unión Soviética siguió, durante diez años, colmando el foso que la separaba de los países capitalistas avanzados: una tentativa heroica que ayudó al pueblo soviético a llevar a cabo la proeza extraordinaria de vencer a la Alemania nazi prácticamente sola.

Lejos de derrumbarse como esperaban los nazis y los imperialistas democráticos, la Unión Soviética, superando los reveses iniciales consecutivos al ataque nazi, le dio la vuelta a los papeles y, durante los cuatro años de guerra, expulsó a los nazis del conjunto del territorio soviético y los repelió hasta Berlín. El Führer se suicidó en el momento en que el ejército soviético izaba la bandera roja sobre el tejado del Reichstag. Las batallas de Moscú, Stalingrado, Kursk y Leningrado quedarán por siempre como un memorial elocuente del heroísmo tanto de los soldados como de los civiles soviéticos. Al acabar prácticamente solo con los nazis, el Ejército Rojo y el pueblo soviético liberaron a la humanidad de la lacra del nazismo. La amplitud del esfuerzo soviético puede ser valorada en el hecho de que en noviembre de 1942, sobre 256 divisiones alemanas, 179 luchaban en el frente soviético, el resto estando principalmente en servicio de guarnición en la Europa ocupada, mientras que las fuerzas británicas en África del Norte sólo tenían enfrente de ellas a 4 divisiones alemanas y 11 italianas. Pese a las promesas reiteradas, Gran Bretaña y Estados Unidos no abrieron un segundo frente contra Alemania hasta junio de 1944, en un momento en que se había hecho evidente que la Unión Soviética estaba en camino de vencer sola a Alemania.

Los desembarcos del Día D eran más un esfuerzo por impedir que el Ejército Rojo liberase a Europa Occidental que una contribución a la derrota del nazismo. Si uno escucha los mitos imperialistas, se tiene la impresión de que es el imperialismo anglo-americano quien venció a la Alemania nazi. La verdad, no obstante, es que el Ejército Rojo y el pueblo soviético tuvieron la contribución más decisiva en la derrota del nazismo. El precio de esta victoria fue terrible para la Unión Soviética. 27 millones de ciudadanos soviéticos, incluyendo 7,5 millones de soldados, perdieron la vida. En comparación, los Estados Unidos sólo perdieron 300.000 hombres y las pérdidas del Imperio Británico se elevaron a la cifra de 353.652 hombres, con no más de 224.723 para Gran Bretaña. A esta cifra conviene añadir 60.000 muertos entre la población civil.

Además, una tercera parte del territorio soviético y de los recursos económicos habían sido devastados; 1710 ciudades y 70.000 aldeas completamente destruidas; 6 millones de casas y edificios demolidos; 31.800 emplazamientos industriales arrasados y 98.000 granjas colectivas o granjas estatales destruidas, al mismo tiempo que su ganado, es decir un total de 64 millones de animales que habían sido matados o robados por los alemanes. Éste es el precio que la Unión Soviética socialista y el pueblo soviético tuvieron que pagar por la traición de la socialdemocracia al socialismo, particularmente la de la socialdemocracia alemana, que aplastó la revolución alemana de 1918, restauró el poder de la burguesía y facilitó el ascenso del nazismo, creando así un monstruo que, a fin de cuentas, tuvo que ser enfrentado y vencido por la Unión Soviética.

Apenas la Unión Soviética había terminado de luchar contra los nazis que se vio confrontada a una nueva guerra – la guerra fría – lanzada por el imperialismo estadounidense, con el pleno apoyo de la socialdemocracia, que se unió con alegría al combate del imperialismo contra la URSS y los demás países del campo socialista.

Las lecciones que podemos sacar

La historia de las tres internacionales, sobre las que hemos pasado revista brevemente más arriba, demuestra claramente que nuestro movimiento avanzó a pasos de gigante mientras se mantuvo fiel a los principios del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario. Demuestra igualmente que el movimiento proletario sufrió pérdidas colosales cuando se alejó de estos principios. En su informe ante el XVIII Congreso del partido, en enero de 1934, Stalin, después de hacerse la pregunta: « ¿A qué debe nuestro partido su superioridad? », proseguía contestando: « Al hecho de que es un partido marxista, un partido leninista. Al hecho de que en su trabajo se ha guiado por las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin. No cabe duda de que mientras nos mantengamos fieles a esta enseñanza, mientras dispongamos de esta brújula, cosecharemos éxitos en nuestro trabajo. »

« Sí, camaradas, nuestros éxitos se deben al hecho de que hemos trabajado y hemos luchado envueltos en la bandera de Marx, Engels, Lenin. De allí (…) la conclusión: debemos mantenernos fieles a la bandera de Marx, Engels, Lenin. » [20]

Los éxitos de la Primera y de la Tercera internacional y el colapso de la Segunda sólo se explican por el hecho de que, mientras que la Primera y la Tercera Internacional se habían adherido perfectamente a la bandera del marxismo, la Segunda se había alejado de ella, se había vendido a la colaboración de clases y se había desacreditado completamente. Sacando lecciones de ello, debemos esforzarnos por ser leales a la bandera del marxismo, a la bandera del leninismo y a las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin.

La Comintern fue disuelta en junio de 1943 porque había cumplido su misión histórica y realizado su objetivo en vista de la madurez adquirida por los partidos comunistas en diversos países; la complejidad creciente de la situación internacional y de la lucha en los países considerados aisladamente. Sin lugar a dudas, las consideraciones que conciernen al mantenimiento del frente antifascista a escala mundial influyeron mucho en la decisión de disolver la Comintern. No hay nada deshonroso en esto, porque en aquella época la preservación de la Unión Soviética era de una extrema importancia, no solamente para el pueblo soviético, sino también desde el punto de vista de toda la humanidad progresista. En este plano, y más particularmente a la luz del derrumbe de la URSS en 1991, gracias a tres décadas de traición revisionista jruschoviana, uno no puede resistirse a recordar las palabras siguientes de Stalin durante el VII Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la Comintern, durante su controversia con la oposición contrarrevolucionaria de la « izquierda » trotskista en el PCUS (bolchevique): « ¿Qué pasaría si el capitalismo llegase a aplastar la república de los soviets? Ello instauraría una era de reacción extrema en todos los países capitalistas y coloniales. La clase obrera y los pueblos oprimidos serían cogidos por el cuello, las posiciones el comunismo internacional estarían perdidas. » [21]

Está claro, ahora que la Unión Soviética ha desaparecido, que el periodo más negro de la reacción ha comenzado, que la clase obrera y los pueblos oprimidos han sido efectivamente cogidos por el cuello y que el imperialismo está recolonizando a las naciones oprimidas. Los pueblos de la antigua Unión Soviética y los pueblos de las democracias de Europa del Este han sido reducidos a la hambruna y la pobreza. La clase obrera de los países imperialistas occidentales es objetivo de ataques constantes. El imperialismo anglo-americano libra una guerra depredadora de dimensiones hitlerianas contra los pueblos de Irak y Afganistán. Si, tras la colaboración entre los países imperialistas « democráticos » y los fascistas hitlerianos, la URSS hubiese sido aplastada a principios de los años 40, este periodo negro de reacción habría empezado hace 60 años, con consecuencias penosas incalculables para la población mundial. Por lo tanto, uno no puede condenar superficialmente a la dirección de la Unión Soviética por haber aprobado la disolución de la Comintern.

No obstante, conviene recordar que mientras la dirección del PCUS (bolchevique), el partido más prestigioso del movimiento comunista internacional, siguió siendo revolucionaria, como lo fue sin lugar a dudas durante la existencia de Stalin, las relaciones entre los distintos partidos comunistas descansaron sobre los principios correctos del internacionalismo proletario y el movimiento comunista se expresó con una voz unánime, y fue en su calidad de potente movimiento mundial que se opuso al imperialismo. Sólo el acceso del revisionismo jruschoviano a la cabeza del PCUS (bolchevique) y del Estado soviético conllevó desviaciones con respecto a los principios de solidaridad fraternal y del internacionalismo proletario, desviaciones que en su estela trajeron tantas desgracias y tanta ruina al proletariado y a los pueblos del mundo.

Finalmente, la pregunta que con mayor frecuencia vuelve a la mente de todas las personas presentes en este Seminario sería la siguiente: ¿es posible, ahora o en un futuro muy cercano, fundar una nueva Internacional Comunista siguiendo la línea de la Tercera Internacional y que descanse en los principios del centralismo democrático? La opinión de nuestro partido, es que no se reúnen las condiciones para crear en la actualidad tal organización. Igualmente, nuestro partido considera que existen perspectivas considerables para que los revolucionarios se reúnan de manera regular con el fin de intercambiar experiencias y cooperar estrechamente alrededor de todas las cuestiones importantes, desde los problemas de la guerra y la paz a la lucha por el derrocamiento revolucionario del imperialismo. Seremos capaces de hacer esto siempre que practiquemos la solidaridad fraternal, siempre que « consolidemos con firmeza este principio creador de vida entre todos los trabajadores de todos los países ». [22]

Notas

[1] V.I. Lenin, Las vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx, Obras, t. 18, págs. 606 y 609.

[2] V. I. Lenin, « La Tercera Internacional y su lugar en la historia », Obras Completas, vol. 29, pág. 310.

[3] V. I. Lenin, « La situación y las tareas de la Internacional Socialista », 1º de noviembre de 1914, Obras Completas, vol. 21, pág. 35.

[4] V. I. Lenin, « Carta a los obreros americanos », Obras Completas, vol. 28, pág. 62-63.

[5] V. I. Lenin, « La enfermedad infantil del comunismo (el « izquierdismo) », Obras Completas, vol. 31, pág. 46-47.

[6] R. Palme Dutt, op. cit.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem, pág. 212 (versión inglesa).

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] R. Palme Dutt, La Internacional, pág. 210 (versión inglesa).

[12] Ibídem, pág. 211 (versión inglesa).

[13] I.V. Stalin, Obras Completas, vol. 6, pág. 307-308.

[14] R. Palme Dutt.

[15] I.V. Stalin, Informe al XVIII Congreso del PCUS, marzo de 1939.

[16] Hoy Wrocław, NdT.

[17] Emile Vandervelde, Discurso del 29 de octubre de 1926.

[18] I. V. Stalin, Discurso pronunciado en el XVII Congreso del PCUS (b), 1934.

[19] I. V. Stalin, Discurso pronunciado durante la Primera Conferencia general de los dirigentes de la industria soviética, febrero 1931.

[20] I. V. Stalin, Obras Completas, vol. 13, pág. 385-387.

[21] I.V. Stalin, Palabras pronunciadas durante el VII Pleno ampliado del CEIC.

[22] C. Marx, Discurso pronunciado durante una reunión en Amsterdam, 8 de septiembre de 1972.


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